The Objective
Mi yo salvaje

Black Sabbath, tu mano, mi culo y el bar

«Quería besarle allí en medio, delante de todos, sobre todo cuando pusieron a todo volumen mi canción»

Black Sabbath, tu mano, mi culo y el bar

Un grupo de amigos en un pub. | Freepik

Me estuvo tocando el culo toda la noche, cada vez que me acercaba a la barra a pedir. La primera vez dejó caer la mano desde mi cuello y la bajó por la espalda lentamente. Se detuvo en la cintura donde me tanteó las curvas y enganchó la trabilla del pantalón con dos dedos. Desde ahí, resbaló hacia abajo paseando la mano por el contorno de mis nalgas como si las lustrara con algún tipo de abrillantador.  Pedí tres cervezas y nos volvimos a la mesa. 

La música estaba demasiado alta y me costaba hilar las muecas de los parlantes con las palabras sueltas que llegaban a mi oído. Saúl apoyó la mano en mi muslo y lo apretó. Yo creo que le gusta dejarme bien clara su presencia, como si por algún motivo se me pudiera olvidar que estaba cerca y que me gusta mucho que lo esté. Él conversaba, reía, pedía fuego. Su mano, en cambio, tenía una charla diferente conmigo. Se deslizó hacia la cara interna del muslo y lo amasó. 

Cada vez que me levantaba —al baño, a saludar a alguien, a pedir otra ronda— se le despertaba el gesto. Su mano sabía acompañarme en el movimiento, sabía exactamente dónde detenerse, cuánto apretar, cuándo retirarse antes de que alguien pudiera señalar nada. Unas veces me agarraba de la trabilla y daba un pequeño tirón que me obligaba a frenar el paso. Yo disimulaba, haciendo creer al que me viera que era una torpeza mía, un tropiezo con el suelo pegajoso del bar. Se reía. Otras se me acercaba desde atrás con un arsenal de excusas diferentes que le llevaban a mi lado. Me cogía la mano a escondidas y se la llevaba al paquete con la única intención de mostrarme lo dura que se le ponía tan solo de estar cerca. 

En la quinta cerveza ya no supe si me levantaba por sed o por costumbre. Me gustaba su insistencia, su forma rudimentaria de lenguaje; esa manera suya de decirme que estaba ahí a la vez que me marcaba en secreto. Me gustaba que cada trayecto a la barra tuviera un sello de salida y entrada, que certificara mis pasos. Empecé a preguntarme si alguien más lo notaba.

En algún momento apoyé la mano sobre la suya antes de que bajara de la cintura al culo. Ni para apartarla ni para guiarla. Fue el modo que encontré para decirle que yo también estaba ahí con él. Si nadie nos hubiera visto, seríamos los dos, nosotros, los únicos que sabríamos que estar allí iba de estar con el otro. Vaya vértigo. 

La música seguía alta y las erecciones de Saúl también. Discretas y empinadas, vaya contradicción. Quería besarle allí en medio, delante de todos, sobre todo cuando pusieron a todo volumen mi canción. La canté mientras el grupo se reía. Saúl me miraba contenido. Él también quería besarme para que le cantara en el fondo de su garganta. No sabíamos del otro que nos gustaba Black Sabbath y ese pequeño descubrimiento nos nubló la vista; también puede que fuera el alcohol. 

Simulé ganas de ir al baño y esta vez, la mano en la pierna y el apriete de muslo se lo hice yo. El alcohol anula parte del juicio, mis ganas de Saúl anulan la otra, la parte que pudiera quedar y la excitación y el juego nos arrojaba a las manos del otro, anestesiados ante las posibilidades de ser vistos. El grupo era grande. Una ausencia de diez minutos no tendría por qué notarse. «Ahora vengo», les dije mientras cogía la cerveza y me dirigí al baño del bar. Saúl, al levantarme, me penetró con la mirada, y unos minutos más tarde, con algo más.

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