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Trump, Nietzsche y el día en que la derechona también se hizo “progre”

Miguel Ángel Quintana Paz

Piense lo que piense la presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, que hace poco afirmaba en un programa de televisión cultural que quedarse con Hayek o con Marx era “anquilosarse” (y ello con el argumento, tan refrescantemente adolescente él, de que son “pensadores del siglo pasado”), algunos seguimos creyendo que no solo los pensadores del siglo XX (como Hayek) o del XIX (como Marx), sino ¡incluso los del siglo IV antes de Cristo!, como Platón o Aristóteles, pueden sernos de ayuda para entendernos. Es más. Voy a intentar esbozar el argumento de que un controvertido autor del siglo XIX, como es Friedrich Nietzsche, podría resultarnos imprescindible para captar mejor las vicisitudes políticas que hoy nos acaecen.

Sé que corro riesgos, claro. Nietzsche ha tenido una pésima fortuna en el modo en que se le ha venido interpretando para la política. Baste decir que en los años 30 se leyó como un autor de la ultraderecha nazi; en los años 60, como un autor de la ultraizquierda francesa; en los años 80, como un autor de la posmodernidad italiana. Aun con esos antecedentes, o precisamente como consecuencia de ellos (¿será que los retos me hacen sentir tan adolescente como a Cifuentes denostar el siglo pasado?), creo que ya es hora de incorporar a Nietzsche a un modo más democrático-liberal de pensar la política. Por ejemplo, acerca de qué nos está pasando con el nuevo presidente electo de los Estados Unidos, don Donald Trump.

Si Nietzsche contemplara nuestro mundo, 116 años después de su muerte, constataría satisfecho en cuántas cosas acertó. Una de ellas es aquello que pensadores más recientes como Robert Hughes o Pascal Bruckner etiquetaron hace pocos lustros como “cultura de la queja”. Por supuesto, siempre han existido quejas entre los humanos; por supuesto, quejarse a menudo es justo o inevitable. Pero lo que a Nietzsche, Hughes y Bruckner les pasma es que vivamos en una sociedad en que parece que la queja es ya el único modo de llamar la atención sobre lo que queremos.

En principio, cuando alguien quiere reclamar algo al resto de la sociedad cuenta con muchos métodos para hacerlo. Puede exhibir su queja, sí; pero también podría argumentar racionalmente, o podría mostrar su alegría por ser como es y pedir a los demás que le respeten ese modo de vida, o podría ofrecer a los demás ventajas si acceden a su reclamación, o podría imaginar otros muchos modos de pedir cosas que no sean arrastrase quejumbroso por calles o platós televisivos. De hecho, en siglos pasados, mostrarse quejica en sociedad resultaba a menudo mal visto, propio de seres con poca entereza moral: lo cual seguramente era injusto muchas veces. Pero de ese exceso hemos pasado al extremo contrario, en que exhibir impúdico tus lamentos parece hacerte ganar cierto prestigio, sin atender mucho a si esos clamores tuyos proceden de verdad o no.

Un ejemplo patente de esta cultura de la queja es la exigencia de que todos utilicemos un lenguaje políticamente correcto, para evitar agraviar sensibilidad alguna cuando hablamos. Otro ejemplo es la reclamación de no criticar públicamente nada que pudiera ofender a los miembros de una u otra religión. Un tercer ejemplo es lo que está sucediendo en las universidades de EE. UU., en que cada vez es más difícil debatir sobre cualquier asunto controvertido (raza, sexo, aborto, violaciones…), con la excusa de que una de las posturas en liza podría “ofender” al auditorio y ello sería un grave error. Naturalmente, no me estoy quejando (sería paradójico que yo lo hiciera justo en este artículo) de que se eviten expresiones groseras y ofensivas cuando hablamos: si el fin del lenguaje “políticamente correcto” es evitar que alguien plague su vocabulario de términos como “maricones” o “putos enanos”, bienvenido sea. Tampoco estoy apoyando las meras invectivas personales a los creyentes de una u otra religión; ni estoy lamentando que en un debate universitario se guarde cierta cortesía. Pero quizá estamos yendo demasiado lejos si vemos como ofensivo que se me olvide decir “todos y todas” cada vez que quiero decir “todos”; o si no puedo criticar ninguna idea religiosa, por descabellada que la vea; o si no podemos debatir en esa institución, la universitaria, que se creó hace ocho siglos justo para que fuera más inteligente hacerlo.

