Del sujeto al compromiso
«A la mayoría de la gente no le da el Estado una confianza total. El Estado es, o ha sido una entidad sospechosa»

Cuadernos FAES.
La reflexión sociológica sobre el ser humano, con basarse en la constatación empírica, no rechaza llegar a la formulación de corolarios ontológicos. Entre otros, esos que llevan a contestar la pregunta básica sobre quiénes somos. En este asunto la sociología y la antropología están íntimamente relacionadas. Aquí damos unas pautas reflexivas sobre un aspecto del terreno común entre ambas disciplinas, que puede llevarnos a precisar algunos conceptos y la terminología adecuada para referirnos a lo humano.
1. El sujeto
En el marco de la continua búsqueda de nuestro yo más íntimo, esa respuesta al interrogante básico de quiénes somos, surge el debate sobre el sujeto humano y cómo llegamos a serlo. Cada uno de nosotros está, no me gusta decir que uno está compuesto porque uno es un todo, pero, para aclararnos, podríamos decir que uno está compuesto de, sobre todo, quiénes. Entiendo así que mi quién no es simple, sino que remite a un conjunto de quiénes. Pero, para tratar este asunto, será preciso comenzar diciendo que hay también qués, así: los qués que yo soy, por un lado, y los quiénes que soy, que cada uno es, por otro.
Muchos qués son cosa pasajera, podíamos decir, y, en ese caso, la mayoría importan poco. Lo realmente fundamental son los quiénes. Hay algunos quiénes, y algún qué, que generan otros quiénes, y, en ese conjunto resultante, unos son más importantes que otros.
Pero empecemos la reflexión examinando una distinción en ese bagaje de quiénes y qués, que crea cierta confusión. Hay personas que piensan que la libertad es un quién, y hay otras que piensan que, más bien, la libertad es un qué. Un servidor soluciona esa dicotomía diciendo que la libertad es un qué de un quién. Si no hay quién, no hay qué. De ahí la importancia que tiene que cada uno de nosotros descubra su quién, el quién que somos, para manejar bien sus elecciones.
Para ir al quién tendremos que desnudarnos de capas y de disfraces, al objeto de reconocernos como sujetos únicos y distintos frente a otros sujetos. Los qués, como la libertad y muchos otros, enumeraremos algunos de seguido, están personalizados y son propios de cada quién. Pero ciertos qués son comunes a muchos quiénes. La libertad es un qué propio, que en cada quién sustenta una personalidad más o menos configurada. No obstante, en la vida en común será óptimo ir hacia, o tratar de conseguir, que la libertad sea también un qué de todos, un qué de muchos, aun sea adjetivado y marcado por las elecciones activas, pasivas o rechazadas que cada uno hace.
«Hay personas que piensan que la libertad es un quién, y otras que, más bien, la libertad es un qué»
Hemos dicho que la libertad está asentada en un quién que sustenta una personalidad, como un modo de ser continuo, percibible desde fuera. No entraremos en la cuestión, pero podríamos apuntar la extendida opinión de lo mucho que cuesta hoy en día afirmar una personalidad. En efecto, parece que a nuestro alrededor hay mucha gente sin personalidad o con poca personalidad. Ello es debido a que proyectan solo sus qués, dejando en suspenso la cuestión de si han llegado a conformar o a descubrir su quién. La confusión es evitable.
¿Y usted qué es? Y podemos enumerar unos cuantos, a modo de ejemplo: español, carpintero, zocato, rubio, diabético, melómano, aficionado a los toros, seguidor del Valencia club de fútbol, deportista, introvertido, sentimental, perezoso, soltero, cofrade, vegano, curioso, vehemente, anarquista, abstemio, poeta, etcétera, etcétera, etcétera. Son predicamentos de variado orden y peso, pero ninguno de ellos es realmente importante por sí solo si lo comparamos con el quién.
Así, ¿qué queda cuando uno se quita todo eso, cuando uno se quita los qués? Pues queda el quién, quedan los quiénes que conforman el sujeto, queda lo que no me puedo quitar. Y ahí, en la soledad de los quiénes del sujeto, podemos descubrir que hay unos quiénes que son innatos y otros que son adquiridos, y que todos en su conjunto configuran identidad, la identidad del sujeto, que es su conformación sustantiva.
