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Trump, Nietzsche y el día en que la derechona también se hizo “progre”

Miguel Ángel Quintana Paz

Piense lo que piense la presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, que hace poco afirmaba en un programa de televisión cultural que quedarse con Hayek o con Marx era “anquilosarse” (y ello con el argumento, tan refrescantemente adolescente él, de que son “pensadores del siglo pasado”), algunos seguimos creyendo que no solo los pensadores del siglo XX (como Hayek) o del XIX (como Marx), sino ¡incluso los del siglo IV antes de Cristo!, como Platón o Aristóteles, pueden sernos de ayuda para entendernos. Es más. Voy a intentar esbozar el argumento de que un controvertido autor del siglo XIX, como es Friedrich Nietzsche, podría resultarnos imprescindible para captar mejor las vicisitudes políticas que hoy nos acaecen.

Sé que corro riesgos, claro. Nietzsche ha tenido una pésima fortuna en el modo en que se le ha venido interpretando para la política. Baste decir que en los años 30 se leyó como un autor de la ultraderecha nazi; en los años 60, como un autor de la ultraizquierda francesa; en los años 80, como un autor de la posmodernidad italiana. Aun con esos antecedentes, o precisamente como consecuencia de ellos (¿será que los retos me hacen sentir tan adolescente como a Cifuentes denostar el siglo pasado?), creo que ya es hora de incorporar a Nietzsche a un modo más democrático-liberal de pensar la política. Por ejemplo, acerca de qué nos está pasando con el nuevo presidente electo de los Estados Unidos, don Donald Trump.

Si Nietzsche contemplara nuestro mundo, 116 años después de su muerte, constataría satisfecho en cuántas cosas acertó. Una de ellas es aquello que pensadores más recientes como Robert Hughes o Pascal Bruckner etiquetaron hace pocos lustros como “cultura de la queja”. Por supuesto, siempre han existido quejas entre los humanos; por supuesto, quejarse a menudo es justo o inevitable. Pero lo que a Nietzsche, Hughes y Bruckner les pasma es que vivamos en una sociedad en que parece que la queja es ya el único modo de llamar la atención sobre lo que queremos.

En principio, cuando alguien quiere reclamar algo al resto de la sociedad cuenta con muchos métodos para hacerlo. Puede exhibir su queja, sí; pero también podría argumentar racionalmente, o podría mostrar su alegría por ser como es y pedir a los demás que le respeten ese modo de vida, o podría ofrecer a los demás ventajas si acceden a su reclamación, o podría imaginar otros muchos modos de pedir cosas que no sean arrastrase quejumbroso por calles o platós televisivos. De hecho, en siglos pasados, mostrarse quejica en sociedad resultaba a menudo mal visto, propio de seres con poca entereza moral: lo cual seguramente era injusto muchas veces. Pero de ese exceso hemos pasado al extremo contrario, en que exhibir impúdico tus lamentos parece hacerte ganar cierto prestigio, sin atender mucho a si esos clamores tuyos proceden de verdad o no.

Un ejemplo patente de esta cultura de la queja es la exigencia de que todos utilicemos un lenguaje políticamente correcto, para evitar agraviar sensibilidad alguna cuando hablamos. Otro ejemplo es la reclamación de no criticar públicamente nada que pudiera ofender a los miembros de una u otra religión. Un tercer ejemplo es lo que está sucediendo en las universidades de EE. UU., en que cada vez es más difícil debatir sobre cualquier asunto controvertido (raza, sexo, aborto, violaciones…), con la excusa de que una de las posturas en liza podría “ofender” al auditorio y ello sería un grave error. Naturalmente, no me estoy quejando (sería paradójico que yo lo hiciera justo en este artículo) de que se eviten expresiones groseras y ofensivas cuando hablamos: si el fin del lenguaje “políticamente correcto” es evitar que alguien plague su vocabulario de términos como “maricones” o “putos enanos”, bienvenido sea. Tampoco estoy apoyando las meras invectivas personales a los creyentes de una u otra religión; ni estoy lamentando que en un debate universitario se guarde cierta cortesía. Pero quizá estamos yendo demasiado lejos si vemos como ofensivo que se me olvide decir “todos y todas” cada vez que quiero decir “todos”; o si no puedo criticar ninguna idea religiosa, por descabellada que la vea; o si no podemos debatir en esa institución, la universitaria, que se creó hace ocho siglos justo para que fuera más inteligente hacerlo.

