Sergio Oliveros, psiquiatra, avisa del peligro de erotizar (sin querer) la relación con un hijo: «Entre los 3 y los 6 años está el mayor riesgo»
La erotización inconsciente del vínculo entre padres e hijos puede marcar el desarrollo emocional y afectivo del menor

La erotización de la infancia | Freepik
La relación entre la infancia, la sexualidad y el desarrollo emocional sigue siendo uno de los ámbitos más delicados y, al mismo tiempo, más desconocidos para muchas familias. En un contexto social en el que la información circula con rapidez pero no siempre con rigor, surgen dudas sobre los límites del afecto, la educación emocional y el papel de los padres en la construcción de una personalidad sana. Comprender qué es normal en cada etapa del desarrollo y qué conductas pueden generar confusión resulta clave para prevenir problemas futuros.
Para abordar estas cuestiones, en THE OBJECTIVE hablamos con el reconocido psiquiatra Sergio Oliveros Calvo. Licenciado en Medicina y Cirugía por la Universidad Autónoma de Madrid, especialista en Psiquiatría y doctor cum laude, ha desarrollado su carrera tanto en el ámbito hospitalario como en la práctica privada, combinando tratamiento farmacológico y psicoterapia. Su formación internacional en la Yale University School of Medicine y sus más de 25 años de trayectoria avalan una visión profunda y rigurosa del funcionamiento psíquico.
Algunos padres distorsionan el vínculo materno/paterno filial hasta convertirlo, en la práctica, en una relación con rasgos de pareja desdibujada, exponiendo al hijo o hija a una carga de tipo sexual que no puede gestionar debido a su inmadurez. A este fenómeno se le denomina «erotización» de la relación
Para romper tabúes y dar luz a este delicado asunto, el Dr. Oliveros Calvo analiza el concepto de «erotización» de la relación entre padres e hijos, un fenómeno complejo que, según explica, puede surgir de forma inconsciente y tener importantes consecuencias en el desarrollo emocional del menor. A lo largo de la conversación, profundiza en las etapas de la sexualidad infantil, los riesgos de una mala diferenciación afectiva y los signos que pueden alertar a las familias. También ofrece claves prácticas para educar desde el equilibrio, evitando confusiones que puedan afectar a la futura vida emocional y relacional de los niños.
El desarrollo sexual infantil tiene tres etapas
«La sexualidad infantil ha sido ampliamente estudiada desde hace más de cien años, lo que ha aportado luz a algo que había sufrido una notable y secular contaminación religiosa y cultural que la reprimía y negaba. La presencia de impulsos sexuales en la infancia es un hecho que ya aceptamos sin titubeos», asegura el doctor Oliveros.

«El desarrollo de la sexualidad puede discurrir sin conflictos y desviaciones si enfocamos la educación del menor con madurez, naturalidad, flexibilidad y comprensión. En la etapa de la primera infancia (0-6 años), la inmadurez del niño y de la niña hace que lo sexual esté muy cercano a lo afectivo. Esto conduce a que las expresiones puedan ser equívocas o estar mal definidas. Por ejemplo, un beso o una caricia puede expresar deseo y/o afecto de forma simultánea», apunta.
En la etapa de la primera infancia (0-6 años), la inmadurez del niño y de la niña hace que lo sexual esté muy cercano a lo afectivo. Esto lleva a que la expresión de ambos sea equívoca y mal definida
A partir de los 6 años, «los rudimentos de una sexualidad madura han quedado establecidos y el menor inicia la fase de latencia, una etapa en la que lo sexual es reprimido por el aparato psíquico del niño/a y permanece oculto. En esa etapa los niños juegan con los niños a juegos de niños y las niñas hacen lo propio con sus amigas. La latencia termina cuando en la adolescencia comenzamos a alcanzar la madurez del aparato reproductor, lo que provoca un violento brote de deseo y afecto. Es entonces cuando experimentamos con ensayos/simulacros de relación de pareja, y eso nos permite evolucionar hasta alcanzar la madurez».
Por tanto, «es esencial que facilitemos a nuestros hijos alcanzar esos tres hitos, resolviendo los conflictos de cada etapa (sexualidad infantil, latencia y sexualidad adolescente) sin distorsiones ni conflictos», añade el psiquiatra.
¿Qué es «erotizar» la relación con un hijo?
«En las personalidades inmaduras (el Clúster B de la DSM-5: personalidades histriónica, borderline, narcisista y antisocial) no existe un desarrollo maduro de la sexualidad ni del afecto; son personas incapaces de establecer relaciones de pareja adultas y acaban teniendo pseudorelaciones de pareja con personalidades del mismo Clúster. Su propia inmadurez les hace sentirse más cerca de la afectividad y sexualidad inmaduras de su hijo que de la de sus parejas. Eso conduce a que, con frecuencia, expongan al menor a una negación del progenitor del mismo sexo en estructuras heterosexuales —o del sexo contrario en estructuras homosexuales— y a estímulos sexuales que no pueden llegar a ser comprendidos ni manejados por el menor, como excesivo contacto físico, exposición a la desnudez, alianzas ‘secretas’ con negación/exclusión del progenitor de sexo contrario, excesiva gratificación del menor, excesiva confidencialidad e intimidad, etc.», advierte el Dr. Oliveros.
Hay padres que, sin ser conscientes, exponen a sus hijos a estímulos de carácter sexual, como un contacto físico excesivo, la exposición a la desnudez, la creación de alianzas ‘secretas’ que excluyen al otro progenitor o una sobregratificación acompañada de una intimidad y confidencialidad inapropiadas
Es decir, estos padres y/o madres «transforman la relación materno/paterno filial en una relación que, en la práctica, funciona como una pareja castrada, en la que se expone al hijo/a a una excitación sexual que no puede manejar por su inmadurez. Esto es lo que denominamos erotización de la relación. El progenitor no es consciente del hecho, sólo le mueve su propia inmadurez e indiferenciación afectiva y sexual. Sin embargo, con su conducta, crea un intenso malestar psíquico en el menor por la confusión de papeles y la imposibilidad de culminación de los deseos que despierta en él».

