Marian Rojas (42), psiquiatra, habla alto y claro sobre la felicidad perpetua: «La gestión del dolor determina cómo vamos a ser en la vida»
Insiste, del mismo modo, en que no hay que buscar el sufrimiento ni romantizarlo, pero comprender que existe

La psiquiatra Marian Rojas. | ©Marianrojas.com
Si hay algo que nos atribula como especie, es la obsesión casi perpetua por alcanzar la felicidad. Queremos llegar a ese estado o, al menos, convencernos de que somos felices aunque no lo sintamos del todo. La realidad, sin embargo, es más compleja y más interesante. Y aun así, seguimos sin convencernos. Lo que está claro es que la felicidad, aunque deseable, no es un estado en el que podamos instalarnos de manera perenne. De ello advierte la psiquiatra Marian Rojas, una de las voces más influyentes de la salud mental en España, que lleva tiempo alertando en sus redes sociales sobre los peligros de convertir la felicidad en una meta absoluta. En ese aprendizaje vital, Marian Rojas habla de una ecuación: dolor y felicidad.
Rojas, con 42 años y varios libros de referencia en sus espaldas, no habla desde la teoría abstracta ni desde el optimismo fácil. Habla desde la consulta, desde los pacientes y desde una comprensión profunda de cómo funciona el cerebro humano cuando sufre o cuando cree que debería dejar de hacerlo. Su mensaje es sencillo de enunciar, pero difícil de asumir: que la vida duele, que siempre ha dolido, y que eso no significa que hayamos fracasado en el intento de ser felices. La felicidad y el dolor, lejos de ser contrarios irreconciliables, conviven de manera constante en cualquier existencia real.
Lo que propone esta psiquiatra no es conformismo ni resignación, sino algo más sofisticado y, en el fondo, más liberador. Plantea que aprender a relacionarse con el dolor de otra manera es, precisamente, uno de los caminos más sólidos hacia el bienestar. Porque no es lo mismo querer ser feliz que obsesionarse con serlo. Algo en lo que ha insistido en varias ocasiones desde su cuenta de Instagram @marianrojasestape.
Desear la felicidad, sí; ansiarla, no
Querer ser feliz es sano y natural. Pero no es lo mismo perseguir el bienestar que convertirlo en una exigencia, y esa distinción marca una diferencia enorme en cómo vivimos el día a día. El problema es que hemos teorizado tanto que, al no llegar a esa felicidad imaginada, acabamos sintiéndonos peor que si nunca hubiéramos reflexionado sobre el asunto. La saturación puede producir, paradójicamente, una mayor insatisfacción. Y eso es lo que ocurre cuando el ideal supera con creces lo que la vida puede ofrecer. Por eso, siempre conviene prestar atención a sus palabras, como cuando insiste en que la ansiedad es natural. Por eso, también importa comprender que, según Marian Rojas, dolor y felicidad, dos sentimientos inherentes al ser humano, no se deberían entender por separado.
Hay un nivel casi patológico al que se puede llegar cuando la felicidad deja de ser un horizonte y se convierte en una obligación. Alguien que se exige estar completamente bien todo el tiempo acaba juzgándose por cada momento de tristeza, de cansancio o de frustración, como si esas emociones fueran un síntoma de fracaso personal. Esta dinámica genera una amargura que retroalimenta el malestar, pues cuanto más se persigue la ausencia total de sufrimiento, más visible se vuelve cualquier grieta. La felicidad se vuelve inalcanzable, no porque lo sea en sí misma, sino porque el listón se ha colocado tan alto que ninguna experiencia real puede alcanzarlo. Desear bienestar tiene sentido; convertirlo en una carrera de obstáculos contra uno mismo, no. Algo de lo que ya hemos advertido en varias ocasiones en THE OBJECTIVE.
La felicidad no es la ausencia total de dolor
Marian Rojas es muy clara al respecto: la felicidad no es lo contrario del sufrimiento, sino algo que coexiste con él. «Todos los días hay pequeñas batallas, todos los días hay sufrimiento, todos los días hay dolor», afirma, y añade que tener una sensación general de bienestar y plenitud no significa estar blindado frente a las dificultades cotidianas. Que algo nos preocupe, nos enfade o nos haga llorar no invalida un estado vital positivo. El error está en pensar que si uno es feliz, nada debería afectarle. Esa expectativa no solo es falsa, sino que se convierte en una fuente adicional de angustia cuando la realidad, inevitablemente, se impone.
Para ilustrarlo, Rojas recurre a un ejemplo tan universal como revelador: el nacimiento. «La vida empieza con dolor», señala, recordando que el parto es una experiencia traumática tanto para la madre como para el recién nacido. Desde el primer aliento, el dolor es ya parte de la ecuación humana. No significa eso que la existencia sea un camino de lágrimas. Sí, sin embargo, entender que tiene bordes ásperos y momentos de sufrimiento incluso en las etapas más dichosas. Nadie está a salvo de esos baches, ni siquiera cuando todo va bien en términos objetivos. La felicidad no es una coraza que nos aísla del mundo exterior.
Lo que la psiquiatra propone, entonces, no es huir del dolor sino integrarlo. «Lo malo es cuando piensas que no deberías estar sufriendo nada nunca», advierte Rojas, señalando que esa convicción es el verdadero problema. Porque si la ausencia de sufrimiento se convierte en el criterio de una buena vida, cualquier episodio difícil se vive como una anomalía. O como una injusticia o como una prueba de que algo falla. Y en cambio, cuando se acepta que el dolor forma parte del recorrido, se puede atravesar sin que destruya la sensación de que, en el fondo, la vida merece la pena.
Aprender a manejar el dolor para ser felices

Existe una tendencia cultural muy extendida que consiste en medir el éxito por la ausencia de fracasos. Igual que medimos la felicidad por la ausencia de dolor. Pero ninguno de los dos criterios resiste el contacto con la experiencia real. Los fracasos, como el dolor, nos dicen cosas sobre lo que queremos y lo que no queremos. Por eso, son muchas veces los maestros más eficaces que encontramos en la vida. Ignorar esa dimensión del sufrimiento no lo elimina, simplemente nos deja sin herramientas para gestionarlo. Y cuando llega, porque siempre llega, nos encuentra desarmados. Esta es la apuesta de Rojas: no negar el dolor o contraponerlo a la felicidad, sino aprender a relacionarse con él de otra manera.
«La gestión del dolor determina cómo vamos a ser en la vida», concluye la psiquiatra, y en esa frase sencilla se condensa una idea profunda. No se trata de buscar el sufrimiento ni de romantizarlo, sino de comprender que la capacidad de sostenerlo, de integrarlo y de seguir caminando es lo que construye, a la larga, personas más estables y más capaces de disfrutar de lo bueno. Quienes no pueden tolerar ni una pizca de malestar, como ella misma señala, tienen un problema mayor que quienes saben atravesar etapas difíciles sin derrumbarse. La felicidad no es una línea de llegada, sino algo que se va tejiendo con la misma materia de la que está hecha la vida entera, incluidas sus partes más oscuras.
