The Objective
La otra cara del dinero

¿Cuánto se gastaría usted para tener un robot bailón en su salón?

Con su tramposo sistema político-económico, China está creando una burbuja de robots humanoides para los que aún no hay una demanda real

¿Cuánto se gastaría usted para tener un robot bailón en su salón?

Robot bailando en el año nuevo chino | Maxim Shemetov (Reuters)

¿Por qué no hay en los cielos de nuestras ciudades atascos de coches voladores? Blade Runner se estrenó en 1982 y sitúa su trama en 2019. Harrison Ford lo molaba todo al volante de su Spinner. Siete años después de aquel futuro, seguimos soportando los baches cortesía de la racanería inversora (bueno, según para qué) de Puente y compañía. Eric Adams, uno de los frikis en jefe de Wired, resume muy bien el porqué. La razón nuclear: el coste. 

Claro que el coste es relativo. ¿Relativo a qué? Según Marx, al trabajo realizado. O sea, si alguien tarda cinco años en construir un truño, tengo que pagarle una millonada. No sé, no lo veo… Para la economía de mercado, la cosa tiene más que ver con el que paga: con sus necesidades, expectativas y, sobre todo, el coste de oportunidad. O sea, las alternativas. Si un coche volador vale una millonada, aumenta las posibilidades de pegarme un trastazo y tampoco voy a tardar mucho menos que ahora en llegar al curro que mi coche de toda la vida, por mucho que mole un Spinner

Aunque la insistencia de Uber en utilizar drones como taxis voladores puede revitalizar el viejo sueño, da la impresión de que el foco de nuestros frikisueños se ha desplazado hacia los robots humanoides. Como el colega majete y superespabilado de Will Smith en Yo, Robot, más que decente adaptación de la obra del gran Isaac Asimov. Esta se estrenó en 2004, y se sitúa en un 2035 en el que las máquinas con forma humana (más o menos, pero oye, siempre ha habido de todo) son más versátiles que el manitas más espabilado de su barrio. Cocinan, conducen, hacen la compra y hasta cuidan de los niños. Nos queda menos de una década para la desilusión. A menos que…

Los chinos, claro, los chinos. Observen este vídeo de la NBC sobre el Chunwan, la gala oficial para celebrar el Año Nuevo Lunar, que nos metió hace unos días en el Año del Caballo de Fuego. Es como lo que montaban Martes y Trece en aquellos Nocheviejas en las que solo teníamos dos canales para elegir (y el otro era el UHF), pero en la China actual: es el programa más visto del mundo, con un pico de más de 400 millones de espectadores simultáneos. Pico alcanzado con su gran momento empanadilla de Móstoles: unos cuantos robots perfectamente humanoides subieron al escenario y se pusieron a bailar y practicar kung fu. Nadie salió herido. El orgullo nacional creció. El Partido (el Comunista: el único que hay por allí) está contento. 

Supongo que, en China, las autoridades pueden decidir que tener un robot humanoide bailón en tu salón (con perdón) es lo más. Si eres un buen ciudadano, te lo compras, etcétera. Por aquí la cosa no está tan clara. Los británicos, inventores (más o menos) de la economía de mercado tal y como hoy la conocemos, tienden más a la ironía y el pragmatismo que al entusiasmo.  En The Economisttitularon su reseña sobre el despliegue robótico de Beijing: «Los humanoides chinos deslumbran al mundo. ¿Quién los comprará?» Y remataron en el subtítulo: «El mercado de bailarines robot, por desgracia, es limitado». Ese «por desgracia»…  Les encanta meter pullitas.

A ver. Resulta que «el año pasado se entregaron más de 14.500 autómatas en todo el mundo, frente a los aproximadamente 3.000 de 2024». La evolución es brutal. Sobre todo si creemos ciegamente en la ley de Moore, según la cual cada par de años se duplica el número de transistores en un microprocesador, y extrapolamos. Aunque después llegó la analista Lindsay Leveen y rebajó el nivel de cuñadismo acuñando (inevitable la panoranomasia, reconozca) la ley de Demi Moore, en la que Demi se refiere, además de una señora estupenda en mis tiempos mozos, a la palabra francesa para «mitad», y viene a decir que nos relajemos y, cuando analicemos innovaciones, veamos en lejana distancia detalles menos molones como para qué sirven.

