Bertrand Russell, filósofo, lo dejó claro en 1930: «La felicidad no es solo éxito ni la ausencia de deseo, sino ser parte del río de la vida»
El pensador inglés, una mente preclara del siglo XX, sentó cátedra en la publicación de ‘La conquista de la felicidad’

Una mujer feliz en un paseo por el bosque. | ©Freepik.
Pocos filósofos del siglo XX se adentraron con tanta determinación en la pregunta de qué es la felicidad —y por qué nos resulta tan esquiva— como el pensador británico Bertrand Russell. Su trayectoria intelectual destaca, además, por una ruptura de fondo. A diferencia de la mayor parte de la tradición filosófica de los siglos XVIII y XIX, Russell construyó sus postulados al margen del pensamiento cristiano. Durante generaciones, la reflexión sobre la vida buena había estado profundamente condicionada por la teología moral. Russell, declarado no creyente, eligió buscar los fundamentos de la felicidad humana en la propia experiencia terrena. Esa apuesta laica y racional fue en sí misma una disrupción notable. En su caso, por situar la felicidad en el aquí y el ahora, no en ninguna promesa de recompensa futura.
Esa postura cristalizó con especial claridad en La conquista de la felicidad, publicada en 1930, una obra que hoy sigue siendo libro de cabecera para miles de lectores. Russell no escribía para académicos: lo hacía para personas corrientes que querían entender por qué se sentían insatisfechas y qué podían hacer al respecto. El resultado es un texto sorprendentemente moderno, donde la filosofía se mezcla con la observación sociológica y con una honestidad que, incluso vista desde la distancia de casi un siglo, resulta refrescante. Su pensamiento es hoy una búsqueda habitual en internet, señal de que sus ideas siguen resonando con fuerza en una época en la que el malestar psicológico ocupa portadas y consultas médicas por igual.
Ni sufrir, ni triunfar: la felicidad es otra cosa
En La conquista de la felicidad, Russell se enfrenta desde las primeras páginas a dos grandes mitos de su tiempo —y, curiosamente, también del nuestro—. Por un lado, la herencia estoica que glorificaba el sufrimiento como camino de perfección moral; por otro, la incipiente cultura del éxito competitivo que ya en los años treinta equiparaba la felicidad con la acumulación de riqueza y de reconocimiento social. Ante ambas tentaciones, Russell reacciona con la misma firmeza. El estoicismo, sostiene, confunde la resignación con la virtud; el triunfalismo materialista, por su parte, convierte la vida en una carrera sin meta real. Ninguno de los dos caminos lleva al bienestar genuino, porque ninguno parte de una comprensión honesta de la naturaleza humana. No obstante, Russell consideraba que, para ser feliz, «carecer de algunas de las cosas que uno desea es condición indispensable».
Lo que Russell propone en cambio resulta, a primera vista, casi desconcertante en su sencillez. Según él, «el secreto de la felicidad consiste en que tus intereses sean lo más amplios posible y que tus reacciones a las cosas y personas que te interesan sean, en la medida de lo posible, amistosas y no hostiles». No hay aquí ninguna promesa de iluminación ni ningún programa de autoayuda. Hay, en cambio, una invitación a mirar hacia fuera, a interesarse por el mundo con genuina curiosidad. La felicidad, para Russell, no se encuentra buceando indefinidamente en el interior de uno mismo, sino abriendo las ventanas y dejando que entre el aire. Esa orientación extrovertida hacia la vida constituye, en su opinión, la condición previa de cualquier bienestar duradero.
Contra el ego y a favor del entusiasmo

Russell no era ajeno a las transformaciones sociales de su época, y en su obra hay una crítica sociológica tan lúcida como incómoda. El filósofo observaba con preocupación cómo la felicidad se iba convirtiendo, cada vez más, en un asunto de posesiones. Es decir, tener más, aparentar más y superar a los demás eran las metas. Sus simpatías socialistas le hacían especialmente sensible a esa deriva, pero su diagnóstico no era doctrinario sino psicológico.
El problema del egocentrismo exacerbado, argumentaba, no es solo moral sino práctico. Consideraba que el individuo encerrado en sí mismo, pendiente únicamente de su imagen y sus logros, se condena a una infelicidad crónica. La persona infeliz, escribía, suele estar atrapada en «pasiones egocéntricas como el miedo, la envidia o el sentimiento de pecado». Por eso, explicaba que esa trampa no se resuelve con más éxito sino con una reorientación profunda de la atención.
Frente a esa prisión del ego, Russell coloca el entusiasmo como antídoto fundamental. «Lo que el apetito es para la comida, el entusiasmo lo es para la vida», escribe con esa claridad aforística que le caracterizaba. El entusiasmo no es euforia ni optimismo superficial. De hecho, lo consideraba como la disposición activa a comprometerse con lo que uno hace, a encontrar motivos de interés en las personas y en las cosas. Este planteamiento conecta de manera notable con pensadores contemporáneos. De hecho, el psiquiatra español Enrique Rojas lleva décadas insistiendo en que la ilusión —esa capacidad de proyectarse hacia algo que merece la pena— es uno de los pilares más sólidos de la salud mental. Russell lo formuló antes, pero ambos apuntan en la misma dirección. Sin entusiasmo, la vida se aplana y la felicidad se vuelve inalcanzable, sea cual sea el nivel de comodidad material que se haya logrado.
La felicidad de las pequeñas cosas
Hay una paradoja productiva en el centro del pensamiento de Russell sobre la felicidad, y vale la pena detenerse en ella. El filósofo distingue dos tipos de felicidad: una «del corazón», que llama también animal o normal, al alcance de cualquier ser humano con independencia de su educación o cultura; y otra «de la cabeza», más espiritual e intelectual, reservada a quienes cultivan intereses especializados y encuentran gozo en la comprensión del mundo. La paradoja es que, lejos de presentar la segunda como superior a la primera, Russell las considera igualmente legítimas y alcanzables. No es necesario ser un sabio para ser feliz; tampoco es imposible serlo si uno lo es. Ambas formas de bienestar tienen su dignidad propia, y el error sería despreciar una en favor de la otra.
Además, Russell insiste en que los ingredientes de la felicidad más básica son, en el fondo, bastante modestos. Tener las necesidades cubiertas, gozar de vínculos afectivos, apoyarse en un trabajo satisfactorio y la capacidad de tolerar el aburrimiento sin caer en la desesperación eran fundamentales. Hay incluso un matiz llamativo en su argumentación. Esa idea —que la privación moderada puede ser, paradójicamente, una fuente de bienestar— es quizás la más contracultural de todas las que Russell plantea en esta obra. En definitiva, La conquista de la felicidad no ofrece atajos ni recetas mágicas. Sin embargo, quizás algo más valioso: una mirada honesta a lo que realmente importa, escrita hace casi cien años y más vigente que nunca.
