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Séneca, filósofo, ya lo aconsejó a sus 65 años: «Ser feliz no significa tener una vida perfecta, sino que el caos no logre derribarte»

La lección estoica, lejos de quedar anclada en la Roma imperial, sigue interpelando a quien busca equilibrio en medio del ruido

Séneca, filósofo, ya lo aconsejó a sus 65 años: «Ser feliz no significa tener una vida perfecta, sino que el caos no logre derribarte»

Lucio Anneo Séneca | Canva pro

A los 65 años, cuando la mayoría de los hombres libres de la antigua Roma ya habían atravesado el poder, la traición y la enfermedad, Séneca escribió una de esas reflexiones que atraviesan los siglos sin perder vigencia. «Ser feliz no significa tener una vida perfecta, sino que el caos no logre derribarte». La frase, atribuida al filósofo cordobés, condensa una idea central del estoicismo y dialoga con una preocupación muy contemporánea: cómo sostenerse en pie cuando todo parece tambalearse.

La felicidad como fortaleza interior

Lucio Anneo Séneca nació en el año 4 a. C. y desarrolló su carrera intelectual y política en Roma. Fue tutor y consejero del emperador Nerón, cargo que lo situó en el epicentro de intrigas palaciegas y decisiones de enorme trascendencia. Conoció el destierro, acumuló una fortuna considerable y terminó forzado al suicidio por orden del propio emperador al que había educado. Su biografía, atravesada por luces y sombras, es también un laboratorio práctico de la teoría que defendía.

Lejos de predicar una felicidad ingenua o basada en la acumulación de bienes, Séneca insistía en la fortaleza interior. En sus Cartas a Lucilio y en tratados como De la brevedad de la vida, planteaba que el ser humano no puede controlar lo que sucede fuera de sí, pero sí puede gobernar su actitud ante los acontecimientos. El caos, entendido como enfermedad, pérdida, inestabilidad política o fracaso personal, forma parte inevitable de la experiencia humana. La clave, según el pensador estoico, no es evitarlo, sino impedir que nos arrastre.

Estoicismo, disciplina y control emocional

La idea no era exclusiva de Séneca. Otros representantes del estoicismo, como Epicteto o Marco Aurelio, defendieron postulados similares. Epicteto, antiguo esclavo convertido en maestro, diferenciaba con claridad entre lo que depende de nosotros y lo que no. Marco Aurelio, emperador y autor de las Meditaciones, escribió en plena campaña militar que la serenidad es una construcción diaria frente a la adversidad. En ese marco, la sentencia atribuida a Séneca se inserta en una tradición filosófica que proponía disciplina emocional y lucidez como herramientas de supervivencia.

Lucio Anneo Séneca nació en el año 4 a. C. y desarrolló su carrera intelectual y política en Roma.

La vigencia de esta perspectiva resulta evidente en un presente marcado por la hiperconexión y la incertidumbre. Crisis económicas, conflictos internacionales y una exposición constante a noticias alarmantes alimentan una sensación de fragilidad colectiva. Frente a ese panorama, la propuesta estoica adquiere un matiz casi terapéutico. No se trata de negar el dolor ni de romantizar el sufrimiento, sino de evitar que las circunstancias definan por completo nuestra identidad y nuestro ánimo.

Diversos estudios en psicología contemporánea han recuperado principios cercanos al estoicismo bajo el paraguas de la resiliencia. La capacidad de adaptarse a situaciones adversas y salir fortalecido de ellas guarda un evidente parentesco con la máxima de Séneca. Un ejemplo claro es un artículo publicado en la revista Theory and Psychology que revisa la literatura científica sobre resiliencia desde una perspectiva contemporánea y la pone en diálogo con la filosofía práctica de la antigüedad.

El autor examina cómo la psicología actual entiende la resiliencia, esa capacidad de adaptarse y recuperarse de adversidades, y establece conexiones con las enseñanzas de escuelas como el estoicismo, señalando que reconocer lo que está bajo nuestro control y reinterpretar cognitivamente las dificultades son principios que aparecen tanto en la investigación psicológica como en los textos clásicos de filósofos como Epicteto o Séneca. La diferencia radica en el lenguaje y en el contexto histórico, pero el núcleo conceptual coincide: la estabilidad emocional no depende de la ausencia de problemas, sino de la gestión que hacemos de ellos.

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