Vayamos primero a intentar descubrir lo innato y en ese examen, en esa introspección, en esa averiguación de lo que hay ahí detrás sustentando todo el quién, nos encontramos con una palabra, con un hecho determinante, que imprime un sello de pertenencia propia: soy hijo.
Se trata del hecho de la filiación. La radicalidad del sujeto humano está ahí, en que somos hijos. Soy hijo de hombre, soy hijo de humanos. Y hay también otra filiación importante, más importante si cabe, soy también y, sobre todo, hijo de Dios. ¿Qué significa esto? Pues, en primer lugar, significa que como hijo humano soy carnalmente humano, soy racional, y que, como criatura de Dios, estoy llamado a una trascendencia: a la fraternidad humana y a una posible eternidad. Aquí están los dos sustentos principales de mi quién, en definitiva, la base de todos los quiénes, algunos innatos otros adquiridos, que yo pueda añadir a lo largo de mi vida a ese quien filial primigenio conformando una identidad precisa y única.
En el proceso de añadir quiénes a mi quién básico hay un qué, un qué adyuvante que ya hemos mencionado antes, y ese qué es la libertad. La propia y la de otros, mis padres, por ejemplo, e incluso la de Dios que da la vida en origen. Por la libertad propia, en la memoria y realización de elecciones y aceptaciones activas o pasivas, soy consciente de mi quién. La libertad, así, me descubre a mí mismo. Un qué que me abre las puertas del quién.
«En la soledad de los quiénes del sujeto, podemos descubrir que hay unos quiénes que son innatos y otros que son adquiridos, y que todos en su conjunto configuran identidad, la identidad del sujeto, que es su conformación sustantiva»
A veces la autopercepción de sí se realiza en el descubrimiento relacional o social, que me percibe como miembro. Nos damos cuenta de que la libertad, en algunas circunstancias, por inserción activa o pasiva, configura comunidades de identidad mediante la pertenencia. Y me encuentro, entonces, en una identidad compartida. En definitiva, nos damos cuenta de que somos comunidad.
Hay comunidades innatas, entre ellas ya hemos mencionado las más importantes, las comunidades que configura la filiación. Yo soy hijo de Dios, yo soy hijo de mis padres, la fraternidad humana (la fraternidad se deriva de la filiación) y la familia son comunidades innatas. Percibimos a la familia como la más radical de todas. Luego, partiendo de esas comunidades innatas yo puedo adscribirme. Puedo conformar otras comunidades identitarias, unas comunidades en las cuales yo no soy un qué, soy un quién porque me dan identidad. Y así yo puedo decir, puedo enumerar, de la misma manera que he numerado varios qués de un sujeto cualquiera, otros quiénes conformantes de identidad. Aquellos sin los cuales yo no sería reconocido, por los que realmente me conocen, como el quién que soy.
No me gusta hablar del concepto filosófico de persona, prefiero, me parece que es mucho más preciso, este que estamos utilizando aquí: el de sujeto humano. Entre otras causas, porque marca una distinción muy importante para nuestro tiempo, la distinción entre sujeto y objeto.
Hoy, a muchas gentes las tratamos, o son tratadas, como objetos. Lo más importante no es que sean tratadas como sujetos, siendo ello de justicia y derecho básicos, sino que cada uno descubra que es un sujeto humano, que cada uno se aperciba sobre lo que se sigue de su filiación y de la responsabilidad que tiene en la cadena de filiaciones que configuran la humanidad a través del tiempo. Somos parte de una estirpe, de una progenie en sucesión temporal: parte de una cadena de trascendencia.
Este apercibimiento nos llevará a buscar realizarnos en y con esos quiénes, que nos descubren como regalo. En la familia fundamentalmente, cada uno en la suya. El quién antecede y es mucho más importante que el qué. He hablado a veces del principio de extrañeza que configura las familias humanas: el hecho de que yo pertenezca a una y no a otra. La extrañeza es efectivamente un obstáculo positivo a la igualdad, pero es un obstáculo a la igualdad si solamente nos fijamos en la filiación humana, no es un obstáculo a la igualdad si nos fijamos en la otra filiación, en la filiación divina.
Los quiénes innatos y adquiridos, los quiénes de nacimiento, de conformación, y los quiénes comunicativos que hemos adquirido por la participación en comunidades identitarias, configuran al sujeto como sujeto humano. Nosotros, los sociólogos, hablamos también de sujetos colectivos, de comunidades identitarias que tienen asimismo personalidad, y que, de igual o parecido modo, son sujetos de derecho y, por tanto, deben tener reconocimiento y ejercer su libertad.
