Cristina López Schlichting: «Es doloroso para una mujer que un putero diga que es feminista»
Descubrió la radio – responsable del Fin de Semana en Cope -, después de una larga trayectoria en el periodismo escrito
Hija de madre alemana y padre español, nació a mediados de los años 60 y soñó con ser escritora desde niña. Estudió dos años Filología Hispánica y se cambió a Periodismo por una cuestión pragmática, de eficacia: «me pareció una versión de la literatura más asequible». Cristina López Schlichting lleva 25 años en la Cadena COPE: 9 en La Tarde de Cristina y más de 15 en Fin de Semana. Ha escrito cinco libros, pero sin dejar de ejercer nunca el oficio de contar a lectores y oyentes lo que está pasando.
Dice lo que piensa delante del micrófono y en este estudio de Fuera de Micrófono, al que llega con gabardina beige y chaqueta oscura. La periodista madrileña muestra en la entrevista su lado más humano, sus convicciones y su forma de entender la profesión. Empezó de becaria en el ABC de Luis María Anson, aunque tuvo que dejar el periódico algunos años después por discrepancias con un director posterior, José Antonio Zarzalejos. Se incorporó posteriormente a El Mundo de Pedro J. Ramírez, y después a La Razón, periódico del que actualmente es columnista.
Su aterrizaje en la radio —año 2002, Cadena COPE—, lo recuerda como una auténtica locura. Nunca había dirigido ni presentado un programa de radio, y las tardes de COPE no funcionaban desde que quedaron huérfanas por el fallecimiento de Encarna Sánchez. Lo intentaron Mari Cruz Soriano, María Teresa Campos y María José Navarro, pero con escasa fortuna. La Conferencia Episcopal Española pensó entonces en ella, consiguiendo mejorar la audiencia, tras un cursillo acelerado de radio.
Con la sonrisa a flor de piel, Cristina recuerda sus críticas al que fuera obispo de San Sebastián, José María Setién, y presume de ser responsable de la primera sección sobre sexualidad que se hizo en la cadena propiedad de la Conferencia Episcopal. Haciendo honor al título de su primer libro, Políticamente incorrecta, editado por Martínez Roca, la periodista se define «muy feminista», sin renunciar a su ideología conservadora, y considera que la maternidad es una de las cosas más potentes en la mujer.
PREGUNTA.- El segundo apellido responde al origen alemán de tu madre, Ingeborg Schlichting. ¿Por qué vino ella a España?
RESPUESTA.- Mi madre es de Hamburgo. Estudió comercio en Hamburgo, una ciudad que forma parte del entorno de la Hansa, organización histórica de comercio que une a todos los países bálticos, Escandinavia y el norte de Gran Bretaña. Es una zona de comercio muy interesante. Necesitaba aprender castellano porque muchísimas empresas, particularmente las que comercian con café con Sudamérica, valoran mucho el español. Mi madre lo había aprendido muy mal en la Escuela de Comercio. Así que se vino a Madrid a estudiar español, al cabo de un tiempo conoció a mi padre, y hasta hoy.
P.- La España que ella conoció a su llegada era muy distinta a la que vendría después.
R.- Su libro de memorias, Así encontré la felicidad, editado por HarperCollins, ilustra muy bien la España de aquella época, que era muy diferente. Estuvo en Extremadura, en San Sebastián y en Madrid. Conoció una época extremeña tremenda. Recuerda Badajoz, donde había obreros descalzos, aguadores en las fincas, que les llevaban el agua todos los días a los señoritos, y la ciudad de San Sebastián, absolutamente europea, conectada con Francia, donde Franco se paseaba en barco por delante de La Concha y todo el mundo lo vitoreaba. Estas cosas las recuerda muy bien ella. Madrid le pareció elegantísima. Una ciudad de un estilazo increíble. Eran los años de la dictadura, pero España la fascinó desde el comienzo.
P.- ¿Por qué estudiaste Periodismo?
