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John Locke, filósofo, ya supo en 1690 la clave de la felicidad: «La supresión de todo malestar»

Locke dejó claro que el ser humano puede, además, prescindir del libre albedrío para lograr sus metas

John Locke, filósofo, ya supo en 1690 la clave de la felicidad: «La supresión de todo malestar»

Un hombre en el monte. | ©Freepik.

Pocos filósofos han dejado una huella tan profunda en la historia del pensamiento occidental como John Locke. Con frecuencia se habla de la era de Newton para referirse al siglo XVII, pero con igual razón podría hablarse de la era de Locke. Su influencia fue tal que abarcó la epistemología, la política y la ética con una claridad que sus contemporáneos difícilmente igualaron. En uno de sus trabajos más ambiciosos, el Ensayo sobre el entendimiento humano, publicado en 1690, el filósofo inglés se detuvo a desgranar con precisión qué es la felicidad, cómo se alcanza y por qué la naturaleza humana tiene la capacidad —y casi la obligación— de perseguirla.

El resultado es un análisis que, aunque formulado hace más de tres siglos, resuena con sorprendente actualidad. Locke no habla de bienestar en términos vagos ni construye una utopía irrealizable. Habla de mecanismos concretos. Por ejemplo, de cómo el malestar mueve la voluntad, de cómo la razón puede suspender el deseo y de cómo esa pausa, lejos de ser una renuncia, es la puerta de entrada a la felicidad verdadera. Una propuesta que merece leerse despacio, porque para John Locke, la felicidad no es un concepto romántico en su obra, sino una arquitectura del comportamiento humano.

La felicidad, según John Locke

Para Locke, la felicidad no era un estado difuso que llegaba por azar ni un premio reservado al más allá, aunque su pensamiento estuviera profundamente marcado por la tradición cristiana. Era, ante todo, una cuestión de claridad intelectual y de buena gestión de los propios deseos. En el Ensayo, el filósofo define con precisión qué entiende por ella: la felicidad genuina consiste en poseer los bienes que producen el mayor placer posible y en estar libre del dolor. Una formulación sencilla, quizás. Sin embargo, esconde una exigencia considerable. Pues, según Locke, para alcanzar ese estado, hay que saber distinguir lo que realmente nos satisface de lo que solo lo parece.

Lo que Locke pone encima de la mesa es la diferencia entre felicidad imaginaria y felicidad verdadera, y esa distinción es el eje de toda su argumentación. «La necesidad de conseguir la verdadera felicidad es el fundamento de la libertad», plasmó, dejando claro que no hay libertad genuina sin ese discernimiento previo. Dicho de otro modo: quien confunde un placer inmediato con un bien mayor no es libre, sino esclavo de sus propios impulsos. Lo que se puede ver como una crítica a los hedonistas y epicuristas.

La filosofía de Locke reconoce el peso de la religión —muchos de sus contemporáneos situaban esa felicidad plena en la vida eterna—, pero el filósofo insiste en que el camino empieza aquí, en este mundo, con este cuerpo y esta razón. Y ese camino pasa, sin excepción, por suprimir el malestar. Algo en lo que ya insistieron filósofos clásicos como Zenón de Citio, que insistía en que «el bienestar se logra poco a poco, con hábitos».

No todo es libre albedrío: el punto de partida de la felicidad de Locke

Uno de los aspectos más originales del pensamiento de Locke es su cuestionamiento del libre albedrío tal como habitualmente se entiende. Para él, la voluntad no actúa en el vacío ni elige libremente entre opciones igualmente atractivas: está determinada, en cada momento, por el malestar más apremiante. «El malestar causado por el deseo determina la voluntad», sostiene, añadiendo que es «el resorte de la acción», no la promesa de un bien mayor. Lo que nos mueve no es tanto lo que queremos conseguir como lo que nos incomoda no tener.

Pero entonces, ¿dónde entra la libertad? Locke la ubica en un gesto muy preciso: la capacidad de suspender la persecución de un deseo antes de que la voluntad quede determinada. «Poseemos la potencia de suspender la prosecución de tal o cual deseo», escribe, y esa suspensión es, a su juicio, «la fuente de toda libertad». Aquí reside, según Lock, la diferencia esencial entre el ser humano y el animal. Un perro no puede dejar de perseguir aquello que le provoca malestar inmediato. Sin embargo, una persona puede pausar, examinar y decidir renunciar a un beneficio a corto plazo si esa renuncia le acerca a una felicidad más sólida. No es ascetismo, ni represión: es, simplemente, la capacidad de mirar más allá del momento presente. Y esa capacidad, en el marco de lo que Locke considera la felicidad, es la que separa al agente libre del mero autómata del deseo.

Venir al mundo a ser feliz: un imperativo moral

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Locke consideraba que se debía venir al mundo a perseguir la felicidad completa, aunque desde un punto de vista muy marcado por la religión. ©Freepik.

Hay un punto en el Ensayo que puede resultar paradójico, sobre todo si tenemos en cuenta las profundas convicciones religiosas de Locke. El filósofo afirma, sin ambages, que el ser humano ha venido al mundo para perseguir la felicidad completa. No para resignarse, no para esperar, sino para buscarla activamente. Eso implica, como consecuencia lógica, excluir de la ecuación todo aquello que no conduzca a ese fin. En su caso, consideraba tales a los placeres imaginarios, los goces transitorios o las satisfacciones que se disuelven en cuanto se consiguen. Locke los llama «felicidad imaginaria» y los opone con claridad a la felicidad verdadera, que es la única que merece ser perseguida. Algo también vinculado a los pensamientos clásicos, como los de Marco Aurelio, en cuanto a que «la felicidad de la vida depende de la calidad de tus pensamientos».

Aquí es donde el pensamiento cristiano de Locke y su filosofía práctica se entrelazan de manera más visible. Porque esa obligación de buscar la felicidad auténtica no es, en su marco conceptual, una mera preferencia personal: es casi un imperativo moral. Es revelador al respecto. Mientras no hayamos examinado debidamente si lo que deseamos nos acerca o nos aleja de nuestra verdadera felicidad, estamos «obligados» a suspender la satisfacción de ese deseo. La palabra no es casual, como además se verá más adelante en otros pensadores como Immanuel Kant. Locke no sugiere ni recomienda: obliga, en el mismo sentido en que la ética cristiana obliga a no desperdiciar la vida en lo accesorio. Así, para John Locke, la felicidad funciona como una brújula moral tanto como una guía psicológica: nos dice no solo cómo vivir mejor, sino cómo vivir bien, en el sentido más pleno y exigente del término.

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