Hay un entendimiento muy erróneo de las comunidades hoy en día: se las ve en una dimensión horizontal con bordes impenetrables. No, las comunidades, desde el sujeto, tienen una dimensión vertical. Por eso suelo hablar siempre de comunidades en plural, porque cada uno de nosotros, cada uno de los sujetos humanos, pertenece a muchas comunidades al tiempo y eso es lo que añade extrañeza, distinción, a nuestra condición individual. Así, yo soy, cada uno de nosotros es, la suma de mis comunidades, la suma única de mis comunidades.
«No me gusta hablar del concepto filosófico de persona, prefiero este que estamos utilizando aquí: el de sujeto humano. Entre otras causas, porque marca una distinción muy importante para nuestro tiempo, la distinción entre sujeto y objeto»
Nosotros nos distinguimos unos de otros, los sujetos humanos se distinguen entre sí, por sus comunidades, empezando por la familia. Además, ahí podemos nombrar también a las comunidades identitarias innatas, las que conforman las religiones, las lenguas, las patrias o los pueblos (no así los Estados, si se me permite la distinción), o las adquiridas, como el resultado de ciertos compromisos que veremos en el siguiente punto.
En sociología utilizamos el concepto de sujeto para hablar individualmente de cada uno de nosotros, pero también para hablar colectivamente de las comunidades que conformamos. Así, la dimensión social del ser humano no es una elección. Nosotros nacemos sociales, nacemos, por así decirlo, en comunidades que ya existen: no hemos elegido ni nuestros padres, ni nuestro tiempo, ni nuestra lengua. Para el entendimiento y la comprensión propia y ajena es, a mi juicio, importante hacer estas distinciones: quién y qué, sujetos individuales y sujetos colectivos, comunidades innatas y comunidades de elección. Y, a la postre, repetimos, sujeto mejor que persona.
2. El compromiso
El subtítulo de este punto podría ser: el sujeto entre la caridad y la ciudadanía. Se ha oído, se oye, esa expresión de que el tiempo pasa ahora más rápido que antes. Comenzaremos por aquí nuestra pesquisa sobre el compromiso, a ver si podemos sacar algunas reflexiones de interés.
Efectivamente, tenemos menos tiempo si este pasa más rápido por nosotros por acumulación de intensidad o lo que sea, y, si tenemos menos tiempo, deberíamos acortar los plazos. Antes, podríamos pensar, cuando el tiempo pasaba más despacio, nos podríamos permitir el lujo de poner plazos más largos. Así, para tener elecciones de tanto en tanto, pagar deudas o esperar un evento recurrente, pero, ahora que el tiempo pasa más rápido, esos plazos deberían acortarse. Psicológicamente lo estamos haciendo, estamos acortando los plazos, y ello nos ha llevado al presentismo que padecemos, y que conlleva al olvido del futuro, del después. Pues bien, el compromiso del sujeto, del que hablamos ahora, tiene mucho que ver con el tiempo.
Si no hay futuro difícilmente se pueden hacer proyecciones o apuestas a mucho o largo plazo. Por el contrario, el compromiso supone, ciertos compromisos al menos que pueden durar toda la vida, un viaje hacia lo impenetrable. Si ello es así, y si el tiempo pasa más rápido y el futuro no entra entre nuestras consideraciones y parámetros intelectuales, entonces el compromiso, podríamos concluir, tiene ciertas dificultades en este tiempo que no tenía en otro tiempo o época.
Vamos a entrar en materia situando el compromiso entre la justicia y la caridad, que, en mi opinión, es el posicionamiento más didáctico. La caridad es el cuidado amoroso que tenemos con todo, con los objetos, con las criaturas, con nuestros hermanos los hombres, con nosotros mismos y con Dios. Es un bien divino que tiene su mejor reflejo en la utopía realista y radical del evangelio cristiano. Ahí, leyendo el Evangelio, vemos ese contraste que se opera entre lo espiritual y lo terrenal insertado en el tiempo. Entre Dios, que no tiene tiempo, y el mundo, que sí lo tiene. Entre los fines más o menos largos, más o menos distantes, y los medios. Entre las metas y los obstáculos para llegar a ellas a través del tiempo. Y hay algunos pasajes del Evangelio que iluminan bien estos contrastes.