R.- Leía y escribía muchísimo desde niña. Soñaba, como tantos niños de la época, con ser escritora. Cuando llegué a la Facultad de Filología Hispánica, que es lo que estudié al principio, la primera catedrática preguntó: «¿cuántos de ustedes quieren escribir?». Éramos una generación, los boomers, donde en un aula podía haber entre 250 y 300 alumnos, y levantó la mano el 70%. Yo, que soy enormemente práctica, dije: «¡uh, aquí no me cabe la cuota!». Entonces, estuve dos años estudiando Filología Hispánica y después me cambié a Periodismo, que me pareció una versión de la literatura más asequible. Se ha demostrado, porque ha sido para mí una opción maravillosa.
«Luis María Anson decía que periodismo es todo, hasta los pies de foto»
P.- Empezaste a trabajar en el diario ABC. ¿Conocías a alguien del periódico?
R.- No. No conocía a nadie. Luis María Anson había levantado el ABC y necesitaba renovar la plantilla. Tuvo una idea muy buena: ir a la Facultad de Periodismo [Ciencias de la Información] y hacer un examen a los 500 mejores alumnos. No tengo empacho en decir que estaba entre ellos. Entonces nos hicieron un examen que incluía política internacional, inglés… De ahí salimos 30 elegidos. Estuvimos de becarios unos años y luego nos incorporamos todos a la redacción. En esa hornada estaban Carmen de Carlos y muchísima gente que después ha hecho un carrerón en el periodismo, como Pedro Rodríguez o Virginia Ródenas. Gente muy válida.
P.- Pasaste por diferentes secciones, incluida Religión. Alguna vez has confesado que en todas se aprende.
R.- Luis María Anson, que ha sido mi gran maestro, junto con Pedro J. Ramírez, decía que «periodismo es todo, hasta los pies de foto o los anuncios por palabras». Y qué verdad es. Porque los pies de foto de la sección gráfica que tenía entonces ABC resumían en dos líneas una noticia, que es lo más difícil que hay en el periodismo: sintetizar un contenido en un titular. Se quedaron perplejos cuando yo entré porque dije que no me importaba hacer Religión. Me mandaron con José Luis Martín Descalzo, del que aprendí un montón. Nunca una becaria había pedido Religión. También pedí Cultura y otra sección, pero me mandaron a Religión. Luego, como sabía idiomas, me pasaron a Internacional, con Alfredo Semprún e Isabel San Sebastián, previo paso por Local y Sucesos.
P.- Después, tras un desencuentro con José Antonio Zarzalejos, saliste de ABC y te incorporaste a El Mundo.
R.- Nunca lo había contado, porque tampoco le guardo rencor. Yo había regresado, después de muchos servicios como enviada especial, muy tocada de Kosovo. Estaba habituada a ver cadáveres, a sufrir bombardeos, pero la estancia en Kosovo fue muy larga, más de un mes, y volví muy afectada. Tenía entonces tres bebés y en ese momento dije: «una de dos, o me marcho de casa como enviada especial por el mundo, o me asiento en Madrid». Se lo planteé al director y me puse a hacer Religión, en colaboración con la Conferencia Episcopal. Recuerdo que Isabel San Sebastián me dijo: «menudo error, pasar de la crónica internacional a Religión; te auguro una carrera muy breve». Lo puedo contar porque Isabel es íntima amiga mía y me ayudó después a entrar en El Mundo. Estando en la sección de Religión, tuve muchas desavenencias con la línea editorial de José Antonio Zarzalejos y me tuve que ir del periódico. En ese momento, Pedro J. Ramírez, que había leído mis reportajes, me contrató para El Mundo.
«Cuando llegué a la radio, no sabía ni que había que callarse cuando se encendía la luz roja»
P.- Trabajaste en los suplementos de fin de semana que dirigía Miguel Ángel Mellado.
R.- Miguel Ángel Mellado es un personaje del periodismo, no tan conocido mediáticamente, pero de esos que realmente construyen. El suplemento Crónica hizo historia. Lo mismo íbamos a Yemen a conocer cómo vivían las familias poligámicas, que al País Vasco a cubrir la sangría aquella o nos metíamos en los fregados más increíbles. Allí estuve varios años, con un equipo increíble, en el que estaban Agustín Peri —ahora en ABC— e Ildefonso Olmedo. Luego, pasé a COPE.