Este cansancio ante la cultura de la queja no solo lo sintió Nietzsche hace más de un siglo; lo sentimos también cada vez más hombres (y mujeres, no se me vaya a quejar alguien) de nuestros días (y nuestras noches, no se me vaya a quejar algún noctámbulo). Hay toda una mentalidad, que muchos solemos denominar “progre” para diferenciarla del verdadero progresismo, que abona este empeño por buscar continuamente motivos de agravio, y que confunde eso con “luchar por la justicia” u otros términos morales rimbombantes. Es sabido que buena parte de la izquierda ha sido abducida por estas preocupaciones, y ha olvidado aquellas otras (sí auténticamente progresistas) que tenían que ver con buscar más libertad, más igualdad y más fraternidad entre todos. Pues poca libertad puedes buscar si prohíbes a la gente cuestionar ciertas cosas; poca igualdad consigues si ciertos grupos tienen derechos especiales a no ser criticados; poca fraternidad creas si la política se convierte en un escrutarnos continuamente unos a otros para ver en qué hemos podido ofender a los demás.

Ahora bien, la novedad de las últimas elecciones norteamericanas ha sido que esta mentalidad de la queja y del agravio continuo ha desbordado vigorosa los límites de la izquierda y se ha aposentado ya robusta entre la derecha. Si algo veo en común entre los variopintos fans de Trump (incluidos los fans que tiene acá en esta península) es precisamente que se sienten agraviados por aquellos que han abusado del recurso de sentirse agraviados. Y con Trump han querido (y han creído) tomarse la revancha.

Frente a las feministas que se quejan por todo, los forofos de Trump se quejan de que estas se quejen por todo, y están dispuestos a seguir a cualquiera, como Trump, que deje claro que no le importan esas primeras quejas, aunque sí las segundas. Frente a los defensores de las minorías étnicas que se quejan si abordas temas para ellas peliagudos, los hinchas de Trump gimotean ante esas quejas y gozan por poder, como su líder, hablar de esos asuntos con toda la falta de tacto que sea posible. Frente a quienes se quejan de un lenguaje presuntamente irrespetuoso, los admiradores de Trump se quejan de esos quejicas y exhalan grititos de placer cada vez que su cabecilla se muestra nítidamente grosero. “¡Por fin es la nuestra!”, trompetean de un modo u otro todos los trumpetianos, sin darse cuenta de que esa es la frase que Nietzsche identificó como la más típica del resentido.

Y sin darse cuenta de que una vez que ya están resentidos los negros y los blancos; los inmigrantes recién llegados y los que llegaron hace tres siglos; los homosexuales, bisexuales, intersexuales, asexuales y los que se sienten molestísimos por tener que aprenderse tantas diversidades sexuales; los que estudiaron más y los que estudiaron menos; entonces, justo entonces, la cultura de la queja y del resentimiento ha triunfado del todo. Y hará falta tener cualidades extraordinarias, supercualidades, diría Nietzsche, para escapar de tanto lodo que ya no ofrece punto de apoyo alguno a los que, aparte de quejarnos, hemos venido a la vida a otras cosas.

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Ser un príncipe ‘moderno’ en Arabia Saudita

Redacción TO

Foto: Saudi Press Agency
Reuters

El pasado 4 de noviembre más de 200 personas fueron detenidas en Arabia Saudita sin acusaciones formales ni procedimientos jurídicos. Entre ellas, príncipes, ministros e importantes hombres de negocios cayeron en una operación anticorrupción lanzada por una comisión presidida por el príncipe heredero, Mohamed bin Salmán, que ha tomado ciertas medidas para introducir cambios inéditos en el país como llevarlo de una economía dependiente del petróleo a una diversificada.

Al joven de 32 años no le titubeó la mano. Entre los nombres de los arrestados destacan el de uno de los inversores más poderosos del mundo: el príncipe Alwalid Bin Talal, quien tiene intereses en compañías como Citigroup, 21st Century Fox y Twitter, y el del príncipe Mutaib bin Abdalá, el hijo favorito del difunto rey Abdalá.  Poco antes de las detenciones, Mutaib bin Abdalá había sido retirado de su puesto como jefe de la Guardia Nacional.

