A Dios rogando y con el mazo dando
«Si Sánchez fuese listo, podría haber dicho que él no entraba en la guerra, pero que dejaba usar las bases a sus aliados»

Imagen generada con IA.
¡No a la guerra! Es un grito angelical, no poco etéreo, irreal. Por desgracia, la historia toda del género humano —olor a chamusquina— ha tenido siempre guerras de uno u otro calibre, y hablo de milenios. Negar la guerra es bueno, pero hay que poner los pies en lo tosco real. Por supuesto, Trump y su imperialismo son una gran mula, pero está (realmente) entre los tres amos del mundo. Su actitud es tan cambiante como la del propio Pedro Sánchez, que ni él mismo se conoce ya.
Venezuela, por ahí se anda, un tema sin acabar. Cuba, de continuo amagada, pero ahí sigue asimismo el dictador de la hambruna y los grandes apagones. Groenlandia, tranquila por el momento. Todo aboca al desorden si se acerca Trump, pero ahora tocó Irán, con una terrible dictadura teocrática y mucho petróleo y una importante capacidad militar. Sin duda es Israel (el más interesado) quien le dice a Trump: «¡Contra los ayatolás!» Y ahí están. Un detalle: Sabemos lo que EEUU e Israel han destruido en Irán, pero, como en la más antigua propaganda bélica, apenas tenemos idea del daño causado por Irán. Se diría que prácticamente nada. ¿Es creíble, aunque ganen los agresores? Hace días se dijo que un petrolero estadounidense estaba en llamas en el estrecho de Ormuz. Ahí nos hemos quedado, ni una noticia más, aparte de que la población de Tel Aviv llenaba los refugios antiaéreos. ¿Más?
La guerra contra Irán puede ser uno de los tantanes de guerra del caprichoso Trump, pero como siendo guerrero se considera el padre de la paz, lo que dice pretender es abatir el régimen nefasto y oprobioso de los ayatolás. Esperemos que vaya más lejos que en Venezuela. Maduro está preso y Jamenei muerto, pero esos son gestos. Europa (tan decaída, bien es verdad) pretende decir lo que Meloni —que es lista— ha indicado: No quieren guerra, no han entrado en la guerra, pero dejan usar sus bases a EEUU. Como una base británica en Chipre ha sido atacada por Irán, encontramos un móvil perfecto para no entrar en la guerra, pero estar listos para defender la UE.
Francia saca sus portaaviones nucleares, y todos los países se mueven. Portugal deja usar las bases de las Azores, el Reino Unido las propias y hasta la España «sanchista» manda hacia Chipre a su fragata más moderna, la Cristóbal Colón. Pero sabemos que otra, la Blas de Lezo, anda en ayuda de la flota gala. Y por si fuera poco, ya sabemos que las bases de Rota y Morón han tenido movimiento de aviones USA, aunque Trump nos ponga verdes («país fallido», «país perdedor»).
Sánchez, el listo-necio, vive tan habituado al frentismo horrible, al o conmigo o contra mí, que no se le ha ocurrido rezar y dar con el mazo al tiempo mismo. Al estilo de Meloni, pero aún mejor, si Sánchez fuese listo y no solo listillo, podría haber dicho que la guerra es abominable, que él (España) no entraba en la guerra —léase bien, NO—, pero que dejaba usar las bases a sus aliados, como el resto de Europa. O sea, guerra no, pero lealtad con los aliados. Y además guerra contra una larga dictadura nefasta. De esta manera, que es un sí y un no al mismo tiempo, nos hubiera ahorrado los feos y desdeños palabros de la mula Trump, pero lo más importante, hubiese puesto los pies en el suelo (España está ahora como flotando) y él habría intentado ganar el prestigio internacional que no tiene y —de nuevo, mejor aún— hubiese situado a España con dignidad y no en el papel de hermana gemela de Turquía, que la verdad nos va muy poco y tampoco es buen ejemplo Erdogan, de nada.
Error tras error, Sánchez queda como el rincón de Europa, pobretona, en un orbe que no existe y sin los aliados que nos podrían ayudar. Supongamos que Marruecos (un país en verdad no amigo y del que debiéramos alejarnos) le da por ponerse bravo con Ceuta o Melilla, que no están bajo el paraguas de la UE; es un decir y mejor no, pero ¿quién nos ayuda? Eso estaría en manos de EEUU, a quien Sánchez acaba de dar un portazo, aunque en la práctica sea menos bravo el león de cómo lo pintan. O quizás (todo es posible) Sánchez ha llamado a Mohammed ya para rendirle más pleitesías y hacerle oler nuevos sahumerios. ¡La España de Sánchez suena no a miseria, sino a las miserias sanchistas!
Aunque si, como vemos, el Sánchez listo ha fracasado de hoz y coz, ha salido enseguida el Sánchez «listillo», el que él mismo domina mejor y así (para efectos puramente internos, que fuera se entenderán mal) resucita un viejo eslogan de 2003, cuando la ya remota guerra de Irak, que al final fue, hubo guerra y no faltó el desastre. Por si la hoy por hoy «rara» izquierda española se viera desmotivada o en caída, elección tras elección, Sánchez le brinda el viejo grito «¡No a la guerra!», que entonces iba contra Aznar, y que parece ejemplar en boca de actores intelectuales y multimillonarios paleocomunistas, como Bardem (Javier) o doña Ana Belén.
Este «¡No a la guerra!» que Sánchez airea como banderín de enganche y emblema de combate (puramente mental, por supuesto) fuera de España no supone nada de nada, ni sabrán que es repetido, pero dentro es un arma mitinera y para manifestaciones perfecta. Ya estoy viendo a esos mitineros de primero de carrera —Irene Montero y Pablo Iglesias— sosteniendo la pancarta y levantando el puño. Sánchez es solo esto: el mundo malo va por otras sendas…
