The Objective
El purgatorio

José Carlos González-Hurtado: «Es imposible que el universo exista por azar»

Ciencia, historia y fe: una conversación sobre los milagros, las matemáticas y el sentido de la vida

José Carlos González-Hurtado (Madrid, 1964), exdirectivo de multinacionales en escenarios tan distintos como Israel o la antigua Unión Soviética, es el actual presidente de EWTN España. Ha cambiado los consejos de administración por la defensa de los dogmas católicos. Autor de obras como ¿Dios existe? y Jesús es Dios, su discurso se sitúa en la frontera en la que la física más exacta se topa con la creencia. En un tiempo de escepticismo, González-Hurtado sostiene que lo irracional no es la fe, sino el vacío. En esta entrega de El purgatorio, se analiza la agonía de Nietzsche, el diseño de un cosmos que se niega a ser azar y la sospecha de que, tras la materia, existe una voluntad que nos precede.

PREGUNTA- Rara vez suelo hacer introducciones, pero hoy, dado que este programa se emite un Viernes Santo, es importante hacerlo. Mis padres me regalaron una vez un libro sobre el misterio en la pintura que definía el misterio como aquello que no tiene explicación. Aunque para muchos sea inexplicable, todo lo que rodea a Dios tiene una respuesta. José Carlos, ¿sigue siendo Dios un misterio?

RESPUESTA.-En su totalidad, sí. Un misterio es aquello que no podemos comprender y, bajo esa definición, es imposible abarcar a Dios por completo. Sin embargo, ¿es su existencia un misterio? No. Su existencia cuenta con enormes evidencias. Ahora bien, comprender cómo es Dios en toda su extensión sí es un misterio y lo seguirá siendo siempre. Sencillamente, no tenemos esa capacidad. Es como si una hormiga intentara entender cómo funcionas tú: no tiene la facultad para lograrlo. Del mismo modo, el ser humano carece de la capacidad necesaria para entender a Dios de forma total.

P.- ¿Y por qué no tenemos la capacidad para entenderlo?

R.- Sencillamente porque no somos Dios. Si lo fuéramos, lo podríamos comprender. El hecho de no abarcarlo, que a menudo supone una dificultad para los escépticos, no debería ser tal cosa; es lógico que un ser limitado no pueda comprender a un ser ilimitado. Lo contrario sería lo ilógico: si una persona limitada pudiese comprender a Dios por completo, Dios dejaría de ser Dios. Quienes tienen dificultades con esto pueden enfrentarse a un dilema intelectual o, en ocasiones, a un problema de soberbia, al deseo de no querer estar sujetos a nadie ni reconocer a un creador. Lamentablemente, Mateo, hay más personas de las que imaginamos que no creen solo por ese rechazo a la autoridad de un origen superior.

P.- A menudo surge este dilema: si el ser humano es finito, ¿cómo vamos a comprender algo infinito? Es el clásico interrogante de qué fue antes, si el huevo o la gallina. Resulta interesante plantearse, entonces, cómo puede Dios hacerse a sí mismo.

R.- No, Dios no se hace a sí mismo. Permíteme refrasear la pregunta: si Dios creó todo, ¿quién creó a Dios? Esa interrogante nace de una incomprensión de su naturaleza. Dios es «el que es»; su esencia es la existencia misma. A diferencia de nosotros, cuya esencia es la contingencia: pasamos de no estar a estar, y viceversa. No somos necesarios; el mundo podría seguir perfectamente sin nosotros, por mucho que nos moleste. Sin embargo, el mundo no puede seguir sin Dios. Dios siempre ha existido. Es un concepto complejo, pero a menudo los materialistas —que suelen ser los escépticos— olvidan que el materialismo ha sido científicamente desmentido. Hubo un tiempo en que se pensaba que la materia era eterna, bajo el modelo del universo en estado estacionario, pero hoy sabemos que no es así.

P.- Como decía Platón, por ejemplo.

R.- Parménides, por ejemplo, pensaba que la materia era eterna, pero hoy sabemos que surgió hace unos 13.800 millones de años. Es curioso que muchos materialistas no tengan problemas en imaginar una materia eterna, pero sí los tengan para concebir un Dios eterno. Esto demuestra que su conflicto no es con el concepto de eternidad, sino con la idea de Dios. Aceptan la eternidad siempre que se atribuya a la materia, pero cuando la ciencia demuestra que esta no es eterna, se niegan a trasladar ese atributo al Creador. Fred Hoyle, quien propuso el modelo del universo en estado estacionario, no tenía inconveniente con una materia eterna, pero sí con un Dios eterno; al menos hasta que sus propias conclusiones lo llevaron a admitir que, necesariamente, debía existir un Dios.Para contestar a tu pregunta: cuando Dios se presenta ante Moisés y este le pregunta quién es, la respuesta es: «Yo soy». En hebreo, Yahvé significa «Yo soy». Es increíble cómo la Biblia ya anticipaba que la esencia de Dios es existir. Dios es «el que es» y, por tanto, está fuera del tiempo. La física corrobora esto: con el Big Bang no solo nace la materia, sino también el espacio y el tiempo. Si el tiempo y el espacio son creados, el Creador debe ser necesariamente atemporal y espacial. Y si la materia fue creada, su origen debe ser no material; es decir, espiritual. La propia física nos apunta hacia un Creador que no es ni material, ni espacial, ni temporal.