Según apuntan medios locales, con esta acción el príncipe heredero y principal asesor del rey Salmán, logró poner bajo su control a los tres servicios de seguridad del país: el Ejército, los servicios de seguridad interna y la Guardia Nacional. Por décadas estos poderes se habían distribuido entre las ramas del clan de la casa de Saúd para mantener un equilibrio de poder.

Con la ‘purga’, Bin Salmán supuestamente intenta combatir uno de los principales problemas que sufre el país: la corrupción. Sin embargo, esta acción ha preocupado a observadores internacionales y a los propios ciudadanos que la han considerado como una “apuesta muy arriesgada”. Incluso algunos lo acusan de buscar “desestabilizar la región” y de pretender deshacerse de personas que no apoyan sus reformas e ideas.

En cambio, otros como el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, le han dado su apoyo. Un día después de la operación, Trump escribió en su Twitter: “Tengo mucha confianza en el rey Salmán y en el príncipe heredero que saben perfectamente lo que están haciendo”. “¡Algunos de los que son tratados duramente han exprimido a su país durante años!”, añadió.

Quebrantamiento de la línea de sucesión 

En junio de este año, el rey Salmán bin Abdulaziz designó a su hijo “preferido” Mohamed bin Salmán como príncipe heredero, relevando en el cargo y en la línea sucesoria a su sobrino y príncipe Mohamed bin Nayef, según un decreto real. Con esta medida, el rey quebró por primera vez la línea de descendencia aunque contó con el apoyo de 31 de los 34 miembros del Consejo de Lealtad, órgano creado en 2006 por el entonces monarca Abdullah Bin Abdulaziz al Saud para dirimir sobre cuestiones sucesoriales.

En aquel decreto, el rey también ordenó enmendar el segundo párrafo del régimen del Consejo de Lealtad, en el que se determina que el Gobierno debe ser ejercido por los hijos del fundador del reino, Abdelaziz bin Abdelrahman al Faisal al Saud, y agregó que pueden dirigir el país sus nietos.

Mohamed bin Salmán podría convertirse en una de las figuras más poderosas del mundo árabe. The New York Times destaca que, hasta el momento, ha bloqueado a la vecina Catar, ha acusado a Irán de actos de guerra y ha alentado la renuncia del primer ministro libanés. Y en Yemen, sus fuerzas armadas están luchando en el conflicto religioso de esa nación contra una facción de hutíes alineados con Irán. 

Al ser el principal asesor del rey, se dice que ha movido los hilos de sus drásticas decisiones, como la transformación de algunos ministerios, entre ellos el de Economía, y la destitución de algunos líderes de la vieja guardia. Como ejemplo, en mayo del año pasado, Alí al Naimi, que estuvo por dos década a la cabeza del Ministerio de Petróleo, fue relevado por el presidente de la petrolera estatal Aramco, Jalid al Falih, un estrecho aliado del príncipe.

¿Mayores posibilidades para las mujeres?

Mohamed bin Salmán antes de ser designado como heredero al trono,  ya contaba con el puesto de ministro de Defensa. Es el hombre más joven del mundo en ejercer ese cargo. Aunque pertenece a una de las corrientes musulmanas más conservadoras, el wahabismo, Bin Salmán ha elogiado un “islam moderado” en el que las mujeres tendrán mayores derechos.

De acuerdo a una medida que ya ha sido aprobada, las saudíes podrán conducir a partir de junio de 2018 en el único país en el mundo que todavía mantiene la prohibición. Otro de los cambios ‘aperturistas’ fue anunciado en octubre, cuando el Gobierno dijo que autorizará a las mujeres a asistir a estadios deportivos. De momento, el próximo año podrán ir a tres recintos pero solo junto a sus maridos.

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Arabia Saudita es el único país que aún prohibe a las mujeres conducir| Foto: Faisal Al Nasser / Reuters

¿Una ‘Visión 2030’?

En el programa de Gobierno del príncipe Bin Salamán presentado en abril de 2016, llamado ‘Visión 2030’, se menciona explícitamente la intención de “empoderar a las mujeres y hacer efectivo su potencial” con el objetivo de elevar su participación en la fuerza de trabajo y la productividad nacional.

