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Marca Cataluña

José Antonio Montano

Foto: Manu Fernandez
AP Photo

No sé si los nacionalistas catalanes son conscientes de cómo están arruinando la ‘marca’ Cataluña. Tampoco sé si les importa. Ellos van a lo suyo, en el sentido más cerril de la expresión: como buenos nacionalistas. (Y con un enemigo principal, que no son “los españoles”, sino los catalanes que no son nacionalistas).

Lo de la ‘Marca España’ tuvo su gracia. El temible nacionalismo español del PP se manifestó así: reduciendo los énfasis apoteósicos y metafísicos del “¡Arriba España!” o el “¡Una, Grande y Libre!” a un asunto civil, comercial; de producto que podría encontrarse en las estanterías del Corte Inglés. Era la constatación de que el patriotismo había pasado a ser algo menor, más asequible: un escohotadiano “amigo del comercio”. La idea principal, higieniquísima, es que a la patria hay que sacarle algún dinerillo.

A lo mejor eso es lo patriótico hoy en día. Y lo nacionalista lo contrario: empodrecer el producto. Esa parte fundamental de la Marca España que es Cataluña la están dejando podrida, invendible. Un perjuicio para ellos mismos –los nacionalistas– y para todos.

Mi generación, la de los que éramos niños en la Transición, se crio admirando a Cataluña. Se nos dio (en la enseñanza pública al menos) una visión no nacionalista y sí crítica de la historia de España. Y en esa visión estaba integrada Cataluña como el lugar de España por el que se salía a Europa y por el que entraba Europa…

Y ahora estos palurdos retrógrados, como salidos del pozo español.

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El ciudadano lee

Valenti Puig

Foto: MIGUEL VIDAL
Reuters/Archivo

La política a golpe de “twitter” subordina aún más el ejercicio de la ciudadanía al todo a un euro o al “fast-food”. De forma más súbita que paulatina, dejamos de leer. Aunque un poco más comedido en los últimos tiempos, Donald Trump tuitea ahí donde Demóstenes o Lincoln recurrían a la grandeza de la palabra. Entre las últimas patologías tan agresivas del “twitter”, el nuevo director de los “mossos d’esquadra” en Cataluña hace un año tuiteó que ya era hora de irse de España porque los españoles le daban pena. ¿Qué historia de España habrá leído? ¿Conoce los artículos fundamentales de la Constitución de 1978? ¿Ha leído algo de provecho en toda su vida de agitador independentista?

Nuevos planes para la promoción de la lectura aparecen y reaparecen sin más resultado que la fotografía del político que la lanza, sin más beneficio que el de quienes lo organizan como “marketing” de un evento y con un coste económico tan estéril como erosivo para el dinero público. Así pegamos calcomanías de versos en los cristales del metro, repartimos versiones “soft” de Esquilo y explicamos los lugares comunes de la lectura a adolescentes que están más pendientes de su iPhone. Al hablar del sistema educativo finlandés como modelo a veces se deja de lado que la buena competencia lectora de los alumnos finlandeses algo tiene que ver con el vasto sistema bibliotecario finlandés, muy bien interconectado, de acceso fluido, hasta el punto de que el 80 por ciento de los finlandeses hacen uso regular de las bibliotecas.

También se olvida que en la Europa del siglo XIX, especialmente en Gran Bretaña, la novela era entretenimiento y a la vez un canal para la transmisión de las ideas reformistas. Por ejemplo: viajar en tren duplicó la demanda de novelas y sí fue como aparecieron las librerías en las estaciones ferroviarias, hasta el punto de que en Francia –por ejemplo- surgió una “littérature de gare”, asequible, de lectura placentera aunque con un nivel de estilo que hoy no mantienen ni los autores más celebrados. En la “littérature de gare” se transmitía más una idea del goce que una idea de la reforma. Todo eso desembocó en uno de los grandes inventos del siglo XX que fue el libro de bolsillo.