Este cansancio ante la cultura de la queja no solo lo sintió Nietzsche hace más de un siglo; lo sentimos también cada vez más hombres (y mujeres, no se me vaya a quejar alguien) de nuestros días (y nuestras noches, no se me vaya a quejar algún noctámbulo). Hay toda una mentalidad, que muchos solemos denominar “progre” para diferenciarla del verdadero progresismo, que abona este empeño por buscar continuamente motivos de agravio, y que confunde eso con “luchar por la justicia” u otros términos morales rimbombantes. Es sabido que buena parte de la izquierda ha sido abducida por estas preocupaciones, y ha olvidado aquellas otras (sí auténticamente progresistas) que tenían que ver con buscar más libertad, más igualdad y más fraternidad entre todos. Pues poca libertad puedes buscar si prohíbes a la gente cuestionar ciertas cosas; poca igualdad consigues si ciertos grupos tienen derechos especiales a no ser criticados; poca fraternidad creas si la política se convierte en un escrutarnos continuamente unos a otros para ver en qué hemos podido ofender a los demás.

Ahora bien, la novedad de las últimas elecciones norteamericanas ha sido que esta mentalidad de la queja y del agravio continuo ha desbordado vigorosa los límites de la izquierda y se ha aposentado ya robusta entre la derecha. Si algo veo en común entre los variopintos fans de Trump (incluidos los fans que tiene acá en esta península) es precisamente que se sienten agraviados por aquellos que han abusado del recurso de sentirse agraviados. Y con Trump han querido (y han creído) tomarse la revancha.

Frente a las feministas que se quejan por todo, los forofos de Trump se quejan de que estas se quejen por todo, y están dispuestos a seguir a cualquiera, como Trump, que deje claro que no le importan esas primeras quejas, aunque sí las segundas. Frente a los defensores de las minorías étnicas que se quejan si abordas temas para ellas peliagudos, los hinchas de Trump gimotean ante esas quejas y gozan por poder, como su líder, hablar de esos asuntos con toda la falta de tacto que sea posible. Frente a quienes se quejan de un lenguaje presuntamente irrespetuoso, los admiradores de Trump se quejan de esos quejicas y exhalan grititos de placer cada vez que su cabecilla se muestra nítidamente grosero. “¡Por fin es la nuestra!”, trompetean de un modo u otro todos los trumpetianos, sin darse cuenta de que esa es la frase que Nietzsche identificó como la más típica del resentido.

Y sin darse cuenta de que una vez que ya están resentidos los negros y los blancos; los inmigrantes recién llegados y los que llegaron hace tres siglos; los homosexuales, bisexuales, intersexuales, asexuales y los que se sienten molestísimos por tener que aprenderse tantas diversidades sexuales; los que estudiaron más y los que estudiaron menos; entonces, justo entonces, la cultura de la queja y del resentimiento ha triunfado del todo. Y hará falta tener cualidades extraordinarias, supercualidades, diría Nietzsche, para escapar de tanto lodo que ya no ofrece punto de apoyo alguno a los que, aparte de quejarnos, hemos venido a la vida a otras cosas.

Lo que Trump (y algún otro) aprendió de Nixon

Antonio García Maldonado

El presidente Trump es pionero en Estados Unidos en la impudicia con la que exhibe su ignorancia y sus “ideas” retrógradas. A su lado, los villanos políticos que hemos tenido los progresistas hasta hace pocos años –Reagan, Thatcher, Bush hijo– parecen émulos de Olof Palme o Willy Brandt. Trump ha conseguido que los que creemos que el Estado tiene un papel esencial recordemos con melancolía a quien dijo aquello de que “el Gobierno es el problema, no la solución”. Sin embargo, el asunto de la Russian-Connection no muestra una práctica nueva, aunque se trate mediáticamente como tal en muchos casos.

