Epicteto, filósofo, sobre el camino hacia la felicidad: «Lo que perturba no son las cosas en sí, sino los juicios que hacen sobre esas cosas»
Una propuesta antigua que, lejos de perder vigencia, dialoga con las inquietudes del presente

Epicteto | Canva pro
En tiempos de incertidumbre permanente, cuando la conversación pública oscila entre la ansiedad económica y la saturación informativa, una sentencia pronunciada hace casi dos mil años mantiene intacta su vigencia. «Lo que perturba no son las cosas en sí, sino los juicios que hacen sobre esas cosas». La afirmación pertenece a Epicteto y resume con buena precisión el núcleo de la ética estoica, una filosofía que hoy vuelve a ocupar titulares y estanterías.
La frase aparece de forma literal en el capítulo 5 del Manual, obra también conocida por su título griego, Enquiridión. El pasaje completo matiza la idea central al señalar que no es la muerte, la pobreza o el dolor lo que nos altera, sino la opinión que construimos en torno a esos hechos. En otras palabras, el sufrimiento no nace únicamente de la realidad objetiva, sino del relato interno que elaboramos sobre ella.
Conviene recordar que Epicteto no dejó nada escrito. Nacido como esclavo en el Imperio romano y posteriormente liberado, impartía sus enseñanzas de forma oral. Fue su discípulo más destacado, el historiador y político romano Flavio Arriano, quien recogió aquellas lecciones. Arriano recopiló el Manual como una suerte de resumen portátil, un compendio práctico de las ideas fundamentales que escuchaba en las clases de su maestro.
Una filosofía nacida en la adversidad
La biografía de Epicteto resulta inseparable de su pensamiento. Esclavo durante su juventud y más tarde exiliado por orden del emperador Domiciano, el filósofo conoció de primera mano la fragilidad de la posición social y la inestabilidad política. Esa experiencia vital explica, en parte, su insistencia en distinguir entre lo que depende de nosotros y lo que no.
Bajo esta lógica, nuestras opiniones, deseos y rechazos pertenecen al ámbito del control personal. En cambio, el cuerpo, la reputación, la riqueza o los acontecimientos externos quedan fuera de esa esfera. El error, según el estoico, consiste en intentar gobernar aquello que no nos corresponde, generando así frustración e inquietud.
En el capítulo 5 del Enquiridión se condensa esta enseñanza con claridad didáctica. Allí se afirma que no son los hechos los que perturban a los seres humanos, sino las opiniones sobre esos hechos. Si alguien teme la muerte, por ejemplo, no es la muerte en sí lo que le aterra, sino el juicio de que morir es un mal.

El texto funciona como un recordatorio práctico. El Manual no fue concebido como tratado teórico, sino como guía breve para la vida cotidiana. Su estructura fragmentaria responde a esa intención, ofrecer máximas fáciles de memorizar y aplicar en situaciones concretas.
Cuando el estoicismo vuelve a la actualidad
Leído en clave contemporánea, el mensaje resulta incómodo y liberador a la vez. Incómodo porque desplaza la responsabilidad hacia el individuo, que ya no puede atribuir todo su malestar al entorno. Liberador porque propone un margen de maniobra incluso en contextos adversos.
La psicología cognitiva moderna ha encontrado paralelismos evidentes con esta intuición estoica. Diversas corrientes terapéuticas sostienen que la interpretación de los hechos condiciona la emoción resultante, asi lo explica también la psicóloga reconocida Patricia Ramirez. Aunque separadas por siglos, la filosofía de Epicteto y ciertas prácticas clínicas actuales comparten un presupuesto común, la centralidad del pensamiento en la construcción del sufrimiento.
La sentencia del capítulo 5 no ofrece una fórmula mágica para la felicidad, sino una invitación exigente. Si lo que perturba son los juicios, entonces la tarea consiste en revisar, una y otra vez, la manera en que miramos el mundo. En una cultura marcada por la reacción inmediata y la sobreexposición emocional, detenerse a examinar el propio juicio puede parecer contracultural. Sin embargo, para Epicteto esa pausa es el primer gesto de libertad. No una libertad externa, siempre condicionada por circunstancias cambiantes, sino una libertad interior que descansa en el dominio de uno mismo.