Las cosas han cambiado. No se ven lectores de libros ni en los trayectos de Vueling ni en los vagones del AVE. Prácticamente, tampoco se ven lectores de prensa. En los chiringuitos de estación hay más chuches que incentivos para la lectura. Sin embargo, la ciudadanía consiste en conocer los problemas de la
sociedad en la que uno vive –algo que favorecían las novelas decimonónicas- y contrastar las distintas formas de solventarlos. ¿Cómo conocer y contrastar según simplifiquen las mínimas pulsaciones de un “twitter”? A diferencia del nuevo director de la policía autonómica de Cataluña, un ciudadano lee. Con
Gutenberg llegó la posibilidad de libre examen. Era una práctica hoy obsoleta, especialmente cuando se es director de los “mossos d’esquadra”.

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Cataluña y la adolescencia política

Andrea Mármol

Foto: RRSS

Cataluña amaneció el 18 de julio de 2017 repleta carteles a lo largo y ancho del territorio con el rostro de un Francisco Franco joven y el lema: ‘No votes, el 1 de octubre, no a la República’. A primera hora, se atribuía la hazaña a organizaciones de extrema derecha que llamaban a boicotear el referéndum ilegal; poco después se supo que la autoría era de una filial del partido antisistema catalán, la CUP, que buscaba aprovechar la fecha del calendario para lanzar un nítido mensaje que a nadie se le escapa: “Franco no participaría el primero de Octubre. ¿Y tú? ¿Qué harás ese día?”

Los carteles no eran una alegoría al dictador, sino que entrañan un toque de atención a los millones de catalanes que no participarán en la movilización independentista que prepara el gobierno autonómico para el 1-O. Por supuesto, la CUP puede hacer gala sin pagar peaje alguno del reduccionismo que entraña señalar a sus conciudadanos como simpatizantes de la dictadura franquista, del mismo modo que estos días, junto a parte importante de la izquierda española, anda dando carta blanca a las comparaciones entre el régimen autoritario de Nicolás Maduro en Venezuela y la democracia española.

Y es que de la lógica binaria que algunos pretenden instalar en Cataluña, claro, no hay que culpar en exclusiva a la CUP. Cuando Carles Puigdemont y Oriol Junqueras se erigen en adalides únicos de la democracia en Cataluña y exigen el apoyo de todos-los-demócrtas-del-mundo (sic), no están dejando a sus adversarios políticos en mejor lugar que los carteles de los antisistema. Es difícil denunciar que alguien hace trampas cuando juegas con varios ases en la manga. Y así, los churumbeles siempre superan al padre político.

Hay, en ese mismo sentido, episodios entrañables en la política catalana más reciente. Recuerdo los altercados en el barrio de Gracia hace algo más de un año: la CUP se negaba a desalojar un local ilegalmente ocupado y protagonizaba un enfrentamiento con la policía autonómica catalana, controlada por el gobierno catalán, que a su vez exigía a los antisistema respeto a la autoridad. Y a la ley. El mismo ejecutivo que ya entonces quería liquidarla. ¿Alguien cree hoy que el PDeCAT o ERC pueden reguir la responsabilidad de que se normalicen los postulados de la CUP?

El desprecio a la ley tiene consecuencias inasumibles para una mayoría de ciudadanos en democracia. Pero no está de más señalar también las causas. Y estas se vislumbran de más nítida manera dentro de la ilusión antisistema: las comparaciones con Franco o con Maduro sólo caben en la mente de alguien que necesita retorcer la realidad para encontrar una excusa que le permita no afrontarla. La realidad es que la ley no hizo mucho más que hacernos libres, lo cual implica que cada desconsuelo y cada insatisfacción y cada caída sólo son hijos de nuestra propia responsabilidad.

Un precio demasiado alto para todo adolescente, más cómodo con alguien a mano a quien culpar de todos sus males y empeñado en renacer en un nuevo mundo revolución mediante cada cinco minutos. En Cataluña muchos que pasaban por adultos han jugado a la adolescencia política: y de aquellos polvos, estos lodos.