Para el monarca esto se traduce en aumentar la participación femenina en el mercado laboral de 22% a 30%, como lo recoge el documento. Esta cifra forma parte de los índices que el Foro Económico Mundial ha usado para situar a Arabia Saudí en el puesto 138 de 145 países respecto a las oportunidades y participación económica de las mujeres, a pesar de que el 60% de los estudiantes que se gradúan de carreras universitarias son chicas, según la OECD.

A pesar de las promesas, Human Rights Watch ha denunciado que no ha sido concretada la orden real de abril de este año en la que se autorizó suavizar la tutoría del hombre a la que están sometidas las saudíes. En el reino del Golfo ellas todavía deben contar con la autorización de un tutor hombre, que generalmente es su padre, esposo o hermano, para poder viajar, estudiar, sacarse el pasaporte, contraer matrimonio o incluso salir de la cárcel tras haber cumplido alguna condena. De modo, que hasta que las cosas no cambien en la práctica, las ofertas del príncipe serán palabras al viento.

Transformaciones económicas

Otro de los principales giros que busca el príncipe y que también está plasmado en ‘Visión 2030’ es convertir a Arabia Saudita en una economía diversa, no dependiente del petróleo, como lo ha sido hasta ahora. Para ello pretende privatizar la petrolera Aramco.  “En Arabia Saudita hemos desarrollado una adicción al petróleo”, expresó Salmán en una entrevista con la televisora estatal Al Arabiya. Por su parte,  la BBC señala que lograr que el país se sobreponga a esa dependencia no será fácil ya que obtiene más de 70% de sus ingresos por la venta de crudo. Además, entre otro de sus objetivos económicos, está aumentar la aportación del sector privado al PIB a un 65% en 2030 (actualmente es de 40%).

Más novedades

El llamado ‘príncipe detrás del trono’ ha anunciado la restricción de facultades de la policía religiosa llamada ‘Comité de la propagación de la virtud y prevención del vicio’, cuerpo de encargado de aplicar la estricta versión saudí de la sharia. Además de las anteriores, otra muestra de ‘modernidad’ que llamó la atención de los medios fue cuando Mohamed visitó al fundador de Facebook, Marck Zuckerberg, con vaqueros en vez de su túnica blanca, y su reciente encuentro con el co-fundador de Microsoft, Bill Gates.

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El príncipe se reunió recientemente con el co-fundador de Microsoft, Bill Gates. | FOTO: Reuters Handout

Estas reuniones con los ‘reyes de la tecnología’ posiblemente forman parte de sus planes de modernizar la nación. El más ambicioso hasta el momento es el de construir una nueva metrópolis que se extenderá por tres países y costará 500.000 millones de dólares. El proyecto, llamado NEOM, fue anunciado en una conferencia de inversiones. 

De modo que ser un príncipe moderno en Arabia Saudita está lleno de matices. El joven abogado deberá enfrentar a algunos clérigos que no concuerdan con sus ideas ‘vanguardistas’, a una élite empresarial acostumbrada a subsidios estatales y tendrá que crear planes más concretos para la materialización de sus objetivos. Además, sus decisiones en cuanto a mejorar los derechos de la mujer aún están muy lejos de parámetros dispuestos por las organizaciones defensoras.

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"Si los 'dreamers' fueran noruegos y no latinos, las deportaciones no se aplicarían"

Lidia Ramírez

Foto: Casa América

Hay un grupo de unas 800.000 personas en Estados Unidos cuyos derechos se verán menoscabados en menos de cuatro meses. Donald Trump ha decidido acabar con el programa DACA (Acción Diferida para los Llegados en la Infancia), aprobado por Barack Obama en 2012, y que daba estatus legal temporal a los inmigrantes indocumentados que llegaron con sus padres a Estados Unidos cuando eran niños. Estos niños, hoy jóvenes de entre 20 y 30 años, son los conocidos como dreamers.

Así, desde que Trump anunciara el fin de este programa, que entrará en vigor el próximo 5 de marzo de 2018, las batallas legales se suceden en el Congreso para que aprueben la propuesta de ley Dream Act, un proyecto legislativo bipartidista, que se debatió en el congreso estadounidense, junto a la Reforma migratoria, que abriría un camino hacia la ciudadanía estadounidense a estudiantes indocumentados que hubiesen llegado a Estados Unidos siendo menores de edad. Una propuesta de ley que lleva 12 años en estudio.

