THE OBJECTIVE
EL BLOG DE LUCÍA ECHABARRIGA

Un amor. O ¿por qué siempre te enganchas con gilipollas? 

«La compulsión de repetición supone una búsqueda desesperada de lo que nos resulta familiar, incluso cuando no es bueno para nosotros»

Un amor. O ¿por qué siempre te enganchas con gilipollas? 

Un amor

Esta es una película que está basada en un libro. Y aunque, en general, la película es muy fiel a la novela, hay importantes diferencias.

En el libro la protagonista francamente cae mal. O al menos le cae mal a mucha gente. Para estar segura de que no se trataba de una impresión personal mía estuve mirando en foros y comprobé que, efectivamente, la protagonista ¡cae mal! y que mi impresión la compartían muchas otras personas. 

Para muestra un botón: «Porque Nat tiene una personalidad que se caracteriza por no ser una personalidad. No sabe lo que quiere, ni lo que quiere, ni como lo quiere, no dice lo que quiere, no sabe lo que siente, no trabaja, no se cabrea, no se impone».

Esta es la descripción que deja una lectora en una de las críticas más divertidas que he leído. Citaría su nombre si no fuera porque la lectora ha decidido permanecer anónima.

En la película, aunque tampoco es que entiendan mucho sus motivaciones, el caso es que la actriz Laia Costa es una chica tan bella y tan luminosa que de alguna manera consigue que sientas una cierta compasión por ella.Y la que en el libro parece simplemente una mujer extremadamente neurótica, en la película es una mujer por la que sientes mucha pena. Incluso con la que en algún momento podrías empatizar, algo que no sucede a lo largo de las páginas de la novela. 

Sin embargo todos hemos conocido a mujeres como Nat a lo largo de nuestra vida («no se cabrea, no se impone») y son muchísimas las que llegan a consulta. Mujeres que te van contando historias de su vida de sus relaciones con su familia, amigos, trabajo y que te hacen preguntarte ¿pero por qué no se planta y dice «no»? ¿por qué lo aguanta todo como si fuera una mártir estoica, o un felpudo?

En esta película y en el libro el casero se salta muchos límites. Se niega a hacer reparaciones en la casa, tal y como estipularía su contrato, y entra en la susodicha casa como Pedro por su…casa. (Lo siento, tenía el chiste fácil demasiado a mano), algo totalmente prohibido por ley. Lo cierto es que parece que no hay contrato, porque ella le paga siempre en efectivo y en mano. Pero cierto es también que, según la ley española, si ella decide quedarse en su casa y no pagarle, le puede hacer pasar al casero un calvario de dos años antes de que pueda sacarla de allí (dado el caos de la justicia, un desahucio puede tardar dos, incluso si quien ha ocupado la casa no está en situación vulnerable), así que en el fondo es ella la que tiene la sartén por el mango, de forma que no se entiende que Nat nunca se plante ante el casero. (Aquí un inciso: no entiendo por qué al pobre Luis Bermejo siempre le ponen hacer personajes de señoros absolutamente desagradables. ¡Un director o directora que le dé un papel de tipo majo, por favor!).

Tampoco entendemos por qué en la relación amorosa que presuntamente retrata la película (de ahí el título «Un amor») y que realmente de amorosa no tiene absolutamente nada, ella se muestre siempre tan pasiva y no haga nunca confrontaciones directas, y además permita que él le grite en una escena particularmente desagradable.

En la película he llegado a la conclusión de que el amor del título se refiere al del perro.Y en la novela creo que el título es irónico, porque no se ve amor por ninguna parte. 

 Así que tanto el lector como el espectador se hacen dos preguntas. La primera es ¿por qué la protagonista aguanta carros y carretas con esa actitud de corderito enviado al matadero?. La segunda es ¿qué extraña razón le lleva a ella a obsesionarse con un hombre que en principio a cualquier mujer sana le haría salir huyendo como alma que lleva el diablo?.


No se preocupen, queridos lectores y lectoras, que aquí está su psicóloga de confianza para explicarlo.

La indefensión aprendida

La indefensión aprendida es un concepto que utilizan los investigadores de las ciencias sociales para referirse al hecho de que una persona sea incapaz de encontrar soluciones a situaciones difíciles, incluso cuando una solución es accesible y está ahí, a la vista de sus ojos y al alcance de su mano. 

Las personas que luchan contra la indefensión aprendida tienden a «ahogarse en un vaso de agua» y a sentirse abrumadas por cualquier cosa, incapaces de hacer una diferencia positiva en sus circunstancias.

En 1967, Martin Seligman y su socio, Steven Maier, estaban investigando el comportamiento animal cuando descubrieron accidentalmente la teoría de la indefensión aprendida. Se dieron cuenta de que los perros que habían estado expuestos a una serie de descargas eléctricas ineludibles dejaron de intentar escapar de las descargas eléctricas por completo.