P.- ¿Por qué hay algo en lugar de nada entonces?

R.- Esa es la gran pregunta que planteaba Leibniz. No existe ninguna razón objetiva para que haya algo en lugar de nada, al margen de la voluntad de Dios. De hecho, es una cuestión que el ateísmo y el escepticismo son incapaces de contestar. Leibniz, como filósofo cristiano, llegó a la conclusión a través de sus paradojas de que, si el universo existe, es porque ha habido una voluntad detrás; alguien a quien llamamos Dios que así lo ha querido. Ha habido un deseo de que la creación sea, precisamente porque no es necesaria. Nosotros no somos necesarios.

P.- Pero ese alguien no es corpóreo.

R.- No, es espiritual.

P.- Pero claro, cuando hablamos de espiritual en el universo, ¿a qué nos referimos?, ¿a qué fuerza mayor? Porque Dios podría ser entendido…

R.- ¿Qué es tu alma? Espiritual.

P.- Supongo que mis pasiones.

R.- Tu alma es espiritual; las pasiones son otra cosa. Somos cuerpo y alma, es decir, materia y espíritu. Como bien señalaba Aristóteles, somos esa dualidad. Por tanto, el ser que creó el universo debe ser un ser no material. La ciencia nos dice incluso más: ese creador no puede ser material, ni espacial, ni temporal, porque es el origen de esas tres dimensiones. Pero además, debe ser lo que llamamos omnisciente. ¿Por qué? Porque las posibilidades de que el universo colapsara tras el Big Bang eran prácticamente infinitas. Lo estadísticamente probable es que el cosmos no hubiera prosperado. Sin embargo, no fue así porque todas las constantes de la física están ajustadas milimétricamente para que la vida suceda y para que tú y yo estemos aquí. Cuando un escéptico se enfrenta a este problema, suele soslayarlo o atribuirlo a una suerte inmensa, como si nos hubiera tocado la lotería. Pero no es así, Mateo. No es que te toque la lotería una vez; es como si te tocara todos los días del año. Esta mañana, al ver el sol, te ha parecido lo más normal del mundo, pero no debería serlo. Ese ser, además de espiritual y atemporal, cuida de su creación. Es lo que llamamos un ser bueno y enormemente inteligente: omnisciente.

P.- ¿Pero por qué no es lo normal? por qué según los tiempos de Dios está todo pautado?

R.- No es normal porque, estadísticamente, las posibilidades de que el universo no haya colapsado son ínfimas. Para ilustrarlo, podemos recurrir a Roger Penrose, Premio Nobel de Física en 2020. Él calculó las probabilidades de que exista un universo antrópico —uno que permita la vida humana— basándose únicamente en la entropía. La entropía, que mide el desorden en un sistema, fue integrada en la física por Ludwig Boltzmann a través de la segunda ley de la termodinámica. Esta ley demuestra que el desorden en un sistema siempre tiende a aumentar; sin embargo, al mirar a nuestro alrededor, encontramos orden y vida. El propio Einstein señalaba que no deberíamos esperar tal orden, pues es estadísticamente improbable. Penrose calcula estas probabilidades basándose solo en la entropía, dejando de lado otras constantes como las fuerzas nucleares. Sus cálculos sobre el número de bariones y la entropía del universo concluyen que la posibilidad de que el cosmos permita la vida es de una entre 1010123. Es un número tan inmenso que no existe ordenador capaz de procesarlo. Como dice Penrose, la probabilidad de que estemos aquí equivale a un 0,000… seguido de tantos ceros como átomos hay en el universo.

P.- Hablando de la existencia de un Dios que es mediador también, un Dios que decide, que juzga, que tiene un cielo, que tiene un infierno, que tiene un purgatorio… ¿No podría darse que Dios fuese un demiurgo?, un Dios creador simplemente ahí ordenado y ha dicho: «Bueno, pues por las cosas que sean tengo la materia, tengo la idea y os dejo a vuestra marcha». Y de ahí la idea de libertad.