"Si los 'Dreamers' fuesen noruegos y no latinos la deportaciones no se aplicarían" 1
Dreamers participan en una manifestación para que se apruebe la ley Dream Act, Washington. | Foto: Joshua Roberts/Reuters

Una de las figuras claves en esta batalla por defender los derechos laborales, humanos y civiles de la comunidad hispana es Héctor E. Sánchez Barba, uno de los líderes latinos más importantes de Estados Unidos y presidente de la Agenda Nacional de Liderazgo Hispano (NHLA), una coalición integrada por las 40 principales organizaciones latinas nacionales, además de director ejecutivo del Consejo Sindical para el Avance del Trabajador Latinoamericano (LCLAA). “En la historia de Estados Unidos ha habido muchos presidentes racistas, pero ninguno como Trump. Él es abiertamente racista”, apunta a The Objective el líder latino antes de dar una conferencia en Casa América, quien también asegura que Donald Trump es el único presidente con el que no han conseguido reunirse. “Es una de las personas mas ignorantes en temas de política en la historia del país”, agrega, “pero se ha armado de un grupo de personas que entiende el Congreso a la perfección, eso sí: todas estas voces son extremistas“.

Para Barba, que nació en México, concretamente en la ciudad de Celaya, en el estado de Guanajuato, y que cruzó hace algunas décadas la frontera que ahora Trump quiere tapiar con un muro de cemento, el fin de DACA  es claramente una cuestión racista. “Si los dreamers fuesen noruegos y no latinos DACA no se aplicaría”, apunta. Y es que para el presidente de NHLA esto es un reflejo más de que el mandatario americano “va a cumplir toda la locura que prometió, destruyendo lo construido durante tanto tiempo”.

“Trump representa una crisis mundial que va a desbastar muchas cosas”

El futuro de los dreamers es ahora toda una incógnita, porque a partir del próximo 5 de noviembre unas 800.000 personas “entrarán en una burbuja”, volverán a salir del estatus legal y volverán a la categoría de indocumentados. A partir de ese momento, miles de jóvenes bien formados, que hablan un perfecto inglés, con carreras universitarias y con trabajos en los diferentes sectores que ofrece el mercado estadounidense perderán sus puestos de trabajo y, en el peor de los casos, serán deportados a sus países de origen, la mayoría destinos con altos niveles de pobreza, desempleo y delincuencia, como puede ser México, de donde proceden la mayoría de estos jóvenes.

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Defensores de los derechos de los inmigrantes sostienen pancartas que piden la aprobación de la ley Dream Act, Miami | Foto: Lynne Sladky/AP

Así, las razones para impedir que esto suceda son tan morales como económicas, porque según un análisis del Center for American Progres (CAP), si los jóvenes acogidos a DACA perdieran sus permisos de trabajo y empleos, el Producto Interno Bruto (PIB) se reduciría en 433.400 millones de dólares en los siguientes 10 años. Pero más allá de los 800.000 dreamers amparados por DACA, si consiguen aprobar la ley Dream Act, 1,9 millones de trabajadores emprenderían un camino hacia el estatus legal, lo que añadiría un total de 22,7 mil millones de dólares anuales al PIB del país. Para Héctor Sánchez Barba, “acabar con DACA y no aprobar el Dream Act sería un golpe muy serio a la economía nacional. Ellos pagan impuestos, contribuyen al estado, compran casas, coches, son un espacio muy importante para la economía del país”.

Por otro lado, el presidente y directivo de NHLA y LCLAA destaca el caballo de batalla de los grupos migratorios. “En la comunidad latina hay mucha sed de participación. Las movilizaciones que están teniendo lugar ahora son comparables a las que veíamos en los 60 llevadas a cabo por la población negra y afroamericana”.

Los dreamers están escribiendo así un nuevo capítulo de la historia de Estados Unidos. Un asunto de elevada carga política, económica y social que corre el riesgo de girarse en contra de Trump.