Cuando Seligman y Maier intentaron este experimento con seres humanos (reemplazando las descargas por ruidos fuertes), descubrieron que las personas tenían una reacción similar. Los que no pudieron controlar el ruido en el primer experimento ni siquiera se molestaron en intentar controlarlo en ensayos posteriores, a pesar de que ahora era posible evitar el estímulo aversivo. Es decir, a pesar de que a partir del segundo intento ellos sí podían cortar el experimento.

Esta investigación condujo a una nueva comprensión del trauma. Las personas que experimentan abusos repetidos y otras situaciones aversivas eventualmente aprenden a volverse indefensas. Es como si internalizaran que, como nada funcionó en aquella situación, nada funcionará tampoco en situaciones similares. El trauma comienza a erosionar otros dos aspectos críticos del bienestar mental: la autoeficacia y el locus de control interno. 

La autoeficacia es el nivel de confianza en que puede afrontar desafíos y aprender nuevas habilidades. El locus de control interno es el grado en que usted cree que sus circunstancias están bajo su control. El locus de control interno se refiere a la creencia de que uno puede enfrentarse a las circunstancias. 

Cuando una persona culpa de todo lo que le sucede a las circunstancias externas y a las demás personas y nunca asume que puede tener responsabilidad en lo que le pasa entonces hablamos de locus externo, y de autoeficacia baja. 

Cuando  el locus es interno y la autoeficacia es alta te sientes seguro y empoderado, incluso cuando las cosas se ponen difíciles. Los factores estresantes parecen controlables y una o uno sabe que puede confiar en que lo hará lo mejor que pueda y en que, eventualmente las cosas se arreglarán, porque todo tiene solución excepto la muerte.

Sin embargo, cuando la indefensión aprendida se apodera de ti, no te sientes tan seguro de tu capacidad para afrontar los desafíos. No crees que lo que haces marca la diferencia, y eso hace que sea difícil ver una salida, y mucho menos un lado positivo.

Es posible haber aprendido la indefension en algunas áreas de tu vida pero no en otras. Por ejemplo, a una persona le podría ir bien en el trabajo pero le podría resultar difícil establecer límites con sus padres. Sin embargo, dado que la vida no encaja bien en compartimentos estancos, con el tiempo cada área comienza a influir entre sí.

Sin ir más lejos pongamos el ejemplo de S., una de mis clientas, que es una mujer extremadamente inteligente y muy competente en su trabajo. Y que, sin embargo, ha ido enlazando una serie de relaciones en las que ella tomaba el papel pasivo. Siempre que dejaba un puesto de trabajo prácticamente al segundo tenía otro, pero ahora le cuesta mucho encontrar trabajo. No es casualidad que ahora mismo esté enredada en una historia de manipulación psicológica. 

Ni en la película ni en el libro sabemos nada sobre el origen de Nat. Pero sí que nos llama la atención que en todo el tiempo que ella pasa en el pueblo, que suponemos que son unas cuatro o seis semanas (en la novela, el tiempo se cuenta a partir de la imagen de un tubo de pasta de dientes que ella estrena a su llegada al lugar y que no se ha llegado a acabar), nunca se comunica con sus padres. No hay una sola llamada pese a que ella tiene un teléfono móvil. ¿Por qué no mantiene relación con ellos? ¿Fue abandonada? ¿Fue maltratada? No lo sabemos. 

Son los actos de Nat los que me hacen sospechar que tuvo una infancia particularmente complicada. Una infancia en la que ha habido maltrato o bien físico o bien psicológico, pero en la que ella ha internalizado que nada de lo que haga para defenderse puede cambiar sus circunstancias.

La compulsión de repetición

Este es un concepto freudiano. Freud sostenía la opinión de que la incapacidad de una persona para discutir o recordar eventos traumáticos pasados ​​podría llevarla a repetir estos traumas de manera compulsiva. La compulsión de repetición puede implicar que las personas se pongan continuamente en una situación que saben que no es sana, tal vez sin siquiera darse cuenta de que están repitiendo sus traumas pasados.

¿Qué es la compulsión de repetición? La compulsión de repetición ocurre cuando inconscientemente tiendes a recrear un trauma anterior. Sin embargo, esta compulsión no ayuda a superar el trauma y podría empeorar la situación. Ocurre cuando repites conductas traumáticas de tu pasado, incluso cuando sabes que no es bueno para ti.

La compulsión de repetición supone una búsqueda desesperada de lo que nos resulta familiar, incluso cuando no es bueno para nosotros. Freud lo describe como «el deseo de volver a un estado anterior de cosas». Es un mecanismo de defensa neurótico, un intento de reescribir nuestras historias para cambiarles el final. 

Imagina que de niño o niña estás expuesto a un patrón abusivo con un cuidador principal y (padre, madre, otro cuidador, un profesor una profesora…). No tienes control para cambiar la situación. Es posible que te encuentres repitiendo el trauma y sus circunstancias cuando seas adulto. Por ejemplo, puedes entrar en el patrón repetido como adulto para encontrar el control, para casi «reparar» y «arreglar» la lesión de los primeros años de vida, aunque no siempre con éxito. Repitiendo inconscientemente el escenario para intentar buscar un final. 