P.- ¿Cómo fue el aterrizaje en COPE? ¿Te adaptaste bien a la radio?
R.- Había hecho mucha tertulia en televisión. Estuve 13 años con Ana Rosa Quintana en Antena 3, hacía un debate con Pilar Rahola… Hice muchísima televisión, con Miguel Ángel Aguilar y Enric Sopena, en debates muy encendidos. Pero, nunca había dirigido un programa de radio, y fue una verdadera locura. Había muerto Encarna Sánchez, dejando la tarde muy desangelada. Lo intentaron María Cruz Soriano y María Teresa Campos, que estaba también en televisión, y aquello era imposible. Después, estuvo María José Navarro. En un determinado momento, en la Conferencia Episcopal dijeron: «para no ganar dinero y no tener audiencia, se lo damos a esta chiquita». Venía de una familia atea, pero vieron que me interesaba el catolicismo, que me había acercado a la Iglesia católica, me habían bautizado, y dijeron: vamos a dársela a ella. Fíjate tú por dónde aquello pitó y subió la audiencia como la espuma. Estuve 9 años aprendiendo radio. Recuerdo que Marci Ortega, que sigue conmigo como jefa de producción, y Jesús García Hercilla se hacían cruces. No sabía ni que cuando se encendía la luz roja había que callarse.
P.- ¿La audiencia de la tarde es distinta a la de fin de semana?
R.- Es muy diferente. En la tarde, con el ritmo diario, estás anclado con la actualidad inmediata. Tienes que hacer un juicio también sobre las cosas que acontecen. Hice una tarde, por un lado, muy combativa y, por otro, de entretenimiento. Había de todo. Desde música clásica, a la primera sección de sexualidad que se hizo en COPE. En el fin de semana el tono es completamente diferente. Tuve que sacar la Cristina, vamos a decir, cachonda, que también existe. Nos reímos, discutimos sobre cosas más triviales o incluimos una receta. Pero, el programa también tiene una parte política y de actualidad. El fin de semana es tremendo. Cada vez pasan más cosas en el mundo.
«Los grandes ingresos de COPE proceden de la mañana y del deporte»
P.- Quiero recordar que el confinamiento por la pandemia comenzó un sábado.
R.- Hicimos muchos meses el programa desde un estudio que montamos en casa. Fue increíble cómo se adaptó la radio a aquellas circunstancias. Recuerdo, por ejemplo, la muerte de Fidel Castro, que nos cayó en el fin de semana y, recientemente, la entrada de los norteamericanos en Caracas para capturar a Maduro. Los atentados islámicos se cometían casi todos en viernes, que es el Día Santo para ellos. Las muertes acontecían por la noche y nos caían en la mesa por la mañana.
P.- ¿Existe menos competencia entre cadenas de radio los fines de semana?
R.- No. La competencia es durísima. Ahora tengo a Julia Otero enfrente, que es una grande del periodismo, y me está dando trabajo. La competencia viene medida por el enfrentamiento entre las cadenas. En mi caso, además, tengo un horario ajeno al resto porque sus programas se emiten de 8.00 a 12.00 y yo voy de 10.00 a 14.00. Además, mis últimas horas suman la audiencia a Deportes y no al Fin de Semana. Competencia relativa, pero muy dura. Indudablemente, los grandes ingresos de la COPE proceden de la mañana y del deporte. No nos engañemos. El tirón lo llevan Carlos Herrera, Jorge Bustos y los compañeros de Tiempo de Juego y El Partidazo. Esos son los que dan el chute. El resto estamos a expensas de cómo funcionen ellos.
P.- Ahora, las mañanas de sábados y domingos son de las mujeres, con la excepción de Javier del Pino [SER].
R.- Antes, en Onda Cero, estaba Jaime Cantizano. Hay rotaciones. Es cierto que en este momento nos hemos dado cita las mujeres.