 

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A propósito del viaje de Trump: es tiempo de creerse el cuento chino

Andrés Miguel Rondón

Foto: Thomas Peter
EFE

La verdad sea dicha, no hacía falta que Trump fuese a China para recordarnos que estamos ante el ocaso de la supremacía norteamericana. Ya algunos morbosos lo sabíamos. Su retórica populista, prepotente, derrotista, su proveniencia del mundo de la “reality tv” y los tabloides neoyorquinos, su carrera empresarial dudosa y fraudulenta –y sí, hasta su peluca, símbolo de inseguridad, vejez y falsedad, de algo que fue y ya no vuelve sino en maquillaje, avisaba de cierto declive, cierta sobredosis de americanidad. Del ocio que se vuelve vicio, el entretenimiento que se convierte en política, el excepcionalismo que es más bien insularidad. Una decadencia que los que seguimos la prensa washingtoniana parecemos atestiguar en tiempo real, escándalo tras escándalo, día tras día.

Pero este pasado jueves, recibiendo a Trump en el Gran Salón del Pueblo de Beijing, Xi Jingping nos hizo el flaco favor de ofrecernos un contraste. Una excusa para pausar y revisar los últimos logros chinos. El país con más producción de coches eléctricos, más inversión en energías renovables y robótica, es también el que tiene mayor crecimiento económico en números absolutos año tras año. Una sola de sus regiones, Guizhou, en los últimos cinco años ha construido más kilómetros de carreteras que los que ya hay en todo el Reino Unido, ha levantado dos de los puentes más altos del mundo y ha implantado 700 kilómetros de raíles de trenes de alta velocidad. Léase bien: una sola región, en los últimos cinco años. El crecimiento de lo que será la clase media más grande del mundo está haciendo de China uno de los mercados pioneros en el mundo de las start-up, con plataformas como WeChat que son la envidia de los Facebook y los Amazon de occidente. Y así sucesivamente. Los chinos van, resumiendo, hacia el futuro a la velocidad de uno de sus trenes.

Mientras, el tren de Los Ángeles a San Francisco, de mil kilómetros aproximados, se espera que termine de construirse en el 2029 –a pesar de haber sido aprobado en el 2008. Y en vez de debatir sobre las amenazas y oportunidades de un futuro robótico francamente ineludible, de la necesidad de invertir en energías renovables y de reconstruir la infraestructura americana en la víspera de la llegada del coche eléctrico, Estados Unidos, el único país del mundo fuera del tratado de París, discute otra vez más sobre reformas fiscales y subsidios a industrias que son cadáveres insepultos. A través de Trump se pasa el tiempo lamiéndose las heridas de su ego, insultando a diestra y siniestra y coqueteando con la guerra en Corea del Norte cual un bully de primaria.

Por tanto, terminar, como siempre, la conversación con que China es una dictadura y Estados Unidos es una democracia es cada vez más miope e irresponsable. No solo por ser una discusión vagabunda, basada en la prepotencia de juzgar el progreso de las naciones según su semejanza con el nuestro. Sino por algo más sencillo y cotidiano: aquí los que se despiertan todos los días con ganas de futuro son los chinos. No esperarán por nosotros. Lo mínimo que podemos hacer es empezar a creérnoslo.

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House of Cards fue el comienzo de una era... pero esa era la dejó atrás

Nerea Dolara

Foto: Netflix
Netflix

Ya no sólo se trata de la injustificable conducta de Kevin Spacey, House of Cards, la primera serie en streaming, había muerto mucho antes de que su protagonista fuese descubierto como un depredador. Analizamos la serie: su triunfo, su influencia y su caída.

En un tiempo en que Netflix estrena series cada semana y producciones de Hulu o Amazon Prime, como The Handmaid’s Tale y Transparent, ganan Emmys por decenas, es difícil imaginar cómo era el mundo de las series antes del streaming. Pero no es imposible. Porque si se piensa un poco, esta tendencia, que cambió el mundo de la televisión y tiene bajo amenaza a los canales de señal abierta,  comenzó en 2013… no hace 20 años. House of Cards, la serie que actualmente ha sido cancelada con la excusa de la indefendible conducta de Kevin Spacey (actualmente las acusaciones de abuso incluyen a varios hombres, incluidos miembros del equipo del show), pero que ya había perdido combustible y amor de la crítica y el público, fue quien inauguró una era que ha cambiado el panorama considerablemente.