R.- Esa es una posibilidad, pero no la más probable. Como católico, mi fe se resume en tres pilares: Dios existe, Jesucristo es Dios y la Iglesia católica es su fundación. Mi primer libro trataba sobre las evidencias de la existencia de Dios; este segundo se centra en la divinidad de Jesús. Hasta ahora, hemos hablado puramente de un Creador necesario, algo que la ciencia ha refrendado en los últimos cincuenta años desde la biología hasta la física. ¿Por qué el deísmo —la idea de un Dios que crea y luego se desentiende— no es una opción viable? Porque los hechos sugieren lo contrario. Hace 8.000 millones de años, el universo debería haber colapsado, pero la aparición de la constante cosmológica permitió su expansión. Esta constante está ajustada con una precisión de 120 dígitos; nadie en física puede sostener que tal afinación sea fruto del azar. Ha sido diseñada por una inteligencia que marca una dirección. Si aceptamos que Jesucristo es Dios —y las evidencias apuntan a ello—, entonces es evidente que Dios no nos abandonó. Es la mejor noticia de la historia: que el Dios del Big Bang, el arquitecto de un universo de 90.000 millones de años luz, se haya hecho como tú y como yo para darnos vida eterna.

P.- ¿Y entonces por qué nos sobra mundo y nos falta alma?

R.- Esa es una respuesta que cada uno debe encontrar, pero la clave reside en expandir el alma y situar al mundo en su lugar correspondiente. El hecho de que Dios se haya encarnado rompe toda lógica; no es algo probable y, sin embargo, las evidencias demuestran que Jesucristo es quien dijo ser: Dios. Es un escándalo intelectual. Si yo fuera Dios, no lo haría; pero el hecho de que sucediera demuestra que Dios es infinitamente mejor que yo. Esa es la esencia de la gran noticia que celebramos.

P.- ¿Es lícito, si es la palabra correcta, pensar que esto no es así? Aun con la evidencia enfrente.

R.- R.- El hecho de que existan evidencias no significa que algo sea evidente, y esa es una distinción que se debe comprender. Que sea de día es evidente; no requiere ningún esfuerzo de voluntad aceptarlo. Sin embargo, en la vida cotidiana funcionamos con fe: confías en que el taxista sabe conducir sin pedirle el carné, o aceptas conocimientos porque alguien en quien confías te los ha transmitido. Lo que propongo en este libro son las evidencias duras: lo que la arqueología, la historia y la ciencia dicen sobre Jesús de Nazaret. Del mismo modo que lo único razonable es creer que Dios existe, lo más razonable es concluir que Jesucristo es Dios. Muchos escépticos no buscan la verdad con honestidad intelectual, sino que practican lo que llamo el «escepticismo de las fisuras»: buscar cualquier excusa para acomodar su postura previa. Este libro cierra esas fisuras al demostrar que Jesús no fue un loco, ni un maníaco, ni una manipulación posterior; lo que leemos hoy corresponde exactamente a lo escrito en el siglo primero. Si solo existen dos posibilidades —o Jesús es Dios o no lo es— y descartamos todas las demás mediante pruebas, lo que queda es la verdad. Es como si en este estudio solo hubiera agua, café y refresco: si demuestro que el líquido de este vaso no es ni café ni refresco, necesariamente es agua. Al descartar las otras explicaciones sobre Jesús, lo que queda es lo que él dijo ser: Dios.

P.- Entonces todo se reduce hasta el creerse este libro en un acto de fe.

R.- No es exactamente así, y agradezco la pregunta porque existe una confusión común sobre lo que es la fe. Muchos creen que la fe es «creer sin pruebas», pero no es eso. Según San Agustín, la fe es «pensar con asentimiento»: es decir, hay un proceso previo de reflexión. Santo Tomás de Aquino la define como un acto del entendimiento que, movido por la voluntad y asistido por la gracia, acepta la verdad. A menudo la gente se queda solo con la «gracia» —ese don que Dios te da—, pero la fe no es solo eso; requiere el uso del intelecto.

«No es lógico que las leyes intelectuales funcionen sobre la materia, a menos que el Creador de ambas sea el mismo»

Este libro presenta, precisamente, los prolegómenos de la fe. Lo único que se necesita es no negarse a la evidencia. El ser humano tiene la capacidad de negar la realidad si se lo propone: hay quienes creen que Elvis sigue vivo o, como comprobé cuando vivía en la Unión Soviética, quienes insisten en que el hombre nunca llegó a la Luna. Uno puede cerrar los ojos ante los hechos, pero lo que aquí expongo es la evidencia necesaria para que cualquier espíritu intelectualmente honesto llegue a la única conclusión posible: que Jesucristo es Dios.

P.- Hablando de la fe, la película del Cónclave que salió el año pasado, si no mi equivoco.

R.- No la he visto.

P.- Es una película del Cónclave… retrata cómo se elige al próximo Papa, muere el Papa que estaba y eligen al próximo. Hay una de las frases de la película, en el último speech que él hace, que dice en italiano: «Dio mio, Dio mio, perché mi hai abbandonato?». «¿Por qué me has abandonado?». ¿Por qué nos abandonó Dios?