Todo ello, evidentemente, tiene consecuencias: «Normalmente, el niño/a termina convirtiéndose en una persona incapaz de madurar. Nunca podrá establecer luego relaciones de pareja reales y adultas o ver a su parejas como iguales. Por el contrario, establecerá con sus parejas relaciones inmaduras dominadas por lo que denominamos el ‘como si’: hace como si amara pero sin amar, hace como si deseara pero sin desear, hace como si necesitara al otro pero sin necesitarlo, etc. Obviamente, si estas personas tienen hijos, van a reproducir en ellos el conflicto perpetuándolo. En la Teoría Sistémica se ha calculado que es necesario que pasen seis generaciones para eliminar una patología así».
Las conductas que los padres deben evitar
PREGUNTA. ¿Este fenómeno es más frecuente que se dé en padres separados o divorciados?
RESPUESTA. En el aparato psíquico del niño existen siempre una madre y un padre aunque no estén presentes por separación o fallecimiento. Es lo que denominamos «imago del progenitor», una representación interna de él. Por tanto, la separación no implica una consecuencia inevitable de relación erotizada. Es necesario, como dije, que exista una inmadurez del progenitor que desdibuje la interacción con el menor e introduzca elementos anómalos que generen confusión y desestructuración en el menor. Obviamente, cuando la inmadurez se añade a la separación, el riesgo es mayor por la ausencia de un contrapeso que pueda reducir el impacto.
P. ¿Es cierto que, en estos casos, las niñas con los padres, y los niños con las madres, corren más peligro en erotizar, sin querer, la relación?
R. En la medida de que la heterosexualidad es más frecuente en la población, la respuesta es afirmativa. Salvo en un caso de abuso sexual del menor, estos fenómenos ocurren en un plano inconsciente, se hacen «sin querer», como dice usted.

P. ¿Qué conductas deben evitar los padres para que esto no se produzca?
R. Todo padre debe saber lo que su hijo/a necesita en cada etapa y dárselo. Colecho y gratificación rápida en el primer año de vida, límites en el segundo, y apoyo afectivo incondicional después; pero diferenciándolo muy bien de la intimidad, confidencialidad e igualdad que tiene una relación de pareja. Debemos enseñarle muy bien la diferencia entre un adulto y un menor pero darle todas las herramientas para que llegue a ser un adulto. Mostrarle, en definitiva, el camino que debe recorrer. El menor necesita un adulto que le enseñe y guíe, no otro menor que le confunda.
«El mayor peligro está entre los 3 y los 6 años»
P. ¿En qué franja de edad los niños son más vulnerables en este contexto?
R. El mayor peligro está entre los 3 y los 6 años, pues en esta etapa el menor comienza a conocer y experimentar su sexualidad.
P. ¿Todo esto guarda relación con el llamado complejo de Edipo?
R. Lo que el psicoanálisis denomina conflicto edípico en el deseo de formar una pareja con el progenitor de sexo contrario y temer la reacción colérica y destructiva del progenitor del mismo sexo. Todos, sin excepción, hemos estado expuestos a ese conflicto en nuestro desarrollo. Lo más frecuente es que el menor, atemorizado por el peligro de la venganza del progenitor del mismo sexo, sufra una identificación con él (se denomina «identificación con el agresor o síndrome de Estocolmo»), le imite en todas sus características y eso dé paso a la etapa de latencia. Cuando el niño/a no elabora el conflicto así, desarrolla lo que popularmente se denomina «complejo de Edipo», lo que le hace más proclive a desarrollar una personalidad psicopática, narcisista o histriónica.
El adulto expuesto a una relación erotizada no sabe amar, no trata de igual a igual a su pareja, no la puede admirar, suele envidiarla, suele ser posesivo, celoso y ególatra, y no puede reconocer la necesidad del otro
P. ¿Cómo se puede detectar, en un adulto, sea hombre o mujer, si su relación con su madre o padre ha sido erotizada? ¿Hay algún patrón?
R. El síntoma es la castración. El adulto expuesto a una relación erotizada sabe excitar a su pareja pero no sabe culminar su placer, no sabe amar, no trata de igual a igual a su pareja, no la puede admirar, suele envidiarla, suele ser posesivo y celoso, además de ególatra, y no puede reconocer la necesidad del otro. Es decir, reproduce en su relación de pareja lo que vivió en su infancia. Es un niño envejecido, no un adulto.