En enero de 2013, Netflix estrenó este thriller político (basado en una serie inglesa homónima) y estrenó un modelo de distribución que modificaría, luego, la forma en que se mira televisión: toda la temporada fue subida al mismo tiempo a la web del servicio de streaming. Los canales de señal abierta criticaron la decisión, decenas de artículos hablaron de cómo este sistema no funcionaría: la gente vería la serie en un fin de semana y todo el proceso mediante el cual la crítica, las reseñas, la publicidad y el ciclo de la prensa funcionan se perdería y con ellos la posibilidad de éxito del programa. Significaba saltarse años de tradición, de una forma de hacer las cosas. La realidad fue otra. House of Cards fue un éxito instantáneo a su estreno, y no sólo eso: probó que el binge watching estaba aquí para quedarse. Netflix ya había anunciado con su estreno que invertiría 300 millones de dólares en varias series y que se proponía, por lo menos, estrenar 5 programas originales al año.

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El controversial Frank Underwood interpretado por el controversial Kevin Spacey. | Imagen via Netflix.

House of Cards fue la primera prueba de que el mundo televisivo estaba adaptándose a los tiempos, buscando una manera de conectar con nuevas audiencias de la sociedad de la información que prefieren acceder al contenido cuando y donde quieran. No sólo se trató de espectadores y críticos, la serie recibió en su primer año varios Emmy: tres de 14 nominaciones. Fue la primera vez que un productor de contenido exclusivamente online recibía premios de la Academia de Televisión.

Siguió un cambió de ritmo en producción y distribución de programas de televisión como pocos han visto en otros ámbitos. De facto todo el sistema tuvo que abrir sus puertas y recibir a nuevos competidores.

En sus cinco años de existencia, House of Cards ha sido siempre un estandarte de la era streaming, pero en sus últimas temporadas ha perdido relevancia. Igual que en 2013 fue una novedad llena de atrevimiento y sarcasmo, cinco años después se convirtió en un producto de una vieja escuela que ya no atrae a los espectadores. ¿Qué pasó?

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¿Llegará finalmente Claire Underwood a la presidencia? | Foto vía Netflix.

Bueno, el mismo nuevo universo que inauguró ha sido su perdición. La competencia se ha hecho férrea y amplísima. Hay series por doquier y cada una mejor que la otra. En un mundo en que hay más de 500 series sucediendo al mismo tiempo la excelencia es vital, y House of Cards dejó atrás la calidad al poco tiempo de comenzar. No sólo se trató de que no pudiese competir en el mismo ámbito que creó. El momento político tampoco favoreció su causa. Mientras series como Veep, que se burlan de los políticos de la Casa Blanca y se han convertido en comentaristas sarcásticos y críticos de la actualidad, House of Cards continuó con su primera elección: un protagonista deleznable con ansias de poder por el que la audiencia siente fascinación. Y sí, cuando la Casa Blanca no estaba ocupada por un aprendiz de tirano peligrosamente ignorante, esto podía ser atractivo. Pero cuando la realidad se hizo grave y los giros de trama noveleros de la serie se hicieron irreales e incluso patéticos ante el presente, House of Cards perdió cualquier posibilidad de volver a ganar su sitio.

Se suponía que la serie tendría una sexta temporada, pero la producción se detuvo. Netflix afirmó que no trabajaría más con Kevin Spacey en House of Cards, por lo que si la serie continúa en producción para finalizar la temporada que queda, Frank Underwood ya no estará en ella.

La verdad es que el servicio de streaming ya se había planteado acabar con la serie tras una sexta temporada (los números, que no revelan nunca, no deberían ser buenos). Nunca han sido de la política de cancelar series, de hecho comenzaron sólo hace poco, pero su producción estandarte llevaba años siendo un peso a la espalda de una compañía que cuenta ya con suficientes buenas producciones como para prescindir de las que no funcionan. El escándalo con respecto a la imperdonable conducta de Spacey es el último clavo en el ataúd. House of Cards puede haber cambiado el mundo de las series, pero ese mismo mundo se hizo mejor muy rápido y la dejó atrás. Ser un pionero no garantiza el éxito a largo plazo.  

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