R.- Dios no nos ha abandonado. Para responder a esto, debemos entender primero el contexto de las palabras de Cristo en la cruz. A mí mismo me inquietaba: si es Dios, ¿por qué dice eso? La respuesta es que Jesús está citando el Salmo 21. En aquella época, los hebreos no identificaban los salmos por números, sino por su título, que consistía en sus primeros versículos. Al gritar «¿por qué me has abandonado?», Jesús está señalando que en ese instante se cumplen las profecías de David. El salmo no es un grito de derrota, sino que culmina anunciando la llegada del Mesías. En cuanto a nosotros, Dios no se ha ido; sigue presente cada día en la Iglesia. Somos nosotros quienes nos abandonamos cuando le decimos «no». La relación de Dios con el hombre es similar a la de un padre con sus hijos. Es un amor asimétrico e incondicional: un padre quiere a su hijo sin esperar nada a cambio, una entrega que no sucede con los amigos o la pareja, donde siempre hay cierta reciprocidad. A mí me ayuda a entender a Dios pensar que Él nos quiere independientemente de nuestro comportamiento. Eso no es una invitación a obrar mal, sino la constatación de que Él siempre insiste, como un padre que espera el regreso de su hijo. Como en la parábola del hijo pródigo: es el hijo quien se marcha a un país lejano; el padre nunca lo echa, solo aguarda.

P.- ¿Y todas las personas que vinieron antes de Jesús?

R.- El pueblo judío ya esperaba al Mesías a través de sus profetas, pero nuestra fe va más allá. El Credo afirma que Jesús «descendió a los infiernos», lo cual suele malinterpretarse. En latín, ad inferos no se refiere a la gehena —el lugar de condenación—, sino al sitio donde las almas de los justos esperaban la redención.

En puridad, figuras como Moisés no podían acceder al cielo antes de la venida de Cristo. Lo que hace el Mesías tras su muerte es descender a esos «infiernos» para recoger a todas aquellas almas que aguardaban su llegada. Es el momento en que se abre la puerta de la eternidad para quienes vivieron antes de la Encarnación.

«La religión y la política partidista no deben mezclarse, pero la fe debe influir en la política porque al cristiano le importa el hombre entero»

P.- Nietzsche decía que Dios ha muerto y nosotros lo hemos matado. ¿Hemos fabricado dioses a nuestra imagen y semejanza?

R.- Nietzsche era un idiota; alguien tiene que decirlo ya, porque ha hecho mucho daño. Murió abandonado en un hospital, víctima de la sífilis y la locura, obsesionado con la figura de Jesús hasta el final. Uno de los errores de la civilización occidental ha sido encumbrar a personajes que solo han traído perjuicio. El autor Paul Vitz, en su obra sobre la psicología del ateísmo, analiza a figuras como Nietzsche, Marx, Feuerbach o Voltaire: personas que, movidas por su propia inquina o por conflictos personales, sintieron la necesidad de que los demás dejaran de creer. ¿Hemos fabricado dioses? Probablemente hayamos creado imágenes distorsionadas de lo que Dios debería ser. Mi consejo es aplicar aquí la misma lógica que con la alimentación: no comes comida basura porque sabes que te hace daño. Del mismo modo que limitamos el café o las grasas por salud, leer ciertas cosas también puede ser nocivo. No se trata de censura, sino de autocensura y criterio. Si sabemos que ciertos autores tuvieron vidas lamentables y finales trágicos fruto de sus propias ideas, no deberían ser modelos a seguir. He leído a Nietzsche, pero tengo claro que no es un referente de vida.

P.- ¿No sería quizás caer en algo un poco perspectivista? ¿Por qué? Hombre, si solo nos centramos en un tema de conversación y no leemos o intentamos…

R.- Todos los temas pueden estar sobre la mesa, pero la cuestión es la misma que con la alimentación: del mismo modo que eliges qué comer para no enfermar, la lectura también puede ser nociva. A mi juicio, es necesario establecer ciertas parcelas. Cada uno es libre de tomar sus propias decisiones, por supuesto, pero igual que hay personas que no ponen límites a lo que ingieren, debemos ser conscientes de que lo que leemos nos afecta.

P.- Siguiendo con Nietzsche, aunque no sea un tema de tu agrado, él definía el lenguaje como un río en constante movimiento sobre el cual nosotros construimos un castillo. Sin embargo, resulta fascinante plantear la existencia de Dios a través de las matemáticas. ¿Son estas un invento humano o un lenguaje preexistente, creado por alguien?