Uno de ellos es el pasaje del joven rico y el apego o la adicción a uno mismo. Es el problema de la exageración de la inmanencia que conlleva el desdibujamiento y ocultación de la trascendencia. De resultas de ese olvido, la inmanencia nos lleva a un apego a uno mismo que hiere al propio sujeto al privarnos del reconocimiento sustantivo de la doble filiación (humana y divina).
«La dimensión social del ser humano no es una elección. Nosotros nacemos sociales, nacemos, por así decirlo, en comunidades que ya existen: no hemos elegido ni nuestros padres, ni nuestro tiempo, ni nuestra lengua»
Otro pasaje evangélico que echa luz sobre estos contrastes es esa admonición de Jesucristo de que tenemos que nacer de nuevo y, en el proceso, descubrirnos como hijos de Dios. Nacer de nuevo, supone viajar atrás en el tiempo. Desandar un camino para tomar la vereda correcta. Probablemente, pasar de un transitar cuesta abajo a subir una pendiente. En definitiva, estar en disposición continua de contemplar la posibilidad de cambio, como el mejor cuidado que podemos dispensarnos a nosotros mismos. Así, decidir y elegir bien.
También, se nos habla en el Evangelio de dar la vida, de la posibilidad de terminar con nuestro tiempo. Ya contamos, en los hechos de los apóstoles del Nuevo Testamento, con las noticias de las acciones de los primeros cristianos en tesitura de persecución. Su imagen testimonial muestra el martirio. Y ello nos presenta que los mártires tienen un compromiso, un compromiso de verdad, de por vida, que escandaliza al mundo, escandaliza al imperio romano, que juzga a los cristianos como irracionales.

Bien, ese contraste entre lo divino y lo humano, esos contrastes y paradojas que nos presenta la escritura sagrada, nos dicen, cuando los miramos bien, que la caridad supera a la justicia. Se nos presenta una caridad que supera a la ciudadanía mediante decisiones trascendentes. Así, la caridad se manifiesta en un cuidado ininterrumpido, en un compromiso de cuidado, que llega a ser, quizá, un bien supremo.
«Ese contraste entre lo divino y lo humano, esos contrastes y paradojas que nos presenta la escritura sagrada, nos dicen, cuando los miramos bien, que la caridad supera a la justicia»
¿Podemos aspirar a bienes supremos en este mundo con un tiempo que pasa tan rápido? No veo por qué no, si el tiempo ha sido hecho para nosotros. En cualquier caso, hay tres virtudes que deberíamos de traer a colación aquí para ponderar nuestro discurso sobre el compromiso. En primer lugar, hablaremos de la confianza.
Nosotros, cuando nos comprometemos con alguien, lo mínimo que podemos esperar es que ese compromiso esté sustentado en una gran confianza. Si no hay confianza mutua no puede haber compromiso. En años recientes se ha hablado mucho de compromisos líquidos, de esos compromisos que no duran, y que, a la postre, dejan de ser compromisos. ¿Podemos hacer una equiparación, un contraste como esos que hemos apuntado antes que salen de las Sagradas Escrituras?
Contrastemos el Estado y Dios. Si yo me comprometo con Dios, yo me comprometo con alguien de quien me fío, con alguien que me da absoluta confianza porque es mi creador y padre. En cambio, si yo me comprometo con el Estado, ahí el compromiso debe de ser, pensamos, meramente figurativo o líquido. A la mayoría de la gente no le da el Estado una confianza total. El Estado es, o ha sido así a lo largo de la historia, una entidad sospechosa. Vivimos en él, recurrimos a él para diversas seguridades, pero difícilmente podríamos, hoy en día, apostar toda nuestra vida al Estado.
Sin embargo, con Dios, el compromiso es auténtico, de él, que es como yo sé quién soy, de Dios, me puedo fiar. Solo ante Dios nosotros nos reconocemos como quienes somos sin fisuras ni engaños, hay ahí autenticidad. De una parte, está Dios, el que es por antonomasia, y, de otra parte, cuando nosotros nos vemos frente a él como sus criaturas, nosotros nos entendemos a nosotros mismos cabalmente.