«Soy muy sensible a la cuestión social por la vía del catolicismo y de la tradición de mi familia materna»
P.- Tu primer libro se titulaba Políticamente incorrecta. ¿Es una definición?
R.- Cuando yo empecé, había un prejuicio antirreligioso brutal. La gente que ahora tiene 80 años, por la razón que sea —final del franquismo y del nacionalcatolicismo—, detestaba el catolicismo. Entonces, yo era un punto de controversia. Una piedra en el zapato. Fueron años de un combate absolutamente extraordinario y muy raro. A la gente joven se lo cuentas ahora y no lo comprende. Había un debate muy interesante. De ahí lo de Políticamente incorrecta. Soy muy sensible a la cuestión social, por la vía del catolicismo y de la tradición de mi familia materna, que eran socialistas de Hamburgo. A la vez, soy conservadora, desde el punto de vista de la sociedad. Esa mezcla resultó rentable para las televisiones. Lo mismo me llamaba Telecinco que Antena 3 o TVE. Fueron años muy aguerridos.
P.- ¿El periodista pisa menos la calle? ¿Hay más periodismo de salón?
R.- El reportaje sobre el terreno es muy caro. Cuando viajaba a Teherán (Irán), llevaba una bolsa de dinero para sobornar a la gente y poder moverme. El diario ABC me procuraba en aquellos años unas posibilidades inauditas. Lo mismo me permitían ir al interior de los pueblos de Egipto para ver cómo nacía el islamismo más radical, que visitar Yemen, como hice con El Mundo, para conocer cómo se vivía la poligamia. Y eso es muy caro. Estamos viviendo una reducción progresiva del tamaño de las empresas que, necesariamente, tienen que abaratar costes. No solo se evitan los enviados especiales, que cuestan muy caros, sino que se reducen un montón los corresponsales. Ahora, los corresponsales trabajan para varios medios y muchísimas plazas, directamente, no están cubiertas. Se tira de agencia de información y, desgraciadamente, mucho de internet, que tiene ventajas e inconvenientes.
«Las redes, para el que es de natural cotilla, como yo, constituyen una cosa increíble»
P.- ¿Es cierto que a los jóvenes ya no les interesan los medios tradicionales? ¿Qué hemos hecho mal para que se informen ahora por las redes?
R.- Creo que no lo hemos hecho mal. Las redes han supuesto un fabuloso cambio. Para el que es de natural cotilla, como yo, constituyen una cosa increíble. De repente, estoy escribiendo, meto la palabra «Sumeria» en Internet y es que flipo. Sigo experimentando una verdadera voracidad. El problema es que ahora no puedes dar crédito inmediato a todo. Tienes que chequear las fuentes y ver si realmente es cierto lo que se dice. Pero no hemos sido nosotros los culpables. Ha sido la realidad, que ha permitido cosas tan asombrosas como que, en plena cerrazón de Internet en Irán, tienes un oyente que está entrando por el sistema Satelline, de Jeff Bezos, para contarte en directo lo que ocurre en las calles de Teherán. Este acercamiento a los lugares es maravilloso, pero, lógicamente, supone una competencia muy fuerte para los medios.
«El fenómeno Podemos no hubiera sido posible sin las redes»
P.- ¿Cuál es el lado negativo de las redes, entonces?
R.- Lo peor es la falta de fiabilidad. Si arriesgas tu marchamo en el diario La Razón, donde escribo ahora, ABC, El País o El Mundo, el medio deteriora su credibilidad. Eso no pasa en internet. El problema es la formación del usuario, que tiene que distinguir claramente entre el chau chau de las redes, las opiniones o el fake. La inteligencia artificial te permite doblar a cualquier persona. Hay artículos falsos de Alfonso Ussía a patadas en la red. O de Juan Manuel Prada y Arturo Pérez Reverte, firmados, supuestamente, por ellos. La gente tiene que ir a los medios auténticos para chequear lo que encuentra en las redes. También hay un tono bronco. Ahí tienes tu razón. Existe una cortesía necesaria en el trato que en las redes no es precisa. A veces, escuchas unos exabruptos, unos insultos, que hacen muy desagradable el tráfico. Es necesario un proceso educativo.