R.-No son un invento nuestro; de hecho, la existencia de las matemáticas es una prueba de la existencia de Dios. Los principios matemáticos se descubren, no se inventan. Del mismo modo que los españoles descubrieron América —no la inventaron—, cualquier persona puede llegar a la misma conclusión matemática de forma independiente. Esto sucede porque la matemática es objetiva, externa a nosotros e independiente de nuestra voluntad. Siendo estructuras puramente intelectuales, cabe preguntarse: ¿quién ha puesto ahí esos principios para que nosotros los descubramos? La respuesta es Dios. Existe otra observación fundamental de Eugene Wigner, Premio Nobel de Física, en su artículo sobre «la irrazonable eficacia de las matemáticas en las ciencias naturales». Wigner planteaba una paradoja: la física trata sobre hechos materiales, mientras que la matemática es puramente intelectual. ¿Por qué funciona la matemática con la física? No tendría por qué ser así. La física utiliza herramientas intelectuales para describir lo creado y, sorprendentemente, encajan. La gravedad actúa igual en la Torre de Pisa que en las torres de Madrid; esa constancia es captable mediante el lenguaje matemático. Como decía Wigner, no es lógico que unos instrumentos intelectuales funcionen sobre la materia, a menos que quien haya creado la materia sea el mismo que ha diseñado esos instrumentos. Una vez más, esto nos conduce a Dios. Incluso Gödel, quizá el matemático más importante de la historia, llegó a la conclusión tras sus teoremas de incompletitud de que el materialismo es, sencillamente, falso.

P.- ¿Cómo se explica un milagro?

R.- Mirado desde el plano físico, un milagro es algo que carece de explicación; pero si buscamos una definición más precisa, se trata de una intervención prodigiosa y significativa de Dios sobre las leyes de la naturaleza. Por tanto, el único requisito para que exista un milagro es que exista Dios. Cuando alguien niega los milagros, en realidad está usando un proxy para negar la existencia de la divinidad. Si Dios existe, ¿qué problema hay en que intervenga sobre su propia obra? Ninguno.

Para entenderlo mejor, imagina tu antiguo horario escolar: los lunes tenías matemáticas a primera hora y lengua a segunda. Si el director del colegio decidía que esa mañana todos debían ir al polideportivo para una charla especial, ¿tenía autoridad para hacerlo? Sí. ¿Cambiaba eso el hecho de que el horario oficial siguiera siendo el mismo? No. El director simplemente realizó una intervención significativa sobre el orden establecido. Eso es un milagro: el Creador decidiendo intervenir puntualmente sobre las causas naturales.

«A la generación Z le importa un bledo el «qué dirán»; están buscando la verdad sin los complejos que atenazaron a los millennials»

P.- Desde la física o la química no se podría explicar.

R.- Un milagro es, precisamente, un vacío en las explicaciones científicas; una suspensión de las leyes de la naturaleza que, a pesar de todo, sucede. Ante la pregunta de si existen los milagros, la respuesta es sí. Negarlo hoy en día es fruto de la obcecación o el desconocimiento. Basta con ir a Lourdes para encontrar curaciones que resultan sorprendentes incluso para la medicina moderna. Es curioso observar quiénes niegan estas realidades. Suelen ser los filólogos o teóricos, pero rara vez los científicos de campo. Según un estudio que recojo en el libro, el 91% de los médicos norteamericanos cree en la existencia de los milagros. Mientras un filólogo clásico los descarta de plano, el 55% de los médicos en Estados Unidos afirma haber presenciado uno personalmente. Alguien que trata con la vida y la muerte a diario sabrá distinguir mejor qué es una curación milagrosa que alguien que solo analiza textos.

P.- ¿Y tú has visto un milagro?

R.- No personalmente, aunque sería una fortuna. Sin embargo, un amigo cercano, que me entrevistó en varias ocasiones para su podcast, me relató un hecho que él mismo observó. Me contó cómo, tras invocar al Señor por la sanación de un hombre en un lugar público —un aeropuerto o una estación—, fue testigo de la curación milagrosa de su pierna. Es el testimonio de una persona común, sin rastro de alucinación. A menudo se intenta despachar esto como una sugestión, pero los hechos médicos dicen lo contrario. Existen casos documentados de personas con cáncer incurable que, tras acudir a Lourdes, rezar o bañarse en sus aguas, se han curado por completo. Incluso médicos que probablemente no son creyentes admiten su desconcierto ante la desaparición de tumores terminales. No saben explicar el porqué, pero la curación está ahí.

P.- Retomando el hilo de las alucinaciones, es un tema que me suscita curiosidad. Hemos mencionado a Santo Tomás de Aquino, quien llegó a un punto de su vida en el que, tras experimentar lo que se describe como un éxtasis, decidió dejar de escribir y restó importancia a su inmensa obra. ¿Qué es exactamente un éxtasis?