Es importante destacar que estos patrones profundamente arraigados pueden desarrollarse en nuestro inconsciente y es posible que no se repitan conscientemente. El concepto funciona bien cuando se repiten ciclos positivos o comportamientos saludables útiles; sin embargo, nos pone en dificultades cuando repetimos comportamientos que conducen a relaciones tóxicas y diversos tipos de abuso.

La teoría según Freud era que esta compulsión está impulsada por la «pulsión de muerte»… A mí esto me parece un poco exagerado, y quizá sea mejor dejar el tema para otro día.

Algunas interpretaciones teóricas de esta compulsión son que volvemos a lo familiar en momentos de estrés y repetimos patrones y pensamientos negativos (rumiaciones). Regresamos a estos patrones como una forma de calmarnos porque es más predecible ubicarnos allí, incluso si no funciona. Por ejemplo, un niño puede ser testigo de un padre abusivo y puede sentirse impotente, rechazado y sin control. Más adelante en la vida, la persona puede buscar tener control en las relaciones adultas y tratar de contrarrestar el rechazo y recibir el amor que le fue negado en la infancia.

Desafortunadamente, la necesidad de obtener esta experiencia correctiva puede llevarnos a gravitar hacia la disfunción. La necesidad de sanar a nuestro niño interior a menudo nos impide dejarlo ir y, en cambio, retrocedemos. Esto perpetúa el ciclo de relaciones destructivas y no alcanzamos la necesidad de apego que buscábamos. Muy al contrario, nos sentimos más abandonados, rechazados, indefensos y fuera de control. 

Se puede acabar buscando pareja para adquirir la sensación de tener el control y «corregir/arreglar» la experiencia infantil; y en nuestros intentos de recibir el amor que nos fue negado, muchas veces podemos negar nuestros propios sentimientos para lograr ese amor. 

Otro resultado puede ser que la persona repita el comportamiento que presenció y se vuelva abusiva hacia los demás o hacia sí misma (autolesión, adicción, conductas de alto riesgo) para tener una sensación de control. Esto se convierte en una peligrosa recreación del abuso. 

En el caso de Nat, ella se engancha a una relación intensamente tóxica con el que supongo que es un trasunto de su padre. Isabel Coixet ha subrayado este hecho eligiendo a un actor que parece que mide dos metros y a una actriz muy delgada y menuda, de forma que cuando les vemos a los dos juntos verdaderamente parecería una niña caminando con su padre. También la manera en la que él entra en su vida tiene algo de paternal (incestuoso, sí, pero paternal). Este hombre entra en la vida solucionándole un problema, que es lo que algunos padres hacen por sus hijas: hacer por ellas lo que ellas no pueden hacer por sí mismas.

En el libro, Nat es muchísimo más obsesiva que en la película. En la novela, Nat le registra la casa a su amante y curiosea los papeles, incluso los recibos de compras antiguas, en cuanto tiene la una oportunidad. Mientras que en la película se limita a espiarle desde el coche. Más allá de decir que Nat está encoñada, lo que sucede es que Nat ha elegido a un hombre que probablemente sea una representación de un padre frío, ausente y complicado con el que vivió, y que Nat ha iniciado una relación con él intentando simbólicamente reparar la relación con su padre. Spoiler: no funciona… porque nunca funciona. 

Un amor nos invita a repensar nuestra definición del amor

Y de todos los sinónimos que a veces usamos para referirnos a él: pasión, desesperación, malestar, miedo, sufrimiento. Spoiler: nada de eso es amor.

La película demuestra que las seducción nunca es un arma inocente y y te lleva a reflexionar sobre el hecho de que demasiadas veces este arma se vuelve precisamente contra quién la empuña.

El final de la película es distinto al de la novela. En la novela, Nat «comprende que no se llega al blanco apuntando, sino descuidadamente, mediante oscilaciones y rodeos, casi por casualidad». Vamos, que Nat ha aceptado todo lo que le pasa como si fuera un viaje existencial o una etapa de aprendizaje para encontrarse a sí misma. 

Isabel Coixet le ha dado otro final que ha sido muy criticado en redes sociales pero que yo en particular le agradezco mucho. Por muy católica que sea mi educación, yo no creo que yo haya venido a este mundo a sufrir, ni que este mundo sea un valle de lágrimas, así que me encantó un final tan luminoso después de dos horas de película particularmente torturada y desasosegante.

Un amor es una película dirigida por Isabel Coixet con Laia Costa, Hovik Keuchkerian, Hugo Silva, Luis Bermejo e Ingrid García Jonsson. Un amor es una novela de Sara Mesa. Editorial Anagrama 17,90€.

Micro taller sobre autoestima relaciones y compulsiones. Este sábado 27 en Madrid, de 11 a 13 horas. 30 euros. Mas info: l[email protected]

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