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El mito de Tánger

«Compras de zoco y algo que intentas saber y tocar y que es ya imposible»

El mito de Tánger

Tánger.

El nombre de Tánger está lleno de evocaciones. Sigue siendo una de las ciudades más publicitadas turísticamente de Marruecos y (ahora) es el lugar de la película Calle Málaga de Maryam Touzani, con una gran Carmen Maura, española ya vieja que sigue viviendo en la ciudad. Nos preguntamos: ¿Es Tánger una ciudad muy bella, llena de museos o monumentos? No. Pese a su origen fenicio y sobre todo romano (Tingis) la ciudad no tiene muchas «cosas que ver» como se dice en lenguaje turístico. Aparte de edificios modernos recientes —que no son lo mejor— el Tánger clásico es una ciudad modesta (salvo las villas lujosas del Monte Viejo) con algún sabor «art decó» español y francés, más todo el entramado de los zocos y la ciudad propiamente árabe. Una ciudad sencilla, a los lados del agradable Bulevar Pasteur, cuyo indudable encanto real, proviene de la ubicación y las brisas, puerta del estrecho de Gibraltar, y de su mezcla singular de algo muy local —más cada vez— con una atmósfera que evoca extranjeros. Y hay que volverse a preguntar, ¿si alguien desconociera del todo la historia de Tánger en el siglo XX, la ciudad agradable le seguiría siendo evocadora? Me parece que no. Casi todo lo que el nombre de Tánger connota o sugiere, proviene del periodo en que fue una Ciudad Internacional, gobernada muy libremente por varios países, fuera —aunque muy cerca— del Protectorado español de Marruecos y del, más al sur, Protectorado francés. Entre 1923 y 1956 dura la Ciudad Internacional, ciudad con dorada mala fama, donde todo era posible. Precisamente esa apertura y permisividad tangerinas, es lo que llevó a la ciudad a la pléyade de nombres famosos de literatura y arte, que son el caldo de cultivo y la raíz del cosmopolitismo y la seducción del nombre de Tánger. De todo eso —lo que algunos dicen «el Tánger de Paul Bowles»— no queda a día de hoy prácticamente nada, pero es el humus de la leyenda o del mito.

La Ciudad Internacional desaparece oficialmente con la independencia de Marruecos el 20 de octubre de 1956, pero hasta 1960 no se termina de desmontar esa Ciudad Internacional, que lucha o acepta el proceso de marroquinización y cuyas célebres libertades duran, en parte, hasta mediados de los años 90 -doy fe- cuando la policía marroquí al dictado de la Mezquita y del Gobierno, va cerrando o espantando aquella vida sexual abundante y fácil y (detrás) el mundo de las drogas, que no poco había renacido a fines de los 60, el Tánger hippy, cuando pasan por allí Mick Jaegger y los «Rolling». En ese tiempo todavía había periódicos y cines en español en Tánger, en razón de las hasta entonces notable colonia hispana, aunque (no lo olvidemos) el gobierno de Rabat prefería lo francés y el gobierno o los gobiernos españoles nunca hicieron mucho por conservar la fuerte huella española de la ciudad. Al final de ese tiempo se cierra el diario España, cuyo último director fue Eduardo Haro Tecglen. Eduardito Haro Ibars (su hijo y buen amigo mío) recordaba, evocaba sus años de Tánger como los de la libertad y la transgresión. El sexo era el que compartía con los chicos árabes de la Kashba. El kif y el hachís eran moneda corriente, pero eso era hacia el final. Tánger había sido ciudad de desterrados, de apátridas, de espías, de múltiple contrabando. En aquel mítico Tánger había una industria de pasaportes falsos y, por tanto, una industria de rehacer vidas. Antes de 1939 ya Tánger era eso, la ciudad que Gertrude Stein recomendó a Paul Bowles, quien fue para regresar con Jane, su mujer, en 1947 y empezar a quedarse. Paul, homosexual, y Jane, lesbiana que terminó sufriendo el embrujo de aquella terrible mujer llamada Cherifa, son quienes lanzan el llamado: Tánger es barato, fácil y hay de todo. Conocí en Tánger, mucho después, a Tennessee Williams. Me lo presentó el gran tangerino Emilio Sanz de Soto, testigo y amigo, en la primavera de 1973, junto a la piscina del hotel El Minzah, el más elegante y cosmopolita de Tánger, algo arreglado y ampliado no hace mucho y no exactamente para mejor. Tennessee, que buscaba allí calma, alcohol y chicos, recordó con Emilio las sabrosas y mefíticas turbiedades del «Dean’s Bar» que había estado casi pared con pared y que con otro —de raro flamenco— «La Mar Chica», habían sido los más totales garitos de la ciudad, entre muchos. 

Después de los Bowles (casi a la vez que Tennessee) llegó Truman Capote, y el salvaje y genial pintor inglés Francis Bacon, que buscaba forzudos y relaciones turbulentas. También el frío y singular William Burroughs que, en 1954 era ya un yonqui. En Tánger, mientras escribía «Almuerzo desnudo» tuvo fácil la heroína y conoció con amor a un chico español llamado Quique, de donde salió Kiki.  No lejos Jean Genet, los beats Kerouac y Allen Ginsberg, los españoles Ángel Vázquez, el de «La vida perra de Juanita Narboni» o Juan Goytisolo cuando «Reivindicación del conde Don Julián» y el rifeño Mohamed Chukri, a quien veía en el Café de París, con fama de putero y borracho, gran escritor, o el único que aún vive, amigo de todos y especialmente de su en parte detestado Bowles, gran cuentacuentos, Mohamed Mrabet, cuya literatura oral contaba en español a Paul, que la publicaba en inglés, «Amor por un puñado de pelos»… Todos quisimos beber de ese Tánger radiante y oscuro, sede de pecados gratos. Y decidme sin este Tánger de las libertades y los vicios, del que nada queda, sin el mito y la leyenda que resuenan detrás, que siguen resonando, ¿qué sería el tranquilo y dulce Tánger de ahora mismo? Compras de zoco y algo que intentas saber y tocar y que es ya imposible.

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