R.- No lo he experimentado personalmente, pero por los testimonios de Santa Teresa o del propio Santo Tomás, el éxtasis es la visión beatífica de Dios. A mí me resulta algo impresionante. No creo que haya existido una mente más brillante en la historia de la humanidad que la de Santo Tomás de Aquino. Recuerdo haber llorado leyendo la Summa contra Gentiles por su profundidad; poseía una capacidad intelectual asombrosa para abarcar cada detalle, cerrando y abriendo puertas con una lógica impecable. Como bien dices, al final de su vida, tras tener ese encuentro con Dios, le confesó a su secretario: «Todo lo que he escrito no es más que paja». Es una declaración sobrecogedora. Si la persona que mejor ha escrito sobre Dios, y probablemente la más inteligente que ha existido, considera que su obra es «basurilla» en comparación con lo que vio, uno solo puede preguntarse: ¿cómo debe de ser Dios en realidad?

P.- ¿Qué te hizo creer en Dios?

R.- Esa pregunta tiene varias respuestas. Nací en una familia católica y mi fe creció de forma orgánica y natural. Sin embargo, llega un momento en la vida de toda persona en el que debes decidir si aceptas y quieres esa herencia para ti. No siempre es una decisión instantánea; a veces es un proceso. No experimenté una «conversión tumbativa» o un cambio radical de ateo a creyente, pero mi fe se transformó profundamente mientras vivía en Israel. En aquel entonces, era director general para Oriente Medio de una compañía americana. Me tocó vivir la época de la Guerra de Irak, la Intifada palestina y el 11 de septiembre. La vida era anormal, aunque el ser humano termina acostumbrándose a todo: tenía mi máscara de gas, atropina y un refugio en casa. Frecuentaba Palestina y presencié situaciones límite, como atentados suicidas que casi me alcanzan. En esas circunstancias fue donde tomé mi fe más en serio. Comprendí que ser católico no podía ser algo superficial, como la corbata que uno se pone, sino que es la esencia de lo que eres. Es lo que San Josemaría llamaba «unidad de vida»: no puedo ser católico el domingo y dejar de serlo el lunes o el martes. Mi creencia y mi amor por Dios son algo que manifiesto a diario; procuro mantener una relación constante con Jesucristo. Del mismo modo que con mi mujer, lo primero que hago al despertar es dar gracias a Dios. Soy consciente de que me ha regalado un día más de vida y se lo ofrezco. En la medida de lo posible, trato de agradecerle cada instante; en este momento, por ejemplo, le doy gracias por esta entrevista, pues sé que a Él le complace.

P.- Tú creciste en el seno de la Iglesia, pero hoy asistimos a un fenómeno distinto: una ola de jóvenes de la generación Z, de entre 18 y 23 años, que se están convirtiendo al cristianismo. ¿Crees que es una moda pasajera? ¿A qué crees que se debe este movimiento?

R.- El cristianismo nunca es una moda pasajera; perdurará hasta el fin de los tiempos. Se ha vaticinado su desaparición en innumerables ocasiones. Voltaire, un autor que a mi juicio no era tan brillante como se cree, llegó a escribir que, cien años después de su muerte, las biblias se venderían únicamente como objetos de anticuario y la gente se preguntaría qué eran.

P.- Y no se venden como objetos de merchandising.

R.- Es una ironía de la Providencia: un siglo después, la casa donde vivía Voltaire se convirtió en una imprenta de Biblias. Algunos lo llamarían karma, pero es simplemente el curso de la historia. Respecto a la generación Z, observo un cambio fundamental. La generación anterior, los millennials, fue probablemente la más descreída de la historia, en gran parte porque se dejaron arrastrar por el «qué dirán». Muchos eran más creyentes de lo que admitían, pero no se atrevían a manifestarlo por presión social. En cambio, a tu generación y a las que vienen les importa muy poco esa opinión externa, lo cual me parece fenomenal. Tu objetivo en la vida es ser feliz, y eso depende mayoritariamente de ti. Si permites que el periodista, el filólogo o el político de turno te dicten en qué creer o cómo vivir, no alcanzarás esa felicidad. Tienes una responsabilidad sobre tu propia existencia. Como decía San Josemaría: «Cada vez estoy más convencido de que quienes son felices en el cielo son aquellos que han sabido ser felices en la tierra». La felicidad aquí y la vida eterna están unidas. Mientras el millennial se frenaba pensando que creer era «cosa de tontos», el joven de la generación Z hace todo lo contrario: busca su verdad sin complejos.

P.- ¿Qué haría Jesús si llegase al Vaticano a día de hoy?

