The Objective
Mi yo salvaje

Muñeco desarticulado

«De lo que más ganas le dan sus labios aletargados es de pillarlos con los suyos y simular que los mastica»

Muñeco desarticulado

Una pareja durmiendo. | Freepik

Al despertar, en los albores de la mañana, la silueta de Saúl reposa bajo la sábana con la crudeza, peso y luz de un cuadro de Caravaggio. En la quietud, el caudal de sus venas se aprecia más lleno, como si en la contradicción de la inacción pudiera distinguirse aún más la vida. La ausencia de vigilia estimula a Amanda. Saúl dormido le resulta menos él, como menos alguien; y así, carente de una voluntad propia que le conduzca directa a los ojos de un sujeto con voz y voto, a Amanda se le ocurren muchas cosas. 

Le observa la piel. Saúl es moreno y el vello invisible que le cubre el cuerpo le da un aspecto aterciopelado a sus brazos, a su cintura, a la curva en la que se une el cuello con el hombro. Los primeros rayos de luz le iluminan con cierto brillo, como si estuviera cubierto de rocío. Tiene los labios separados sin llegar a abrir del todo la boca. Se le podría colar una culebra, un saltamontes, un par de dedos, una lengua de toro, una ubre de cabra, lefa, agua, pan mojado. Se le podría enganchar en los dientes el tirante de un sujetador y despertarle tirando en seco como si quisiera arrancarle un diente de leche.

Si pudiera meterse ella entera, se imagina vestida de tenista; salta sobre la lengua intentando tocarle el paladar con la raqueta antes de lanzarle a plena garganta uno a uno todos sus coños almacenados que lleva bajo la falda. De lo que más ganas le dan sus labios aletargados es de pillarlos con los suyos y simular que los mastica; absorberlos, besarlos y chuparlos; lamerlos uno a uno de una comisura a la otra; introducirle la lengua y empujársela hasta el fondo cuando le notara despertar.

Saúl yace despatarrado, como un suicida de un quinto piso, como un muñeco desarticulado. Tiene las piernas abiertas, un brazo en el pecho y el otro señalando la pared, como a punto de recibir el aliento de vida de Dios. Amanda quiere olerle la axila y reacomodarse ahí hasta dormirse otra vez; o frotarse la vulva en el dedo por si la chispa de la vida le salta y lanza como un cohete fuera de esa habitación. Contempla la forma que toma su entrepierna bajo la sábana por un rato. Observa cómo los pliegues de la tela ascienden y descienden por el contorno, envolviendo el centro de Saúl como un caramelo suculento. Se le ha abierto el apetito. Ahora se lo quiere comer. Se escurre debajo de la sábana y bucea a medio oscuras hasta alcanzarlo. Su pene reposa tan inerte como él.

Amanda quiere abrirle las piernas de par en par y poder campar a sus anchas en todos los recovecos que surgen en el confluir de tantas pieles. Le lamería las ingles, luego la base del pene hacia los testículos. Después los levantaría con la nariz para meterse en el periné y buscar con la lengua el monte en el que se une cada nalga. Querría atravesarlo también y husmear con arte y disimulo el cambio de textura que ofrece el culo en su frunce, cierre y tensión. Lo lamería con la suficiente saliva como para que le dejara tropezarse y resbalar en su interior. No espera de Saúl ni una queja ni un suspiro.

Lo que anhela Amanda es que todo continúe en esta enorme quietud, y desde ella, agarrarle de la cadera y zampárselo como un helado. Para entonces, las ganas de llenarse la boca con su carne se le habrían disparado y al pene, que se ha vuelto polla, acude presta para enfundárselo en el enorme vacío que le supone su cavidad oral en este punto. Le ha dejado el culo tan suave que puede ensartarlo un poco sin brusquedad, como si fuera un chupa chups bien agarrado que seguirá chupando hasta que le vuelva la voz, el voto y su propia voluntad.

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