Fernando Savater, filósofo, sobre la felicidad: «Vivir consiste en saber elegir lo que nos hace grandes y rechazar lo que nos empequeñece»
Nos recuerda que debemos asumir la responsabilidad de construir una vida propia, consciente y significativa

Fernando Savater destaca la responsabilidad de elegir bien | Gtres
En un mundo que a menudo busca la felicidad instantánea, certezas absolutas y reglas claras para orientarse, Fernando Savater propone un enfoque radicalmente distinto: vivir no es aplicar fórmulas, sino, simplemente, aprender a elegir. Frente a la tentación de entender la moral como un sistema cerrado de normas, el filósofo defiende una ética abierta y dinámica, en la que la libertad ocupa un lugar central.
Su tesis invita a asumir la responsabilidad de construir una vida propia, consciente y significativa. La ética, en este sentido, no es un conjunto de prohibiciones, sino la posibilidad —o el «arte», como dice Savater— de decidir qué nos conviene, qué nos hace crecer y qué, por el contrario, nos resta. En esa tarea, cada persona se convierte en autora de su propia vida.
Fernando Savater nos recuerda que somos los únicos responsables de nuestra vida
«Vivir no es una ciencia exacta, sino un arte. Y el arte de vivir consiste en saber elegir lo que nos hace grandes y rechazar lo que nos empequeñece», explica en Invitación a la ética. Esta afirmación condensa el núcleo del pensamiento del ensayista, especialmente desarrollado tanto en dicha obra como en Ética para Amador. Para el filósofo, la moral no puede reducirse a un conjunto rígido de normas ni a un manual de instrucciones. Más bien, se trata de un ejercicio consciente de libertad, una práctica creativa que exige reflexión, responsabilidad y criterio propio. La ética, en este sentido, se asemeja más a una obra de arte que a una ciencia exacta.
La mayor gratificación que puede darnos la vida no es el dinero ni el prestigio, sino la alegría de sentirnos dueños de nosotros mismos
A diferencia de disciplinas como la física o las matemáticas, donde predominan las leyes universales y los resultados previsibles, la vida humana está repleta de incertidumbre. No existe una fórmula infalible que garantice la felicidad ni un algoritmo capaz de indicar qué decisión es siempre la correcta. Esta ausencia de certezas nos obliga a asumir un papel activo en la construcción de nuestra propia existencia.

Al respecto, Savater subraya que no podemos delegar nuestras decisiones en autoridades externas, ya que somos responsables de nuestra vida. Esta libertad, aunque implica riesgo, es lo que nos define como seres humanos. «A diferencia de otros seres, vivos o inanimados, los hombres podemos inventar y elegir en parte nuestra forma de vida. Podemos optar por lo que nos parece bueno, es decir, conveniente para nosotros, frente a lo que nos parece malo e inconveniente», escribe.
El arte de vivir: la estética de la existencia
Cuando Savater afirma que vivir es un arte, no lo hace en sentido metafórico, sino afirmando que cada vida, como una obra artística, es única e irrepetible. Por eso, no hay reglas fijas que garanticen una «buena vida», pero sí herramientas que pueden orientarnos. En este contexto, la prudencia —la capacidad de reflexionar antes de actuar— es clave. Del mismo modo que un artista cuida cada trazo, el ser humano debe cuidar sus decisiones. La ética se convierte así en una búsqueda de armonía para construir una vida coherente y valiosa.
Darle la buena vida a otro es lo que nos hace a nosotros mismos vivir bien, porque tratar a las personas como personas es lo que nos permite serlo
«La ética no es más que el intento racional de averiguar cómo vivir mejor. Si merece la pena interesarse por la ética, es porque nos gusta la buena vida. […] Llamo ‘bueno’ a todo lo que asegura y potencia nuestra vida, y ‘malo’ a lo que la amenaza o la disminuye», afirma el filósofo, para quien el arte reside, a fin de cuentas, en saber distinguir lo que nos fortalece de lo que nos debilita. Y eso solo podemos saberlo desarrollando un criterio propio que sea capaz de orientarnos.

Elegir lo que nos hace «grandes»
La noción de «grandeza» en Savater no tiene que ver con el éxito social, la fama o el poder. Está vinculada, más bien, con el desarrollo pleno de la persona. Aquello que nos engrandece es lo que amplía nuestras posibilidades, lo que nos conecta con los demás y lo que nos permite ser dueños de nuestra vida.
Hay imbéciles que se creen que no quieren nada, que les da igual todo, que están en huelga de deseos. Esos son los más tristes, porque se están negando la posibilidad de ser grandes
Entre estos elementos destacan la autonomía, la apertura al conocimiento y la empatía. Elegir por uno mismo, asumir las consecuencias de los propios actos y reconocer a los demás como iguales son rasgos de una vida lograda: «La mayor gratificación que puede darnos la vida no es el dinero ni el prestigio, sino la alegría de sentirnos dueños de nosotros mismos. […] Darle la buena vida a otro es lo que nos hace a nosotros mismos vivir bien, porque tratar a las personas como personas es lo que nos permite serlo». La verdadera grandeza, entonces, no depende de factores externos, sino del uso consciente y digno de la libertad.
Rechazar lo que nos empequeñece
Así como hay elecciones que nos potencian o elevan, también existen actitudes que nos restan o reducen. El miedo, el odio o la obediencia ciega son formas de renunciar a la propia libertad. Para Savater, una de las figuras más representativas de este empequeñecimiento es la del «imbécil», entendido no como insulto, sino en su sentido etimológico: aquel que necesita un bastón porque no puede sostenerse por sí mismo.
Lo que hace que el arrepentimiento sea una de las cosas más amargas de la vida es que nos recuerda que somos libres, que pudimos haber actuado de otro modo y no lo hicimos por cobardía o pereza
Se trata de la persona que evita decidir, que se deja arrastrar por la inercia o por la opinión dominante, renunciando así a su autonomía: «Hay imbéciles que se creen que no quieren nada, que les da igual todo, que están en huelga de deseos. Esos son los más tristes, porque se están negando la posibilidad de ser grandes», aclara.
«Lo que hace que el arrepentimiento sea una de las cosas más amargas de la vida es que nos recuerda que somos libres, que pudimos haber actuado de otro modo y no lo hicimos por cobardía o pereza», escribe Savater, para quien la ética no es una carga ni un sacrificio impuesto desde fuera. Es, más bien, una forma de amor propio, pues elegimos lo que nos hace bien no porque alguien lo ordene, sino porque contribuye a nuestra plenitud: «La ética no es más que el intento racional de averiguar cómo vivir mejor».