R.- Es importante distinguir los espacios. Cuando Jesús expulsó a los mercaderes, lo hizo del Templo; hoy, si vas al Vaticano o a Lourdes, verás que el comercio se queda fuera. Tengo un buen amigo, Santiago, que me decía con cierta incomodidad: «José Carlos, me molesta todo ese merchandising, la quincalla y la venta de rosarios». Y es una crítica legítima, pero lo cierto es que eso ocurre en las calles aledañas, no dentro del recinto sagrado. La Iglesia no tiene autoridad para prohibir que alguien abra una tienda en una propiedad civil fuera del santuario. Si entras en Lourdes, lo único que se ofrece son velas; la quincalla se queda en las puertas porque donde hay multitudes, el ser humano busca beneficio. No creo que Jesús esté enfadado por eso. De hecho, hay un detalle que debería hacernos reflexionar: ¿por qué los necesitados piden limosna a la puerta de las iglesias y no frente a las sedes de los sindicatos o de los partidos políticos? Es una pregunta reveladora. El que pide intuye que quien sale de misa tiene una mayor disposición a la generosidad y a la caridad. Por pura lógica ideológica, uno esperaría encontrar a los pobres ante las instituciones que dicen velar por ellos, pero la realidad nos dice que confían más en el corazón de quien va a rezar.

P.- Entonces política y religión no deberían de ir de la mano.

R.- La política partidista y la religión no deberían ir de la mano, pero la política y la religión sí. La política abarca todo lo que importa a la sociedad, y al cristianismo le interesa el hombre entero: sus leyes y su forma de vida. No es por evitar la pregunta, pero no creo que las etiquetas de derechas o izquierdas sean atribuciones propias del cristianismo. Lo que sí es central es la defensa de la vida. Me sorprende que este tema se politice en lugar de ser un consenso universal. Lo escandaloso es que existan partidos que aboguen por terminar con la vida de un no nacido, de un adulto que ya no produce o de un anciano. Me asombra que no haya un clamor más fuerte en la calle ante estos hechos. Desde un punto de vista biológico, no existe ninguna duda: el ser humano aparece en el momento de la concepción. En mi primer libro recojo todos los datos científicos que lo demuestran. Como sociedad, podemos tomar la decisión de matar, como hacían las sociedades antiguas con los esclavos, pero lo que no podemos hacer es negar la evidencia de que estamos ante un ser humano. Podemos elegir la barbarie, pero no podemos cambiar la realidad de lo que ese ser es.

P.- ¿Y entonces hasta dónde llega la libertad que Dios nos ha dado?

R.- R.- La libertad nos permite actuar, incluso obrar mal; lo que no podemos sostener es que cualquier acto sea bueno por el mero hecho de ser libre. La historia es un testimonio constante de ello. Los regímenes comunistas que enviaban personas al Gulag o los nazis en los campos de concentración ejercían su libertad, y nadie hoy defendería que aquello fue algo bueno. El ser humano, a través de su libre albedrío, es capaz de realizar actos verdaderamente nauseabundos. Creo firmemente que a nuestra generación se la juzgará con severidad en un futuro no muy lejano. Cuando se analicen con perspectiva las leyes del aborto y la eutanasia que hemos normalizado, se verá que estábamos eliminando seres humanos objetivamente. Hoy preferimos mirar hacia otro lado, pero dentro de cien años alguien exclamará: «¡Qué barbaridad cometieron aquellas personas!». Sucederá lo mismo que ocurre hoy cuando juzgamos el pasado. Ahora vemos con horror las atrocidades coloniales en África, como las que cometieron los belgas; en aquel momento, a muchos no les parecía mal, pero hoy, con la perspectiva del tiempo, entendemos que una sociedad que permite tales actos está profundamente enferma.

P.- ¿Y la evangelización en América? Cuando desde España fueron a evangelizar América también está mal visto a día de hoy…

R.- En torno a la presencia española en América existe hoy una enorme demagogia. Es fundamental recordar que las Leyes de Indias, impulsadas por la Corona, fueron el cuerpo legal más protector de los nativos que existió hasta el siglo XX. La reina Isabel la Católica dejó claro que aquellas personas eran sujetos de derecho, con la misma dignidad que los habitantes de la Península. El indigenismo actual suele ignorar estos hechos por intereses ideológicos. Aconsejo vivamente la lectura de Nada por lo que pedir perdón, un libro de un autor argentino que analiza esto con rigor. En cualquier proceso de colonización, como en todo acto humano, existen excesos y sombras; nada es perfecto. Sin embargo, es profundamente injusto señalar un error puntual para descalificar una obra civilizatoria inmensa. Si analizamos la romanización de España, veremos que hubo muchísima violencia, pero nadie duda de que el balance final fue extraordinariamente positivo. Lo mismo ocurre con la labor de España en América: el saldo es, sin duda, beneficioso. No debemos olvidar el contexto de las civilizaciones precolombinas. Los aztecas, por ejemplo, practicaban la antropofagia y el sacrificio humano sistemático sobre otros pueblos como los tlaxcaltecas. ¿Cómo es posible que unos pocos cientos de españoles conquistaran un imperio como el de México? Sencillamente, porque la mayoría de los pueblos indígenas se aliaron con los españoles para liberarse de la tiranía azteca. Aquello fue, en gran medida, una liberación.