«La polarización que estamos viviendo es fruto de la revolución digital»
P.- ¿La polarización y el enfrentamiento entre los políticos se ha contagiado también a la sociedad y a los medios de comunicación?
R.- Las redes sociales mueven multitudes. Todos recordarán el fenómeno Podemos. Cómo la gente se lanzó a las calles. Se instalaron en la Puerta del Sol y generaron un movimiento social increíble, absolutamente admirable, que después dio lugar a Podemos. Eso, sin las redes, hubiera sido imposible. ¿Qué ha pasado en Irán? Es imposible conseguirlo de un día para otro, de una semana para otra, sin las redes. Tiene sus pros y sus contras. El Brexit viene de ahí; cuando se empiezan a generar corrientes de opinión —incluso, influidas por los bots rusos pagados— que provocan la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea. Seis meses más tarde ya estaba la gente harta y querían volver. ¿Qué ocurre? Pues que son movimientos tan fuertes que generan controversias enormes. Esto ha cambiado la historia. Ahora mismo, se están produciendo vuelcos de una potencia muy difícil de manejar, desde el punto de vista de la convivencia. La polarización que estamos viviendo es fruto, casi exclusivamente, de la revolución digital.

P.- En la situación actual, ¿es más necesario que nunca tener unos medios libres?
R.- Es imprescindible. ¿Cómo determinas que unas afirmaciones del presidente del Gobierno o de Trump son verdaderas? ¿Cuántas fakes hemos leído en los últimos tiempos? Hay cosas asombrosas. De repente, ves a islámicos cargándose un tradicional monumento francés; lo chequeas en las webs o en los medios de comunicación y es mentira. Están alimentando un algoritmo de odio. Toda esta polarización tiene un subterráneo digital. O sea, si tienes determinadas ideas y no te cuidas de entrar en distintos medios de comunicación, el algoritmo te alimenta todo el rato con tus propias convicciones. Te va haciendo cada vez más acendrado en determinadas posturas. Eso genera choques muy grandes. Los medios de comunicación son ahora más importantes que nunca para defender la verdad de las cosas.
«Vox se alimenta de una corriente internacional de ultraderecha. Es el signo de los tiempos»
P.- Según las últimas encuestas, Vox sube considerablemente. ¿A costa de quién lo hace, realmente?
R.- Vox no es un fenómeno exclusivamente español. Ahora mismo, se está produciendo una corriente de acercamiento a posiciones de ultraderecha que afecta a Alemania, donde AfD [Alternativa para Alemania] está a punto de ganar las elecciones. En Francia va a ganarlas Marine Le Pen. Es cuestión de tiempo. En Italia tenemos gobernando a Giorgia Meloni, con cierta moderación, pero desde posiciones muy extremas. Vox en estos momentos puede vivir de las rentas: está alimentándose de una corriente internacional de ultraderecha. Vivimos en una aldea global, llena de intercambios internacionales, que le va a hacer crecer y crecer. Están ya en un 17% de intención de voto. Quienes pretendan que Vox no crezca lo llevan muy mal. Es el signo de los tiempos.
«Pedro Sánchez es una mezcla de narcisismo, ambición y mentira»
P.- El presidente del Gobierno sigue ahí, pese a todo.
R.- El grado de mentira de Pedro Sánchez es verdaderamente increíble. Nos dijo en la campaña electoral que tenía pesadillas con Podemos, que jamás gobernaría con los independentistas y que perseguiría a Puigdemont por Europa entera. Nos lo prometió y, de repente, nos encontramos que gobierna con Podemos y con los independentistas. La mentira en esta persona es una característica personal y una responsabilidad propia. Durante bastante tiempo, el Gobierno ha sido factible, pero en estos momentos nos encontramos ante una situación extrema. En el Parlamento es incapaz de aprobar leyes porque no tiene apoyo suficiente, por mucho que paga y paga a los independentistas. No tenemos presupuestos, año tras año. La situación, en sí misma, obligaría a convocar elecciones. Además, tenemos un grado de corrupción sorprendente. No hay ningún caso en Europa donde estén en los tribunales la mujer del presidente, su hermano y sus dos secretarios de Organización. Es una cosa verdaderamente inaudita. Hay que decir, en favor de Sánchez, que es una mezcla de narcisismo, ambición y mentira admirable.