Escandalizarse por las estrategias diplomáticas –más o menos explícitas– con la que todos los países intentan influir en otros de acuerdo a sus intereses estratégicos es más una muestra de ignorancia histórica que de sagacidad analítica. Putin tiene sus hackers y falsos diplomáticos como Kissinger tuvo a los suyos azuzando a lo más retrógrado del estamento militar de América Latina en la década de 1970. El Plan Cóndor no influyó sobre el resultado de unas elecciones; directamente acabó con ellas e instauró dictaduras represivas durante algunos lustros.

Pero no sólo no es nueva desde Estados Unidos; tampoco lo es en Estados Unidos. Trump parece aquí un alumno aventajado de uno de los políticos más turbios de la historia reciente, Richard Nixon. El candidato republicano, que en 1968 aspiraba a suceder a Lyndon Johnson (que no se presentaba a la reelección) tuvo noticia de que el Gobierno ultimaba un acuerdo de paz con Vietnam del Norte. Dirty Dick y sus asesores pensaron que aquello podría acabar con su campaña y enviaron emisarios a Vietnam para convencer a los dirigentes del país con el que estaban en guerra para que no firmaran aquel pacto. Que él les daría más una vez llegara a la Casa Blanca. Los vietnamitas se retiraron de un acuerdo que estaba hecho, para ira de Johnson, a quien los servicios de contrainteligencia habían avisado de los manejos de Nixon, que ganaría las elecciones. La grabación de la llamada de Johnson a Nixon en la que el primero acusa y el segundo se indigna por la acusación es un monumento sonoro al cinismo político.

Y hay otro caso reciente, que si no ha tenido más repercusión interna y externa es por el bien tan preciado que se busca salvaguardar: la paz en Colombia tras el acuerdo con la guerrilla más antigua de América Latina, las FARC. En las elecciones presidenciales en las que el presidente Santos consiguió la reelección, en 2014, la inteligencia colombiana tuvo conocimiento de que nada menos que el candidato del uribismo, Óscar Iván Zuluaga, había mantenido una reunión con un hacker a su servicio, quien estaba comprando información confidencial a funcionarios de inteligencia y militares corruptos, y que además había intervenido los correos de los negociadores gubernamentales en La Habana. El vídeo en el que el hacker le explica al candidato las ilegalidades que hace, ante la tranquilidad de éste, está disponible en Youtube. La idea nixoniana era boicotear el proceso. Curiosamente, la contrainteligencia colombiana utilizó a un español para desenmascarar toda esta estrategia uribista. Los implicados, aunque no el candidato Zuluaga, están en la cárcel. Una idea de patriotismo compartida con Nixon y Trump.

PS: ayer se cumplieron 26 años del intento de asesinato del presidente Reagan que le perforó el pulmón y a punto estuvo de acabar con su vida. Había llegado a la presidencia unos meses antes. El régimen de Jomeini no liberó a los 66 rehenes americanos que habían sido secuestrados en Irán hasta que Carter abandonó el Despacho Oval, con intención de humillarlo. Reagan, en cambio, envió días después a Carter a Alemania para que recibiera a los rehenes, porque había sido él quien había hecho la gestión y padecido el desgaste. Le cedió la medalla. Un republicano y un demócrata. Voilà le patriotisme.

Las 7 superpotencias culturales están en Florencia (y España no es una de ellas)

Redacción TO

Foto: Maurizio Degl Innocenti
AP Photo

La ciudad de Florencia acoge este jueves y viernes la primera reunión del G7 dedicada a la cultura, una iniciativa impulsada por Italia, un país que busca posicionarse en el primer plano de la defensa del patrimonio mundial. “En el origen de este proyecto está una evaluación que hicimos para el gobierno y que muestra que Italia dispone de un liderazgo cultural debido a la importancia de su patrimonio”, ha defendido Dario Franceschini, ministro italiano de Cultura.

