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Modernos como cerdos

«Nathan Fielder parece pisar la dignidad de todo aquel que retrata»

Modernos como cerdos

Una escena de la serie documental 'Los ensayos'. | HBO Max

Ser moderno exige poner mucho de tu parte. Por eso es recomendable ser joven antes de ser moderno. La energía de la juventud juega a favor de las novedades, porque hay un entusiasmo propio que las va haciendo validas y pertinentes. Las películas y series que se salen de la norma necesitan la ignorancia o el olvido del público. La ignorancia o el olvido de que películas que se salen de la norma ha habido siempre.

Miren Pig, por ejemplo, la película donde Nicolas Cage busca su herramienta laboral robada: un cerdo que encuentra trufas en el bosque. El planteamiento es moderno porque nadie en la ciudad ha visto un cerdo, y entonces ver un cerdo protagonizando una película es lo más guay que te puedas imaginar. Encima la película se titula Cerda. La película no va de nada.

Literalmente. Según avanza la historia, Michael Sarnoski, director y guionista, se ocupa de vaciarla de sentido, las premisas argumentales eran postizas (lo digo así por no hacerles spoiler), Nicolas Cage pasa de vengador a cocinero, de huraño a enamorado, de fighter a llorón. Da igual. El cerdo o cerda actúa muy mal. Yo no le daría el oscar. Quizá haya que dárselo para poner a los oscars en su justo lugar. Mejor actor protagonista: el cerdo.

Luego tenemos, entre lo modernito del día, Los ensayos. Yo sigo creyéndome joven (es mentira) y pensaba aplaudir la propuesta. Un tipo se presta a ayudar a otros a conseguir determinados objetivos menores en su vida. Por ahora, hay tres episodios. En el primero, tenemos a este señor de cincuenta años que quiere confesar a sus amigos que no ha hecho el doctorado, como les dijo, y no sabe cómo. El tipo (Nathan Fielder) pone a su disposición todo el dinero de HBO para ensayar la confesión. Se crea un escenario idéntico al escenario donde tendrá lugar la revelación vergonzosa, se contrata a una doble para que haga de la amiga áspera que habrá de encajar la verdad, se ensaya, en efecto.

Suena sofisticado y fascinante, pero verlo es como asistir a uno de esos programas de Inocente, inocente. En realidad, es como una humillación con lecturas, homeopatía televisiva, basura moral. Fielder vende a la gente que puede controlarse la vida, y luego la vida era tan fácil como ir a primera sangre, directamente y sin chorradas. Los ensayos es charlatanería en streaming. Una mujer no sabe si tener un hijo o no y Los ensayos le provee de bebés crecederos para que esté 16 meses probando si le gusta cuidar de uno. Hombre, no sé.

Basta ver How to… with John Wilson (HBO) para encontrar la diferencia entre ser genial y ser artificioso, entre lo puro y lo miserable. John Wilson trata a las personas reales que captura en su serie con infinita piedad, y no las juzga. Nathan Fielder parece pisar la dignidad de todo aquel que retrata.

Me vi también El agente invisible (Netflix), la película de 200 millones de dólares. Están muy bien gastados. He leído críticas por todas partes diciendo que es lo de siempre, que poca cosa, que las explosiones están mal hechas. Bobadas: es una gran película. Porque es lo de siempre. En Comando (1985, Mark L. Lester), Arnold Schwarzenegger mataba a ocho mil personas para rescatar a su hija secuestrada, y eso era la película. En El agente invisible, Ryan Gosling mata a ocho mil personas para rescatar a otra niña, que ni siquiera es hija suya, y eso es la película. Me parece un progreso que matar gente por un niño no esté sólo justificado sólo si es hijo tuyo.

Destruyen Praga. Es, se lo juro, lo que me ha fascinado de El agente invisible, cómo pasan digitalmente sobre Praga y la arrasan. Me ha dado mucho placer ver Praga demolida, tiroteada, ni Kafka ni nada, solo tiros y tranvías despiezados. El agente invisible no sólo es entretenida, sino que además te dan ganas de ser tenaz, de creer en ti mismo, de percutir la misma tecla hasta que salga la felicidad.

Porque hay, en esta película, algo moral muy puro, justamente porque no va de casi nada, pero sí de algo, al contrario que las cosas modernas y enmarañadas. Ryan Gosling sólo tiene un objetivo en toda la película, y es como el techno, que al principio aburre, pero al final el ritmo machacón te convence. 40 millones de dólares se gastaron en arrasar Praga. Es algo que solo podemos agradecerles.

Y finalmente, y como nos pasa a todos teniendo HBO, Netflix y dos o tres plataformas más, me encontré sin saber qué ver, una tarde, y ¿qué hice? ¿Mirar las recomendaciones de los periódicos? ¿Preguntar a un amigo? ¿Tirar una moneda al aire? No, queridos lectores, no. Lo que hice fue apostar al blanco y negro.

Así llegué a Impulso criminal (Compulsion, 1959, de Richard Fleischter), uno de esos clásicos no canónicos (vamos, que nadie te la ha recomendado nunca entre las mejores películas del siglo XX) que te alegran el día (como Sin conciencia, 1951, de Bretaigne Windust). Es cine sincero. Dos jovencitos quieren hacer el mal porque «les apetece». Cuarenta años antes de Funny Games, ya había psicópatas pos-adolescentes. Sale Orson Welles. Decir que Impulso criminal es más moderna que el Funny Games de Haneke sería una frivolidad. Pero decir que Funny Games no parece tan moderna si has visto Impulso criminal sería, de hecho, exacto.

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