P. ¿La erotización es más frecuente en niños con su madre y en niñas con su padre?
R. El conflicto edípico es universal, no hay diferencia entre hombres y mujeres. Un padre narcisista puede erotizar la relación con su hija y una mujer histriónica hacerlo con su hijo. Pero el conflicto que el menor experimenta es el mismo, sea de uno u otro sexo.
Señales de alerta
P. ¿Cómo saber si el niño, o la niña, se está desarrollando mal en lo que a su sexualidad se refiere? ¿Hay algunos signos que indiquen a los padres que hay algo que va mal?
R. En el desarrollo infantil hay dos hitos clave: el control de esfínteres durante el segundo año, que da por terminada la primerísima infancia, y el descubrimiento del placer genital, sobre el tercer año, cuando experimentamos la sexualidad tal y como la entendemos hoy. En la primera etapa el placer está en la boca; en la segunda, en el control; sólo a partir de la experimentación de placer genital podemos hablar de sexualidad. También debemos tener en cuenta que la sexualidad se apaga al comenzar la latencia. Un niño que siga tocándose su área genital después indica un posible problema.
Además, podemos detectar síntomas de la castración (incapacidad de expresar y perseguir sus deseos, escasa actividad, dependencia excesiva de los padres, timidez, etc.), de hipersexualidad (movimientos de estimulación genital frecuentes), relación fusional con el progenitor de sexo contrario (heterosexuales) o del mismo sexo (homosexuales), inmadurez, actitudes tiránicas, etc. Cualquier conflicto en la infancia redunda en una disminución del rendimiento escolar (el niño/a dedica tiempo a su conflicto reduciendo el que dedica al estudio) y en una relación anómala con los iguales.

P. ¿Influye la cultura o el modelo de crianza en que esto ocurra con más frecuencia?
R. Sin duda. Un factor determinante y con un fuerte componente cultural es la gratificación automática de las necesidades del menor más allá de su primer año y medio de vida. El niño necesita sentirse seguro para crecer con normalidad. Cualquier conflicto que le perturbe, impida su maduración o dificulte su vertebración con el grupo de iguales puede perjudicarle. En Japón, por ejemplo, tratan a los niños como reyes hasta los 5 años, pero luego les convierten de repente en miniadultos que acuden solos al colegio, que limpian en la escuela y que deben comportarse sin ningún fallo. A estos niños se les dice que no deben considerarse por encima de los demás, que lo importante es el bienestar comunal, no el individual. Pasan de golpe de ser los reyes/reinas de su casa a ser uno más en sentido estricto, lo que hace que su identidad se evapore de repente. Por eso no es extraño que, en su madurez, no sean capaces de establecer relaciones adultas o empleen dibujos animados para satisfacer sus necesidades sexuales.
P. ¿Qué más recomienda usted para que los hijos crezcan en un contexto sano en lo que a sexualidad se refiere? ¿Qué pueden hacer los padres al respecto?
R. Informarse sobre sexualidad infantil. Ahora hay libros menos sesudos que los freudianos y más asequibles cognitivamente hablando. Cuando uno comprende lo que está ocurriendo, toma las medidas para evitar desenlaces negativos.
La ciencia lleva años estudiando este fenómeno
A pesar de que no haya apenas información acerca de la erotización de la infancia en los medios —en parte porque es un tema delicado y/o tabú y porque pocos psiquiatras se atreven a abordarlo públicamente—, la ciencia lleva años investigando al respecto. En la actualidad, contamos con numerosos estudios que apoyan las palabras del doctor Oliveros y subrayan la importancia crucial del vínculo afectivo temprano entre padres e hijos en la configuración de la vida emocional y relacional futura. Por ejemplo, una investigación publicada en Anales de Psicología muestra que la calidad de la vinculación en la infancia está directamente relacionada con la calidad de las relaciones de pareja en la vida adulta, mediada por el tipo de apego desarrollado.
En esta misma línea, los expertos señalan que las primeras interacciones con los cuidadores constituyen la base sobre la que el niño construye su comprensión de las relaciones humanas. Esto implica que los límites, el tipo de contacto físico y la claridad en los roles parentales no son elementos secundarios, sino estructurales para un desarrollo sano. En este contexto, cualquier ambigüedad en la expresión afectiva puede generar confusión en el niño sobre el significado del vínculo. Asimismo, investigaciones en educación afectivo-sexual destacan el papel clave del entorno familiar en la maduración emocional y sexual de los menores. Estos hallazgos refuerzan la idea de que una educación clara, adaptada a cada etapa y libre de confusiones en los roles afectivos es esencial para prevenir dificultades en el desarrollo psicológico y relacional.