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Por los pelos

Guillermo Garabito

El bigote de Dalí ha sido padre. Si logran extraerle algo de ADN de un pelo -más que de un hueso-, el padre en caso afirmativo, digo yo, habrá sido el bigote. Y si resulta negativa la prueba habrá resultado otra fantástica campaña de publicidad para volver a dar actualidad a alguien que nunca la perdió. El ADN de Dalí, en honor a Dalí, habrá de ser un jaleo desoxirribonucleico como el que dibujó Chema Nieto ayer. Como el mismo Salvador. Tanto hablar del bigote, de cuidarlo, de promocionarlo, que el bigote ya cansado pudo haberse independizado del pintor, tener vida propia y engendrar hijos. Ser una simbiosis. Aquel bigote aficionado a las moscas limpias, “como vestidas por Balenciaga”.
En realidad escribir de Dalí hoy o de su bigote es una mera excusa para reclamar la vuelta de “A fondo” a TVE y puestos a exhumar que desentierren y le extraigan una muestra de ADN a Soler Serrano para ver si dejó por ahí algún hijo periodístico con raza que pudiera tomarle el testigo. Aquello era televisión. Y aquello eran entrevistados, todo hay que decirlo. A los que nacimos después de la muerte del genio catalán nos resuena su voz en la cabeza gracias a aquella conversación con Joaquín Soler Serrano. Hoy a Dalí lo entrevistaría Bertín Osborne preguntándole por el jamón más que por el camembert teológico o los huevos fritos. Y Dalí habría contestado como Dalí, con alguna cosa de genio. Pero en la España morbosa del aburrimiento crónico del verano, tanta polémica sobre el extravagante pintor no habrá servido para que nadie se proponga conocer su obra con más detalle o a leer cualquiera de sus libros. Todo queda en el bigote.
Mientras devuelven a Dalí al descanso eterno uno no puede evitar preguntarse sobre qué ocurrirá si resulta que el padre no es Dalí, ni su bigote. Quizá haya que desenterrar también al hermano muerto en 1901 del que heredó el nombre. Puestos a conseguir algo más de vuelo mediático… Porque la “familia me hizo una cosa muy buena y terrible al mismo tiempo. Me llamó con el mismo nombre que al hermano muerto: Salvador.” Y aquello no le encuentro yo el lado bueno, aquello es una putada no exenta de dudoso gusto. La genialidad es una ruta de caminos inescrutables.
Dalí, genio también del marketing. Porque según presumía con esa “humildad” tan suya tenía “cierto instinto profético”. Quién sabe si no será esto su última gran campaña, a falta de barras de pan desmedidas, para volver a darse titulares con sorna.  Al pintor de Figueras todo parecía salirle a partir del bigote, también, quién sabe, una hija pitonisa.

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Glaciares sorpresa

Jesús Nieto Jurado

Foto: POLICE CANTONALE VALAISANNE
AFP

Si en España se nos agrietara un pobre glaciar aparecerían, si es por el Aneto, una ristra de facturas impagadas de los ‘pujoles’. O quizá el cadáver momificado de un autónomo que fue a probar suerte como heladero vegano donde el cielo besa al picacho nevado. En España no quedan glaciares que merezcan la pena, sino una nieve sucia que queda pisada por el polvo sahariano en las zonas umbrías del Veleta cuando voy de senderismo con mi amigo Pulido en un ejercicio de tolerancia sufí y piedras. En Suiza han encontrado, a la sombra derretida de un glaciar, a un matrimonio de pastores que llevaba desaparecido setenta años – lo menos- en la alta montaña. Lo que en España es un ‘guerracivileo’ de cunetas por abrir, en Suiza es un obsequio de los glaciares a las familias grisonas por tantos años de callada neutralidad con vacas y oro. Y esto no es ni bueno ni malo, sino una observación del talante helvėtico, del talante hispano, del cambio climático ese que niegan hasta cuando los osos polares, hoy, se marcan un guaguancó cubano. La montaña tiene a veces estas sorpresas que reconcilian a las familias con sus abuelos, o que abocan al Hombre al canibalismo ultracongelado como pasó en Los Andes y como recordó Risto Mejide con sofá, mala leche y frente de publicista malencarado. Pero es que la imagen que acompaña a esta columna justifica una serranilla suiza, un canto alpino a la justicia poėtica de los glaciares en retroceso. Nunca fueron tendencia las nieves del Kilimanjaro. Pobre Ernest, pobre planeta, pobres suizos y pobre glaciar. Yo ya me voy a un glaciar patagónico a ‘jartarme’ de orfidales y congelarme de lirismo y quedarme pajarillo. Porque después del feminazismo llega el proglaciarismo y ahí sí que me encontrarán en la causa. Frost, claro.

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