Aristóteles, filósofo, ya avisó a los 55 años sobre la felicidad: «Si reduces el bien al placer, acabas gobernado por tus deseos y no por tu razón»
En la era del placer instantáneo, quizá hemos confundido estimulación con verdadera felicidad

Aristóteles
Vivimos en la era del bienestar instantáneo. Nunca habíamos tenido tanto acceso a entretenimiento, comida, viajes, estímulos digitales y experiencias diseñadas para producir placer inmediato y felicidad. Sin embargo, tampoco habíamos hablado tanto de ansiedad, vacío, desorientación o falta de sentido. ¿Cómo es posible que, rodeados de comodidades, nos sintamos muchas veces insatisfechos?
Hace más de dos mil años, Aristóteles ya señaló el problema. No criticaba que deseáramos ser felices —eso le parecía natural y legítimo—, sino que cuestionaba dónde buscábamos esa felicidad. En su obra más influyente sobre ética, la Ética a Nicómaco, escrita en la última etapa de su vida (aproximadamente entre 335 y 323 a. C.), cuando tenía alrededor de 50 o 55 años, formuló una advertencia que hoy resulta sorprendentemente actual.
«Los hombres de naturaleza vulgar lo identifican [el bien] con el placer, y por eso aman la vida de los goces… se muestran del todo esclavos, eligiendo una vida de bestias», escribió. Lo que, traducido a un lenguaje contemporáneo, vendría a decir: «Las personas más superficiales creen que el bien es simplemente sentir placer, y por eso buscan una vida centrada solo en el disfrute inmediato, pero al hacerlo se vuelven esclavas de sus impulsos, viviendo de forma casi instintiva, como animales».
Placer no es sinónimo de felicidad ni de bienestar
El núcleo de su planteamiento radica en una distinción fundamental: no todo lo que produce placer conduce al verdadero bienestar humano.
Aristóteles utiliza el término hedoné para referirse al placer sensorial o inmediato, como podría ser comer algo delicioso, recibir elogios, obtener gratificación sexual, distraerse o consumir. No niega que el placer exista ni que tenga un lugar en la vida buena. Pero sí considera que hay un problema que aparece cuando convertimos este placer en el fin último.

Frente a esto, propone el concepto de eudaimonía. Traducimos habitualmente esta palabra como «felicidad», pero en realidad la eudaimonía significa algo más profundo: florecimiento humano, desarrollo pleno de nuestras capacidades racionales, morales y sociales. No es un estado emocional pasajero, sino una forma de vivir.
Para Aristóteles, el ser humano se distingue por su capacidad racional. Por tanto, la vida buena no puede consistir simplemente en sentir placer —eso también lo hacen los animales—, sino en vivir de acuerdo con la razón y la virtud.
El problema de centrarnos en la búsqueda del placer instantáneo
La cultura actual, en muchos aspectos, ha institucionalizado la búsqueda del placer inmediato. Redes sociales diseñadas para activar dopamina, consumo constante, validación externa, entretenimiento permanente… El mensaje implícito es claro: si te sientes mal, busca algo que te haga sentir bien ahora.
Pero el alivio inmediato no equivale a una vida lograda. Desde esta perspectiva aristotélica, la frustración moderna no es contradictoria. Una persona puede tener comodidades, ocio y estímulos constantes, y aun así experimentar vacío. Puede viajar, salir, comprar, acumular experiencias… y seguir preguntándose para qué. El motivo, diría el filósofo estagirita, es simple: está persiguiendo hedonismo cuando lo que necesita es eudaimonía.
La palabra «esclavos» que utiliza Aristóteles no es casual. Cuando reducimos el bien al placer, nuestra brújula deja de estar en la razón y pasa a estar en el impulso. Actuamos en función de lo que apetece, no de lo que conviene; de lo que excita, no de lo que construye.
Esto no significa reprimir todo disfrute, sino comprender su lugar. El placer, en la ética aristotélica, acompaña a la actividad excelente, pero no la sustituye. Es un efecto secundario de vivir bien, no el objetivo central.
Según Aristóteles, cuando el placer se convierte en criterio absoluto:
- Se debilita la capacidad de posponer gratificaciones.
- Se deteriora la tolerancia al esfuerzo.
- Se vuelve insoportable cualquier incomodidad.
- Se confunde intensidad con significado.
Y entonces aparece la paradoja: cuanto más se busca el placer como fin, más esquivo se vuelve el bienestar profundo y la felicidad verdadera.
Hábitos para ser nuestra mejor versión
La eudaimonía no es una emoción intensa, sino una trayectoria. Implica cultivar virtudes como la prudencia, la justicia, la fortaleza o la templanza. Supone desarrollar hábitos que nos acerquen a nuestra mejor versión. Requiere coherencia entre lo que pensamos, decidimos y hacemos. En términos actuales, florecer sería:
- Tener propósito.
- Construir relaciones sólidas.
- Actuar con integridad.
- Desarrollar capacidades.
- Contribuir más allá del interés inmediato.
Nada de eso garantiza euforia constante, pero, por contra, sí construye una vida con sentido.

Estamos confundiendo felicidad con estimulación constante
No es menor el dato biográfico: Aristóteles escribió la Ética a Nicómaco en los últimos años de su vida, cuando ya había fundado el Liceo en Atenas y había desarrollado plenamente su pensamiento. No es la reflexión idealista de un joven, sino la conclusión madura de alguien que había observado la naturaleza humana durante décadas.
Su crítica no iba dirigida contra el disfrute, sino contra la reducción del ser humano a sus apetitos. Hoy, más de dos milenios después, su advertencia sigue vigente. La pregunta no es si queremos ser felices, sino si estamos confundiendo la felicidad con la estimulación constante.
Porque, como sugiere Aristóteles, una vida dedicada únicamente al placer puede resultar intensa, entretenida e incluso cómoda. Pero si no hay desarrollo, virtud y propósito, puede quedarse en eso, una simple sucesión de estímulos. Y el ser humano —nos recuerda el filósofo— está hecho para algo más que reaccionar.
