Europa y el nuevo orden mundial
La desvinculación entre EEUU y la UE es el fenómeno más desestabilizador para el Viejo Continente

Ilustración de Alejandra Svriz.
Sostenía Henry Kissinger que no existe un orden internacional lógico o natural, sino que el mismo es siempre el resultado de las relaciones de poder entre potencias en un momento dado. Así, durante la pasada Guerra Fría, cuando había dos superpotencias (EEUU y la URSS), el orden era bipolar; tras la implosión de la URSS en diciembre de 1991 quedó como única superpotencia la americana; ahora estamos en un mundo multipolar asimétrico con dos grandes poderes hegemónicos, EEUU y China, que descollan sobre otras potencias in fieri como la UE, Rusia, India, Brasil y Turquía.
Tomando la idea prestada al filósofo y dirigente comunista italiano Antonio Gramsci en sus Cuadernos de la cárcel, afrontamos un periodo de transición entre un orden global salido de la II Guerra Mundial que no termina de morir y no alcanzamos a vislumbrar los perfiles definitivos de un mundo que no acaba de nacer. Y como ocurre en la vida de las personas, también para los pueblos y las naciones los periodos de indefinición y transformación son peligrosos e inciertos.
Y eso es así especialmente para Europa y su proceso de integración política. La criminal invasión de Ucrania por parte de la Rusia de Putin el 24 de febrero de 2022 (justo se han cumplido cuatro años) nos despertó a los europeos del largo letargo en que estábamos sumidos desde el fin de la Guerra Fría, en donde dimos por sentado que no habría guerras en el continente europeo y que podríamos disfrutar de los «dividendos de la paz» y del «fin de la Historia» que nos anunció el politólogo norteamericano Francis Fukuyama.
Decidimos pues, desmantelar nuestros ejércitos nacionales, jibarizar los presupuestos de defensa e invertir los recursos financieros así liberados en construir generosos Estados del bienestar. Todo ello bajo la protección asegurada por la Alianza Atlántica y EEUU.
El revisionismo agresivo y neoimperialista ruso, junto con la creciente desvinculación de Washington del continente europeo, nos han arrastrado fuera de nuestra zona de confort y obligado a asumir nuestras responsabilidades tanto tiempo delegadas en EEUU. Si bien la amenaza rusa supone el peligro más inminente y real a la seguridad colectiva en Europa, el cambio de paradigma geopolítico norteamericano supone el fenómeno más estructuralmente desestabilizador para Europa. Que el papá americano abandone el hogar familiar es más devastador que convivir con las fechorías del vecino de escalera ruso.
«China se frenará por sus numerosas contradicciones internas, no por presiones externas»
Soy de los que piensan que los amigos norteamericanos, tanto republicanos como demócratas, se equivocan en cifrar su prioridad estratégica en impedir o al menos retrasar al máximo la emergencia de China. Si es cierto lo que afirmó el escritor francés Víctor Hugo sobre que «no hay nada más poderoso que una idea a la que le ha llegado su tiempo» también lo sería respecto a una nación a la que le ha llegado su hora histórica. Y esa nación es China, a la cual no se puede frenar desde el exterior.
El gigante asiático se frenará por sus numerosas contradicciones internas (invierno demográfico, desigualdades sociales, tensión ente campo y ciudad, aspiraciones democráticas de su juventud, entre otras) pero no por presiones externas. Y ese error de cálculo de Washington le conduce a obsesionarse con el giro al Indo-Pacífico y a desatender otros teatros de operaciones vitales como el europeo y a orillar cuando no maltratar a sus socios tradicionales, los europeos.
EEUU goza de una valiosa ventaja geoestratégica comparativa respecto a sus competidores China y Rusia, como es la extensa y tupida red de países aliados y amigos que ha tejido laboriosamente desde el fin de la II Guerra Mundial. Es un activo geopolítico cuya importancia resulta difícil de exagerar. Moscú y Pekín se encuentran rodeados de Estados vasallos, tributarios o atemorizados, que solicitan angustiosamente una mayor presencia militar norteamericana (Japón, Corea del Sur, Taiwán, Filipinas, Vietnam, Australia, Nueva Zelanda). Ninguna potencia podrá aspirar a ser hegemónica en el siglo XXI sin aliados y socios. Y Washington los tiene, a diferencia de sus rivales más conspicuos, entre ellos, los europeos.
«Para Europa la Rusia de Putin es la amenaza existencial más seria y constante»
Pero después de casi ocho décadas, por vez primera las valoraciones de los aliados atlánticos son divergentes en cuanto a sus riesgos y amenazas comunes. Tanto la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de diciembre del 2025 como la aún más reciente Estrategia de Defensa Nacional de enero de 2026 de EEUU dejan de considerar a Rusia como una amenaza o riesgo real y la consideran más bien como un potencial socio comercial con el que llegar a acuerdos en varios sectores económicos y zonas geográficas. Mientras que para Europa la Rusia de Putin es la amenaza existencial más seria y constante.
Para algunos, esa palmaria diferencia de percepciones y valoraciones estratégicas podría llegar a cuestionar la fiabilidad de la Alianza Atlántica como instrumento eficaz de la seguridad colectiva transatlántica.
Y es en esta coyuntura tan delicada y exigente que Europa ha decidido tomar las riendas de su destino y dotarse de los recursos y capacidades necesarias para garantizar a medio plazo su propia seguridad mediante la creación de la Unión Europea de la Defensa, a partir de una base industrial y tecnológica común y un mercado interior de la defensa. Desde una perspectiva complementaria y no alternativa a la OTAN, sin duplicidad de esfuerzos ni estructuras paralelas, reforzando el pilar europeo de la Alianza, que es el instrumento idóneo para la planificación de capacidades militares y el establecimiento de estándares comunes, mientras que la UE lo es para aprobar legislación y allegar fondos. No hay tiempo que perder. La urgencia es imperativa y la unión y decisión política, imprescindibles.