El Demi de los robots molones quizá no opere en el caso de estos nuevos robots bailones por una circunstancia fundamental: de esos 14.500 nacidos en 2024, «casi todos procedieron de China». El primer fabricante no chino es Tesla… con 150. Sabiendo eso, aquel bailecito de Elon Musk con el Optimus cuando le dieron el sueldo de un billón de dólares suena más a ruido que a nueces.

Lo de los chinos es otra cosa. Por eso dice The Economist que el asunto «preocupa a algunos en Occidente, que creen que los humanoides se convertirán en algún momento en una de las mayores industrias del mundo». Y nos podríamos estar quedando descolgados de los chinos. Morgan Stanley, nada menos, calcula que para 2050 habrá mil millones. No es por faltarle al respeto a Morgan Stanley, nada menos, pero me recuerda un poco a la pauta de desilusiones aquella entre años de estreno y de escenarios de tramas de Blade Runner y Yo Robot.

El banco añade el tema de la pasta: más de 7,5 billones de dólares al año se supone que nos gastaremos dentro de un cuarto de siglo en robots bailones. «Sin embargo, por ahora, el camino de los robots que dan volteretas hacia atrás a un negocio viable no está claro. Al igual que los asistentes a la gala, la gran mayoría de los humanoides que se compran son puramente para exhibición. Pocos realizan un trabajo real», matizan los aguafiestas de The Economist. Y pronostican que el Estado chino «probablemente seguirá siendo la mayor fuente de demanda durante un tiempo». Pero sin la compra de robots por parte de los gobiernos locales, «sería difícil mantener a flote a los más de 100 fabricantes chinos de humanoides, así como a los miles de proveedores que dependen cada vez más de ellos».

¿Por qué insisten entonces? Porque el Partido puede (y parece disfrutar del ejercicio de tal poder) hackear el mercado con un bonito artefacto fruto de la fusión de liberalismo económico y totalitarismo político. Y así se adelantan. «No es la primera vez que China invierte en una nueva tecnología antes de que exista un mercado sólido para ella», dicen los ingleses. «Pero en el caso de los humanoides podría resultar un costoso desperdicio». Hasta el momento, han conseguido colarlos con provecho en los programas de su TV patriótica y los están metiendo con calzador en la industria. No basta. «El problema radica en que, para convertirse en algo más que un simple entretenimiento, los robots necesitan desplegarse regularmente en entornos donde realizan las mismas tareas que los humanos, lo que les permite recopilar datos con los que pueden ser entrenados. Por eso es tan importante para la industria encontrar situaciones en las que los robots puedan realizar un trabajo real».

Hasta ahora, el papel más importante del gobierno chino es sustituir al todavía incipiente entusiasmo consumista, que se enfría muy capitalistamente cuando el humano de turno mira el precio del robot. El año pasado fue el mayor comprador, y según expertos del sector probablemente seguirá siéndolo este año y el próximo.

Algún valiente se atreve a explicar la realidad. Wang Zhongyuan, de la estatal Academia de Inteligencia Artificial de Beijing, dijo el año pasado que si la producción en masa no se sustenta en la demanda real, el entusiasmo público será efímero, y que si los robots se generalizan antes de ser útiles, la burbuja humanoide estallará. Cuidado, Wang: puedes pagar cara la osadía de creer a tus propios ojos antes que al Partido. 

Yo conocí una vez a un bailón por el que sí pagaría lo que me pidieran. Se llama Ramón. Ramón Bailón. Ya semejante nombre se antoja un hándicap. Total, uno más… Bailón creció en el ambiente más propicio al fracaso y la vida le regaló la propina de un terrible accidente que le costó la amputación de un brazo. Pero tiró para adelante hasta cumplir su sueño de participar en unos Juegos Olímpicos. Es más, se ha hecho un experto en tirar para adelante. En este vídeo, por ejemplo, explica «lo básico que debe hacer un emprendedor». Entre otras cosas, advierte que emprender es «un camino de dolor», para el que hay que estar preparado: la clave es perseverar. 

Ramón Bailón sabe de dolor. No es un robot. No lo puede programar el Partido. Ni está a la venta.

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