P.- Hablemos de feminismo e ideología. ¿Qué reflexión te merece la frase de José Luis Ábalos: «soy feminista porque soy socialista»?
R.- Que un putero público diga que es feminista es absolutamente doloroso para una mujer. Que diga que es feminista una persona cuyo caudal familiar y cuya esposa han crecido rodeados de prostíbulos, es un dolor muy grande. Esto, lo primero. La ideologización del feminismo es muy antigua. En tiempos de Simone de Beauvoir se produce este sincretismo, entre determinadas posiciones comunistas y el feminismo, que no se sostiene. Yo soy muy feminista, pero muy feminista, y soy una mujer conservadora.
«Me parezco mucho a la línea editorial de Cope»
P.- ¿No son incompatibles ambas cosas?
R.- ¿Quién tiene que demostrarme a mí lo que es decirle a un jefe de redacción: «a Oriente Medio voy yo, aunque sea mujer, y te fastidias porque hablo tres idiomas»? Esto lo he vivido yo. O tener que decir: «esta cuota me la salto». O vindicar tu sueldo en la redacción. Que las mujeres tengan los mismos derechos que los hombres es la base del feminismo. Evidentemente, en el feminismo no se incluye el desprecio a la maternidad. La maternidad es una de las cosas más potentes en la mujer. La hace muy poderosa. Cuando tuve tres hijos, era muy difícil de domeñar. Llegaba a pedir mi sueldo, a negociar, y éramos cuatro: mis tres hijos y yo. Esta potencia de la mujer es parte del feminismo.
P.- ¿Por qué crees que no remite la violencia de género, pese a todas las medidas que se toman para combatirla?
R.- No lo sé. Es uno de nuestros cánceres sociales. Todos los años mueren cientos de mujeres. Se han puesto pulseras, se han endurecido las penas, pasando incluso por la disparidad legal, y a pesar de ello se sigue produciendo esto. Es un verdadero dolor. Tenemos que seguir educando.
«Critiqué a Polanco en Hora 25 y al día siguiente me echaron de la tertulia»
P.- ¿Nunca has tenido problemas a la hora de seguir el ideario COPE?
R.- Los periodistas somos profesionales liberales, como los médicos o los abogados, y, sin embargo, dependemos de una empresa. Esto es muy molesto. Tuve disensiones en ABC y bastantes más en El Mundo, pero en COPE he tenido muy pocas. ¿Por qué? Porque me parezco mucho a la línea editorial de COPE. He ido mucho a debatir a La Sexta y a Cuatro y casi era un valor que pensase distinto. No podría ser editorialista en La Sexta. Es imposible. Entre otras cosas, porque tengo una enorme coherencia personal o intento tenerla. En COPE estoy muy cómoda. Hay una anécdota que espero que los obispos no me reprochen: cuando comencé en la tarde, puse verde al obispo José María Setién por mirar con cierta condescendencia las posiciones de ETA. Me llevaban los demonios. Alguien me dijo: «oye, que es dueño de la casa». Tengo que decir, a mi favor, que no me pasó nada. Cuando estuve en Hora 25, se me ocurrió criticar a Jesús de Polanco y al día siguiente me llamaron para decirme que estaba ya muy llena la tertulia, que no había sitio. Eso en COPE no me ha pasado. Hay lugares más feroces que otros. En mi caso, hay una feliz coincidencia entre la línea editorial de COPE y mi propia posición.
P.- ¿Cómo es Carmen Lomana, colaboradora de tu programa, en la distancia corta?
R.- Es fascinante. Algunas personas atraen la atención pública de una manera casi inexplicable. Mujeres, como Isabel Preysler, que han tenido tres maridos, hay muchas, pero nos atrae Isabel Preysler. A Carmen Lomana le pasa eso. Te sientas con ella en una mesa y no puedes dejar de quitarle ojo. Tiene ese don. En segundo lugar, es una experta en moda, pero le interesa la actualidad y la cultura.