Las 7 superpotencias culturales están en Florencia (y España no es una de ellas) 1
Irina Bokova, directora general de la UNESCO, siendo recibida por el alcalde de Florencia, Dario Nardella. | Foto: Maurizio degli Innocenti/AP Photo

“Italia busca transformar esta fuerza en acción en el plano internacional para introducir la noción de diplomacia cultural en la agenda de las naciones”, ha agregado. Este encuentro se celebra coincidiendo con la presidencia italiana del G7, cuyos jefes de Estado se reunirán a finales de mayo en la ciudad siciliana de Taormina.

En la reunión de dos días, los ministros de Cultura de los siete países se van a juntan en la ciudad de la Toscana para debatir el tema de la “cultura como instrumento de diálogo de los pueblos“. El jefe del gobierno italiano, Paolo Gentiloni, ha abierto oficialmente la cita cultural.

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Una reproducción del Arco del Triunfo de Palmira, en la Piazza della Signoria en Florencia | Foto: Maurizio Degl’ Innocenti/AP Photo

Franceschini ha destacado que los trabajos de preparación de esta cumbre deberían terminar en la elaboración de un documento final que perpetúe las reuniones del G7 en materia de cultura. “La atención de la opinión pública sobre la salvaguardia del patrimonio aumentó después de eventos traumáticos como la destrucción del sitio de Palmira por la organización Estado Islámico”, ha explicado el ministro italiano. El G7 reúne a Estados Unidos, Japón, Alemania, Francia, Reino Unido, Canadá e Italia.

España no forma parte del grupo, a pesar de ser el tercer país del mundo en bienes materiales declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, con 45, sólo por detrás de Italia (51) y China (48), también ausente.

Los tiempos cambian... quién sabe hacia dónde

Víctor de la Serna

Foto: Michael Buholzer
Reuters/File

Fue hace medio siglo largo, y los chavales del ‘baby boom’ -hoy provectos ancianos- emulábamos con entusiasmo a Bob Dylan y nos desgañitábamos: “The times – they are a-changin’!”. Y poco más tarde llegaba la ópera-rock ‘Hair’ a remacharlo: “This is the dawning of the Age of Aquarius!”…

El cambio ha sido nuestro ‘leitmotiv’ desde los años 60. Su embrujo fue tan grande que una simpleza tan grande como “Por el cambio” se convirtió en magnífico lema electoral para el PSOE. Pero, ¿saben?, lo que vemos los provectos ancianos es que, sí, cambios hemos tenido. Pero nunca los previstos. Apliquémonos el cuento hoy.

Hace justo 50 años esperábamos la era de la paz y del amor fraterno: “When the Moon is in the seventh house and Jupiter aligns with Mars, then peace will guide the planets and love will steer the stars”… Pero de inmediato tuvimos una Guerra de los Seis Días, un enconamiento -que hoy perdura- de los conflictos en Cercano y Medio Oriente y dos crisis del petróleo seguidas, que nos dejaron para el arrastre a la vez que el islamismo radical se adueñaba de Irán, uno de los países entonces más avanzados de aquella zona que desde entonces tiene en vilo al mundo.

Otro cambio del que esperábamos mucho tras mil trepidaciones -que si el muro de Berlín, que si aquel golpe anti-perestroika que no se frustró hasta que el bravo Boris Yeltsin se encaramó a un tanque y lo paró- fue el colapso del comunismo, antesala de un triunfo de la economía liberal de mercado, de las mañanas capitalistas que cantan. Y no digamos cuando se descubrió la varita mágica llamada internet. Pero esa burbuja tecnológica estalló en 2000, y la de la economía dizque liberal, que resultó estar montada sobre el ladrillo y la deuda y los esquemas piramidales, en 2008. Y nuestro mundo feliz, cuasi huxleyano, se fue al garete.

