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Erich Fromm, psicoanalista, ya lo dijo en 1956: «Dar produce más felicidad que recibir, pues en el acto de dar está la expresión de la vitalidad»

Fromm estaba firmemente convencido de que la felicidad y la soledad eran realidades totalmente antagónicas

Erich Fromm, psicoanalista, ya lo dijo en 1956: «Dar produce más felicidad que recibir, pues en el acto de dar está la expresión de la vitalidad»

La felicidad para Erich Fromm

Resulta ciertamente irónico que durante siglos la filosofía clásica vinculara la felicidad casi en exclusiva a la virtud y al cumplimiento de ciertos preceptos morales. Aristóteles hablaba de eudaimonía, una suerte de florecimiento interior alcanzable mediante el ejercicio de la razón y la excelencia personal. Los estoicos, por su parte, veían en la serenidad del sabio el horizonte último del bienestar. Esa observancia de normas morales tenía un componente social y de control, pero no apuntaba en la misma dirección que la concepción contemporánea de la felicidad. La virtud era, sobre todo, un asunto privado, una conquista del individuo frente a sí mismo. La comunidad quedaba, en ese esquema, en un segundo plano.

Ese paradigma comenzó a resquebrajarse en el siglo XX, cuando pensadores y psicoanalistas como Erich Fromm reformularon la cuestión desde sus cimientos. Para Fromm, la felicidad y la soledad son realidades antagónicas: el individuo no puede florecer encerrado en sí mismo. Necesita salir de esa prisión y tejer vínculos genuinos con los demás. Su planteamiento, profundamente humanista, desbordaba los límites del psicoanálisis clásico. Entraba de lleno en el terreno de la ética social y proponía una visión del bienestar radicalmente colectiva. También criticaba abiertamente el incipiente consumismo de su época, considerando que «la falsa felicidad está en el deseo de comprar». Un pensamiento que, lejos de haber envejecido, resulta hoy más necesario que nunca.

La importancia de la felicidad, según Erich Fromm

Erich Fromm fue uno de los grandes renovadores del psicoanálisis en el siglo XX. Integró el pensamiento freudiano con la crítica social de Marx y desarrolló lo que él mismo denominó humanismo dialéctico. Sus obras más influyentes —El miedo a la libertad, El arte de amar o Ética y psicoanálisis— construyen una arquitectura filosófica coherente donde la felicidad ocupa un lugar central y exigente. No es un estado que se alcanza y se conserva, sino una práctica continua que requiere esfuerzo, honestidad y compromiso. Fromm lo formuló con precisión: «La felicidad es el criterio del éxito en el arte de vivir, de la virtud en el sentido de la ética humanista». Para Fromm, en su concepción, como ya hemos contado en THE OBJECTIVE, «la felicidad no es un estado de reposo, sino de actividad interna».

Lo que distingue a Fromm de otros pensadores de su época es su insistencia en separar la felicidad del placer inmediato y del logro estrictamente individual. Frente a la satisfacción efímera que nace de una carencia, oponía una alegría más profunda: «La felicidad no es la satisfacción de una necesidad que nace de una carencia, sino el fenómeno que acompaña a la realización de una potencialidad». Esta distinción conectaba directamente con su crítica al capitalismo de consumo y a la ilusión de bienestar que este vende. Abraham Maslow, con su jerarquía de necesidades, o Viktor Frankl, desde la logoterapia, coincidían en que la felicidad genuina exige trascender el yo. El individuo aislado, en definitiva, es un individuo incompleto.

El cambio de paradigma: menos virtud, más humanismo

El psicoanalista Erich Fromm. ©CC.

La historia de la filosofía occidental puede leerse, en parte, como un lento desplazamiento desde la virtud hacia la relación. Los filósofos de la Antigüedad —Platón, Aristóteles, los estoicos— coincidían en que el camino hacia la felicidad pasaba por cultivar ciertas disposiciones internas: la templanza, la justicia, la fortaleza. Era un proyecto moral que el individuo ejecutaba sobre sí mismo. Con la Ilustración llegaron nuevas preguntas, aunque el acento siguió puesto en la autonomía racional del sujeto. Solo en el siglo XX, con el auge de la psicología social y el psicoanálisis humanista, la balanza se inclinó hacia el vínculo con los demás. Fue un giro lento pero irreversible en la manera de entender el bienestar humano.

Fromm fue uno de los artífices más lúcidos de ese cambio. Comprendió que el modo en que el ser humano se relaciona con terceros no es un accidente de su vida afectiva. Es, en realidad, el núcleo mismo de su salud psíquica. Por eso advirtió que «somos una sociedad de gente profundamente infeliz: solitaria, preocupada, deprimida, destructiva, dependiente». La felicidad y la soledad se revelan, en su análisis, como polos irreconciliables. No basta con cumplir normas ni con acumular bienes materiales; es preciso salir de la prisión del yo. Esa es la condición que ninguna virtud privada puede sustituir.

La felicidad como elemento social

Fromm consideraba abiertamente que la felicidad no podía ser exclusivamente individual. ©Pexels.

Fromm no estuvo solo en esta convicción. Desde disciplinas distintas, otros pensadores del siglo XX llegaron a conclusiones similares sobre el carácter fundamentalmente social de la felicidad. Mihaly Csikszentmihalyi demostró, a través de décadas de investigación, que los momentos de mayor bienestar ocurren con frecuencia en contextos de colaboración y conexión con otros.

Richard Sennett, por su parte, subrayó que la cooperación y el trabajo conjunto son fuentes de dignidad que el individualismo contemporáneo tiende a erosionar. Ambos apuntaban, desde ángulos distintos, a una misma verdad. La felicidad se construye en plural, o no se construye del todo.

Fromm, sin embargo, fue quien articuló esa idea con mayor profundidad emocional. En El arte de amar escribió que «dar produce más felicidad que recibir, no porque sea una privación, sino porque en el acto de dar está la expresión de mi vitalidad». Dar, amar y conectar no son adornos de la vida plena; son su sustancia misma. Los estudios de Martin Seligman y los datos del World Happiness Report corroboran que las relaciones interpersonales sólidas son el predictor más robusto de bienestar a largo plazo. Fromm lo supo antes que los datos, porque lo entendió como filósofo y lo verificó como clínico. La visión de Erich Fromm sobre la felicidad y la soledad no es solo un binomio conceptual: es una advertencia vigente sobre lo que se pierde cuando se elige el aislamiento frente al encuentro con el otro.

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