«La vida es un camino para aprender algo»
P.- Uno de tus tres hijos estuvo a punto de morir, aunque se salvó in extremis. ¿Crees en los milagros?
R.- Mi hijo, diagnosticado de una discapacidad mental, se tiró desde una segunda planta víctima de un brote psicótico, y su situación en la UCI del Hospital de la Princesa [Madrid] era extrema. Tenía dos traumatismos craneoencefálicos, un pulmón aplastado y el otro prácticamente inoperante, la cadera y el fémur rotos, lesiones internas… Nos dijeron en la UCI que, si alguno de los pulmones no reaccionaba, iba a morir. Aquellos profesionales fueron un escándalo de atención, minuciosidad y profesionalidad. No creo que fuera un milagro en el sentido clásico. El milagro fue que estuve tranquila y en paz durante todo el proceso.
P.- ¿Rezabas?
R.- Rezaba mucho. Recuerdo un diálogo con el Misterio. Pensando en Abraham, al que le pide el Señor su hijo y él se lo ofrece, dije: yo no quiero ser como Abraham. «A mí no me pidas a mi hijo porque no te lo voy a dar. Sí me lo quitas, sostenme en paz». Decir eso una madre sí que es un milagro. Darte cuenta de que vas a ser sostenida.
P.- La vida es frágil y vulnerable. ¿Solo nos damos cuenta en situaciones como la que acabas de contar?
R.- Sí. Pero, a la vez, es una cosa fascinante. La vida exige tanto, en lo bueno y en lo malo, que el hecho de que esté tasada la hace más ajustada a la conveniencia. Creo que la vida es un camino para aprender algo. Todos los sinsabores y todas las alegrías me han hecho cambiar muy profundamente.
«Nuestros hijos tienen que pagar 500 euros por una habitación con baño, como en la posguerra»
P.- ¿Te preocupa que la vida de nuestros hijos pueda ser más precaria y peor que la nuestra?
R.- Coincido con los analistas en que la vida de nuestros hijos es más difícil que la que nos encontramos nosotros a su edad. Están en una situación extrema. Ganan 1.200 euros y tienen que pagar 500, en Madrid, por una habitación con derecho a baño, como en la posguerra. Tienen a su favor la fuerza, la juventud y un mundo con una revolución digital fascinante. Al final, encontrarán un camino.
P.- ¿Qué opinión tienes sobre la intervención de Estados Unidos en Venezuela?
R.- Es indiscutible que se ha vulnerado el derecho internacional. No se puede dejar de lado la soberanía de un país y eso lo ha hecho EEUU. Pero, también es cierto que se conculca el derecho internacional cuando unas elecciones ganadas por la oposición, con el 70% de los votos, son arrojadas a la basura por un pucherazo. Son dos conculcaciones. No puedo ocultar mi alegría porque Nicolás Maduro haya salido de Venezuela. Pero, soy consciente de que el orden mundial que nos habíamos dado después de la Segunda Guerra Mundial se acabó. Hemos vuelto al régimen de las tres grandes potencias —EEUU, Rusia y China—, que deciden actuar de una u otra manera. A los europeos nos pilla muy desguarnecidos.
«Pablo Iglesias trabajaba gracias al dinero de los iraníes»
P.- Hay conflictos y conflictos. La represión en Irán parece preocupar menos a la izquierda española.
R.- Claro, porque han cobrado de ellos. Ahí tenemos a Pablo Iglesias que trabajaba gracias al dinero que le daban los iraníes para su televisión. Lo ha reconocido públicamente. ¿Cómo se van a meter con el hecho de que las mujeres lo pasen fatal en Irán? Hay una doble moral. Irán no se parece a Venezuela. Son 100 millones de habitantes y Venezuela son 30. Además, Irán tiene el 10% de la producción del petróleo mundial y un ejército formidable, con 700.000 reservistas. En Irán no se puede aplicar el método venezolano y Trump lo sabe.
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