Cuando uno manifiesta que confía en la justicia (yo personalmente no confío en la justicia, en la justicia humana), uno se guarda las espaldas. «Yo confío en la justicia», se oye decir a muchos encausados en procesos de corrupción, «porque puedo demostrar mi inocencia», y al mismo tiempo uno se pone a borrar pistas. Esa confianza no es una confianza suprema equivalente a eso de que yo confío en Dios. Estamos, en nuestros días, padeciendo una crisis de confianza, y la hipocresía es, quizá, un defecto que salta al abasto aquí, de confiar-pero-no-confiar en el Estado, en las instituciones humanas, y de no decir que la única entidad que nos merece confianza de verdad es Dios.
Otra virtud muy relacionada con el compromiso es la lealtad. El compromiso como lealtad entre las partes comprometidas es un compromiso identitario, no hay libertad sin compromiso, hemos escrito al poner como límite de la libertad la asunción de la responsabilidad inherente. La lealtad implica un compromiso, al menos, con nosotros mismos que vamos a permanecer en el tiempo como la parte comprometida. Como hemos apuntado, no hay sujeto sin quién, sin un quién permanente. La lealtad, en primer lugar es, por tanto, la lealtad con nosotros mismos. Yo soy el mismo sujeto a lo largo de toda mi historia, yo soy leal a mí mismo, y yo me conozco como quien soy delante de Dios que me ha creado.
La importancia del sujeto aquí es capital, pero eso también está bajo discusión hoy en día cuando, por ejemplo, se nos propone cambiar de quién, ser distinto. Estamos en una época en la que se presenta un gran contraste, seguimos hablando de contrastes. Hace unos años, yo por lo menos he sido testigo de eso, un compromiso firmado con un apretón de manos mutuo era un compromiso firme, duradero. Hoy eso casi no tiene validez en ningún lado. Para que los compromisos se vean como duraderos y firmes hace falta multitud de testigos, multitud de papeles, una cantidad ingente de burocracia. Esto es así porque la lealtad ya no se da por supuesta. No se ve la lealtad como una virtud importante porque se contraponen lealtad y libertad. ¿No tengo yo libertad para cambiar de opinión?, y se exagera, ¿no tengo yo libertad para cambiar de sujeto?
«A la mayoría de la gente no le da el Estado una confianza total. El Estado es, o ha sido a lo largo de la historia, una entidad sospechosa»
Ahora se habla del cambio de género, y ello, a veces, me hace gracia. Ciertos Estados parece que están muy interesados en que sus súbditos cambien de género con tal de que no le exijan al Estado cambiarse de Estado. Es curioso, yo no tengo libertad para cambiar mi ciudadanía, yo no tengo libertad para elegir el Estado al que pertenecer, en cambio tengo libertad para cambiar de ser, para cambiar de sexo (una confusión, como la veo, de quién y qué). Es raro, pero tenemos aquí la promoción de una crisis de lealtad con uno mismo. No comprendemos el mundo, no comprendemos el tiempo, y a fuerza de perseverar en esa incomprensión acabamos por no comprendernos a nosotros mismos.
La lealtad es también fidelidad. Del quién estamos pasando al qué soy como lo más importante. Es un movimiento en falso, pues lo importante es el quién. Miramos nuestra vida y podemos, a lo largo de los años, cambiar de qués. Yo soy fundamentalmente hijo, como dijimos, eso lo soy siempre, pero hay un momento en que empiezo a vivir en casa propia y no en la de mis padres: cambio de qué, pero no cambio de quién. Somos la misma persona, pero, sin embargo, a fuerza de cambiar qués en plazos cada vez más cortos porque el tiempo pasa más rápido, algunos se plantean por qué no cambiar el quién también. El resultado puede ser un confuso desconocimiento de sí que anula lealtades. Al final, si no somos leales con nosotros mismos tampoco somos leales con Dios, en tanto que creador, de lo que se derivan interesantes pautas de comprensión sobre la crisis ecológica.
Hay una tercera virtud importante que deberíamos traer a colación también aquí, además de la confianza y de la lealtad-fidelidad, y esa virtud es la perseverancia. El compromiso se concreta en la continuidad, en un qué de un quién que es sustantivo, identitario y perenne. Estamos hablando de compromisos que implican perseverancia, radical y totalmente, así el compromiso con nosotros mismos o el compromiso con Dios.