Ahora los cambios que se esperan son más oscuros, más impenetrables para el común de los mortales, aún anonadados por la última crisis. Tan anonadados que absurdidades como Donald Trump se hacen realidad. Que dicen los gurús de la inteligencia artificial que ya les quedan tres telediarios a los humanos, que nunca más se volverá a crear empleo de calidad, que nuestra raza probablemente pasará a un segundo plano frente a los robots antes de fin de siglo. Y los nuevos héroes son personajes casi extraterrestres -al menos, para nosotros, los provectos ancianos- como ese Elon Musk que asegura que vamos a poder subirnos las Siete Revueltas del puerto de Navacerrada soltando el volante del coche y sin despeñarnos, porque el coche ya no nos necesitará…

En fin: que nuestra esperanza es que este nuevo cambio, que se anuncia verdaderamente telúrico, siga el ejemplo de los anteriores y, por lo menos, no acabe ciñéndose a lo anunciado. Y que, por una vez, salga mejor de lo que se espera.

La razón científica tras el escepticismo en torno al cambio climático

Cecilia de la Serna

Foto: FRANCOIS LENOIR
Reuters

El líder de la primera potencia mundial es un escéptico. Concretamente, no cree en el cambio climático. Donald Trump firmaba el pasado lunes un decreto que daba marcha atrás en muchas de las medidas tomadas por su antecesor, Barack Obama, para proteger el medio ambiente. Con ello, retrocedía así en un tema que la mayoría de científicos coinciden en calificar de urgencia a escala global.

Lo que hace Trump con la rectificación de las medidas medioambientales de la Administración Obama es hacerse eco de las opiniones de muchos votantes conservadores. Responde así a los deseos de gran parte de su electorado, repleto de escépticos del cambio climático. ¿Por qué abunda este escepticismo, a pesar de la abrumadora evidencia científica del calentamiento global?

Según unas recientes revelaciones, la negación del cambio climático tiene mucho que ver con el tiempo que hace. En un estudio publicado en las Actas de la Academia Nacional de Ciencias estadounidense, los investigadores han descubierto que las personas situadas en partes del país que han experimentado más temperaturas mínimas récord que máximas desde el año 2005, son menos propensas a creer en el cambio climático.

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Siempre hay que mirar el panorama general cuando hablamos de cambio climático. | Foto: NASA

El autor principal del estudio, Robert Kaufmann de la Universidad de Boston, explica que quería “convencer definitivamente a la gente de la realidad del cambio climático”. Para ello, debía demostrar que las temperaturas récord en las máximas ganaban a las récord en las mínimas. El laboratorio de Kaufmann desarrolló TMax, una medida de niveles récord basados en datos de las estaciones meteorológicas locales. Cuando Kaufmann vio los datos de TMax trazados en un mapa, tuvo una revelación casi instantánea. “Esto se parece a los mapas que he visto de personas que no creen en el cambio climático”, pensó. Él y su laboratorio compararon su mapa con uno generado por el coautor del estudio, Peter Howe, en la Universidad de Utah, basado en cómo 12.000 personas en todo el país respondían a la siguiente pregunta: “¿Está ocurriendo el calentamiento global?”. Resultaba que, donde las mínimas récord ganaban a las máximas, el porcentaje de gente que creía en el cambio climático era considerablemente inferior que en otras zonas. Esto responde, según Kaufmann, a un proceso lógico de la comprensión humana. “Una vez la gente se convence de algo, es fácil que ignore la evidencia ya que contradice su entendimiento”, explica.

“El tiempo que experimentamos en un momento concreto es un indicador muy pobre de los cambios a largo plazo en nuestro clima”

– Paul Egan, científico de la Universidad de Nueva York

Para Paul Egan, científico de la Universidad de Nueva York, “el tiempo que experimentamos en un momento concreto es un indicador muy pobre de los cambios a largo plazo en nuestro clima”. “Es una distracción del serio problema y el desafío que presenta el cambio climático”, añade.

Este estudio demuestra la necesidad que tiene la comunidad científica de comunicar correctamente el grave problema que supone este desafío medioambiental. Especialmente cuando las políticas que proponen los grandes líderes constituyen un retroceso y un castigo inmerecido para las próximas generaciones.

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