San Francisco de Asís, escritor, ya avisó en 1206 sobre el secreto de la felicidad: «Necesito poco, y lo poco que necesito, lo necesito poco»
Ocho siglos después, esa intuición sigue cuestionando a una sociedad que lo tiene casi todo y, aun así, se siente incompleta

San Francisco de Asís | Canva pro
En una época marcada por las cruzadas, los feudos y la ostentación de las ciudades italianas en expansión, San Francisco de Asís formuló una idea que hoy resuena con fuerza en plena era del consumo masivo. Corría el año 1206 cuando el joven hijo de un próspero comerciante decidió romper con todo lo que había definido su identidad hasta entonces. A partir de ese momento abrazó una forma de vida radical que, siglos después, puede leerse como una inesperada lección sobre la felicidad.
«Necesito poco, y lo poco que necesito, lo necesito poco». La frase no aparece en sus escritos más difundidos, pero la tradición la ha conservado como síntesis de su pensamiento y de su modo de vivir. Más allá de la precisión filológica, el mensaje es claro: la verdadera libertad no depende de cuánto se posee, sino de cuánto se necesita.
El concepto de feliciad, según San Francisco de Asís
La felicidad ha sido, desde siempre, una de las grandes aspiraciones humanas. Hoy, para muchos, ese ideal se asocia a una imagen concreta y fácilmente reconocible: la casa soñada, una familia numerosa, un puesto de prestigio aunque no despierte verdadera vocación, viajes exóticos pensados casi más para exhibirse en redes sociales que para disfrutarse en silencio. Tener, acumular y mostrar. En ese contexto dominado por la lógica de la posesión y la visibilidad, la advertencia de San Francisco de Asís adquiere una fuerza inesperada.
Frente a la cultura del «más es mejor», su planteamiento introduce un matiz incómodo para la mentalidad contemporánea: tal vez el bienestar no consista en sumar, sino en restar. No en añadir logros y objetos a la lista personal, sino en reducir aquello que creemos imprescindible. Una idea que, ocho siglos después, sigue cuestionando nuestras prioridades.

Renunciar para ganar libertad
Francisco nació en Asís en 1181 o 1182, en el seno de una familia acomodada. Su juventud estuvo marcada por el deseo de gloria y prestigio. Pero tras una crisis espiritual decidió renunciar a su herencia y despojarse públicamente de sus bienes. Se desprendió de ropa, libros y propiedades. Optó por la pobreza extrema y durante años vivió con lo imprescindible, una túnica y la limosna que recibía.
Su elección no fue una simple reacción ascética, sino una convicción profunda. Para él, la necesidad debía limitarse a lo estrictamente indispensable para sobrevivir. Todo lo demás era accesorio. En esa reducción voluntaria encontraba una libertad desconocida hasta entonces. Sin ataduras materiales, disponía de tiempo y energía para la oración, el servicio y el contacto con la naturaleza.
En una sociedad donde tener se ha convertido en sinónimo de poder y éxito, y como consecuencia para muchos en sinónimo de felicidad, el planteamiento franciscano adquiere hoy un significado enorme. La lógica dominante empuja a acumular, a escalar, a exhibir. Sin embargo, incluso quienes alcanzan esas metas reconocen con frecuencia que nada de eso termina de colmarles por completo. Y entonces surge el siguiente objetivo, el siguiente ascenso, la siguiente compra. Más y más.
La importancia del «aquí y ahora»
Vivimos instalados en una carrera hacia el futuro, proyectando constantemente la próxima conquista, sin detenernos a valorar lo que ya forma parte de nuestra vida. Se desea lo que aún no ha llegado y se deja de lado lo que sí está. En ese desplazamiento continuo, el presente queda relegado a un simple trámite. Y, sin embargo, es lo único real que poseemos.
En esa misma línea, el médico y divulgador Mario Alonso Puig insiste en que «cuando uno está en el aquí y en el ahora es mucho más facil experimentar la felcidad que si está distraido». Desde la neurociencia y el desarrollo personal, recuerda que la mente humana tiende a moverse entre la culpa por el pasado y la ansiedad por el futuro, perdiendo de vista el único instante en el que la vida sucede. Sin presencia, no hay experiencia plena. Sin conciencia del presente, ningún logro resulta suficiente.
La propuesta franciscana sugiere justamente lo contrario a la inercia actual: reducir el umbral de lo necesario puede disminuir la angustia por alcanzar metas que, en el fondo, no garantizan plenitud. Al necesitar menos, se rebaja la presión. Al desear menos, se amplía el espacio interior. Y en ese espacio cabe algo que la acumulación no asegura, la serenidad.
No se trata de renunciar a toda aspiración ni de idealizar la carencia, sino de revisar la escala de prioridades. Cuando el tener deja de ocupar el centro, emergen otras dimensiones, las relaciones, el propósito, la experiencia consciente del momento. Tal vez la felicidad no consista en conquistar el futuro, sino en habitar con plenitud el presente y descubrir que, en ocasiones, lo que ya es suficiente estaba mucho más cerca de lo que imaginábamos.
Usar sin depender
«Lo necesito poco» no significa despreciar lo material, sino relativizarlo. Se trata de usar sin depender. De comprender que los bienes son instrumentos y no fines. Desde esta perspectiva, la pérdida eventual de una casa, de una posición social o incluso de ciertas seguridades no anula la posibilidad de una vida con sentido. La felicidad deja de estar condicionada por factores externos y se convierte en una actitud interior.
Otra máxima atribuida al santo italiano refuerza esta idea: «El que a todo renuncia, todo lo posee», inspirada en el Evangelio de Lucas. En su lenguaje simbólico, Francisco llegó a llamar a la pobreza «Señora» y «virtud». No era una exaltación romántica de la miseria, sino el reconocimiento de que el desapego le permitía experimentar una riqueza distinta, basada en la gratuidad y en la fraternidad.