«Tu objetivo en la vida es ser feliz, y si dejas que el político o el periodista de turno te digan cómo vivir, nunca lo lograrás»

P.- ¿Dónde se esconde Dios cuando uno llora?

R.- Dios no se esconde. Y menos cuando uno llora. No se esconde.

P.- ¿Y dónde está?

R.- Dios está presente en el Sagrario. Él nos lo prometió: «Donde dos o más estén reunidos en mi nombre, yo estaré en medio de ellos». A veces los cristianos no nos tomamos a Jesús con la seriedad que merece; creemos que es Dios, pero dudamos de sus palabras. Sin embargo, Dios no puede mentir, por lo que todo lo que afirma es verdad. El Evangelio de San Mateo concluye precisamente con esa promesa: «Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». Dios no se esconde. Es cierto que el dolor resulta a menudo incomprensible, pero esa es una realidad que golpea tanto al que cree como al que no. La diferencia fundamental es que el creyente cuenta con una ventaja espiritual: ante el sufrimiento, es capaz de vislumbrar una razón y una oportunidad de crecimiento. Para quien tiene fe, el dolor no es un callejón sin salida, sino un misterio con sentido.

P.- ¿Estaría yo equivocado si creyese en otro Dios? 

R.- Afirmar que el cristianismo es la verdad puede sonar hoy como un escándalo, pero es una simple cuestión de lógica. Si el cristianismo sostiene que Jesucristo es Dios y otra religión afirma lo contrario, necesariamente una de las dos partes está errada en ese punto concreto. Aplicando el principio de no contradicción, Jesucristo no puede ser Dios y no serlo al mismo tiempo. Si el cristiano cree en la divinidad de Jesús y, por ejemplo, el musulmán no, uno de los dos está equivocado por pura necesidad lógica. Por tanto, que el cristiano sostenga que tiene la razón no es un acto de soberbia, sino una consecuencia coherente de su propia fe y del ejercicio de la razón.

P.- ¿Tú qué has encontrado que los demás no vemos?

R.- No soy el único que lo percibe; hay mucha gente que lo ve, aunque otros decidan no hacerlo. Lo que he hallado es la confirmación de que Jesucristo es aquel cuya llegada anunciaron los profetas y quien afirmó de sí mismo: «Yo soy Dios». Para entenderlo bien, debemos situarnos en el siglo I: cuando se hablaba del «Hijo de Dios», se referían a alguien que posee su misma naturaleza y que, por tanto, es Dios. Lo que diferencia al cristianismo de otras propuestas espirituales es que Jesús no promete un nuevo nivel de conciencia, una iluminación especial o la ausencia de dolor. Lo que promete es la vida eterna. Nos dice que nuestra verdadera casa no está aquí, sino en el Cielo, y que este mundo es un lugar de paso. Hace apenas unos días recordábamos sus palabras: «Si creéis en mí, tendréis vida eterna». Una vez más, Jesús no puede mentir. Por eso, lo que los cristianos sabemos con certeza es que somos hijos de Dios y que nos aguarda la eternidad que nos ha prometido aquel que tiene el poder de cumplirla.

P.- Si tuvieras que enviar a alguien al cielo, ¿a quién sería?

R.- No porque sea un referente. Si tuviera que enviar a alguien al cielo sería a mí. Porque realmente mi objetivo es ir al cielo. Debería ser el objetivo de todos.

P.- Si tuvieras que enviar a alguien al infierno…

R.- A nadie. Ni a Stalin, ni a Lenin… Yo viví en la antigua Unión Soviética y vi lo que estos señores hicieron y no le gustaría a nadie. Pero ni a ellos…

P.- Si tuvieras que enviar a alguien al purgatorio…

R.- Es fundamental aclarar qué es el Purgatorio: no es más que la antesala del Cielo. De allí nunca se va al Infierno; es un estado de purificación para quienes ya están salvados. Respecto al juicio, la respuesta es clara: todos seremos juzgados. Es algo que convendría recordar con más frecuencia. A menudo les digo a los políticos: «Ustedes pueden hacer lo que quieran, pero su paso por el poder no es más que un breve instante tras el cual rendirán cuentas». Recientemente, en una presentación ante los alcaldes de dos grandes ciudades, les recordaba precisamente eso: que al final nos juzgan a todos. Y no me refiero a la Audiencia Nacional o al Tribunal Supremo, sino al Juicio Final. Por eso, les advierto que tengan muchísimo cuidado con sus actos.

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