«Para que los compromisos se vean como duraderos y firmes hace falta multitud de testigos, multitud de papeles, una cantidad ingente de burocracia. Esto es así porque la lealtad ya no se da por supuesta»
No podemos ser ajenos al problema que suponen las confusiones identitarias y el hecho de que haya gente que pone sus qués contra su quién. Ello, al punto de sustituir el quién en un afán de ocultación y cambio por disfraces, perfiles, pasos de épocas y fases expresivas diversas. La falta de perseverancia señala muchas instituciones en crisis en nuestro tiempo y hay dos que me gustaría traer ahora a colación. Son la crisis vocacional religiosa y la crisis matrimonial.
¿Por qué hay tanta gente que no aguanta el matrimonio?, ¿por qué hay tanta gente que no aguanta el compromiso con Dios? Quizá porque no entendemos el compromiso. El compromiso es una meta, no una rémora del pasado. Yo soy de a dónde voy, no soy de dónde vengo. Estamos hablando, naturalmente, desde una perspectiva trascendente asumida en la condición de criatura temporal. Si yo soy de a dónde voy, a Dios, a la eternidad, al progreso indefinido, o a la reencarnación, por ampliar destinos, los compromisos humanos en esta vida mortal adquieren otra dimensión, porque van a ser refrendados, examinados, aprobados o suspendidos, en un después tras ese momento crucial de la existencia humana en que se acaba nuestro tiempo. En la perspectiva cristiana, estamos ante el juicio, el juicio final, el momento de verificación (y superación) de nuestra existencia.

Vivimos en el fin de una etapa cultural. Esta época está cambiando, la modernidad está llegando a su fin y, por lo que veo en su epigonía, en la modernidad nos hemos equivocado. Nos hemos equivocado en eso de la libertad, en eso de la fraternidad también, y, de nuevo, en eso de la igualdad. Nos hemos equivocado en la libertad porque no nos hemos fijado en el qué de la libertad, nos hemos equivocado en la igualdad porque no nos hemos fijado en el quién de la igualdad, y nos hemos equivocado en la fraternidad porque hemos olvidado, como ocurre también con el matrimonio, que los compromisos horizontales derivan de la verticalidad.
«El compromiso se concreta en la continuidad, en un qué de un quién, que es sustantivo, identitario y perenne. Hablamos de compromisos que implican perseverancia, radical y totalmente, así el compromiso con nosotros mismos o con Dios»
Leyendo el Evangelio uno se da cuenta de ello. Yo he de amar a mis hermanos porque soy hijo de Dios y ellos también lo son, ese reconocimiento vertical implica un compromiso horizontal, si no existe la referencia a lo vertical ese compromiso horizontal no llega lejos. Y con la libertad pasa lo mismo, se trata de la meta, la libertad no es el proceso, la libertad es el camino hacia la meta. Cuando nos fijamos en el proceso, en el proceso de caminar, nos olvidamos de por dónde caminamos, por eso los filósofos antiguamente decían aquello de que la libertad es para el bien, uno no tiene libertad para el mal. La libertad para el mal es, recordaban, una falacia. El bien es superior a la libertad, y las metas son claras desde la perspectiva de la trascendencia, mientras que, sin embargo, no lo son tanto desde la perspectiva de la mundanidad inmanente, que es la perspectiva en la que se centra esta época que ahora acaba y que llamamos modernidad.
La crisis del compromiso en nuestro tiempo es una crisis de perspectivas, nos estamos olvidando de Dios y al olvidarnos de Dios nos olvidamos de la dimensión vertical de nuestra existencia. Primamos la justicia sobre la caridad porque creemos pensar que el Estado es superior a Dios, confiamos más en el Estado que en Dios porque no hemos pensado lo suficientemente bien quiénes somos, qué hacemos aquí y a dónde vamos. La lealtad está en crisis porque no estamos siendo leales a Dios ni a nosotros mismos. Y la perseverancia porque no sabemos qué es el tiempo, no hemos digerido los cambios de velocidad del tiempo, no entendemos la historia, y sin esos entendimientos es muy difícil perseverar.
Quizá estas reflexiones puedan llevar a centrarnos en lo porvenir. Eso que vendrá tras la modernidad. Y para ello, si estas letras sirvieran para algo, animo a quien me lea a que piense en el compromiso humano. Nunca ha sido como hoy; hoy es distinto. Ese apretón de manos, ese sí quiero, hoy no tienen la validez que han tenido casi siempre. Puede, y esta es mi apuesta, que el defecto radique en nuestro interior, en la falta de comprensión de nosotros mismos como sujetos humanos.

