La transparencia del mal
«La desvergüenza de Trump no es un defecto que intente ocultar; es su marca registrada. El mal se exhibe y se normaliza»

'El principio del placer' (1937), óleo sobre lienzo de René Magritte.
En el corazón de la posmodernidad tardía, Jean Baudrillard diagnosticó un fenómeno sumamente inquietante: el de la transparencia del mal. El mal oculto, conspirativo o moralmente ambiguo que conocíamos está quedando atrás. Ahora la maldad se exhibe sin pudor, se multiplica en las pantallas, se expande en las redes, y debido a su sobreexposición total, ha perdido la capacidad de generar escándalo o alteridad.
Baudrillard parte de la idea de que las grandes revoluciones modernas (sexual, política, artística, tecnológica) culminaron en una «orgía» de liberación. Una vez liberado todo (el sexo, el arte, la política, los cuerpos, la información), ya no queda nada por liberar ni transgredir. El resultado no es una utopía, es una oquedad saturada de significantes vacíos: todo circula en una proliferación infinita donde el mal, lejos de extinguirse, se torna diáfano y se disuelve en la visibilidad completa, como un hombre que ha perdido su sombra y se vuelve transparente a la luz que lo atraviesa.
Trump es exactamente ese hombre sin sombra. Su desvergüenza no es un defecto que intente ocultar: es su marca registrada. Desde las múltiples imputaciones judiciales a las acusaciones de incitación al asalto al Capitolio, desde sus declaraciones públicas sobre «buenos nazis» en Charlottesville a sus elogios a dictadores, Trump no niega, no disimula, no pide perdón. Lo dice todo en voz alta y con mayúsculas atronadoras. El mal se hace manifiesto porque ya no tiene dónde esconderse: la transparencia mediática y digital lo ha vuelto enteramente visible.
En el universo baudrillardiano, una vez que el mal se vuelve fractal y viral, ya no opera por ocultamiento, sino por multiplicación. Trump no es un político tradicional que comete errores y los oculta, pues no solo es la transparencia del mal, también es la transparencia del poder: miente infatigablemente (más de 30.000 mentiras documentadas durante su primer mandato, según verificadores independientes), si bien las falacias ya no necesitan credibilidad, solo repetición y visibilidad. La máquina mediática, que supuestamente lo «denuncia», en realidad lo alimenta: cada escándalo, cada juicio, cada declaración incendiaria genera millones de clics. El mal se exhibe y, al exhibirse, se normaliza. La sobreexposición lo vuelve banal y, paradójicamente, invulnerable.
Baudrillard hablaba de la «fase fractal» del valor: todo se propaga en todas direcciones sin centro ni referencia. Trump es esa propagación. Sus discursos no buscan coherencia ni verdad; buscan viralidad. Su «maldad» ya no es un principio ético, sino un principio de desequilibrio permanente: genera vértigo, polarización extrema y, al mismo tiempo, un extraño consenso negativo. Los detractores lo condenan con indignación moral; los seguidores lo celebran precisamente por esa misma indignación. En ambos casos, el mal circula sin fricción, sin secreto, sin profundidad. Es puro espectáculo transparente.
«La desvergüenza visible es la única estrategia posible en un mundo donde la opacidad ha desaparecido»
Lo más baudrillardiano de Trump es que su maldad no requiere interpretación. No hay necesidad de psicoanalizarlo, de buscar «el hombre detrás del personaje». El personaje es todo. La máscara es la cara. La desvergüenza visible es la única estrategia posible en un mundo donde la opacidad ha desaparecido. Cuando todo es transparente, el único poder que queda es el de ser más transparente que los demás: más abyecto, más excesivo, más hiperreal. Trump gana porque juega en el terreno que Baudrillard ya había definido: el de la simulación donde el mal no se combate con verdad, sino que se multiplica con visibilidad.
En 2026, con Trump de nuevo en el centro del escenario político global (ya sea en la Casa Blanca o como figura omnipresente), esta lectura adquiere una urgencia casi profética. No estamos ante un regreso del autoritarismo clásico, con sus secretos y sus sótanos. Estamos ante el autoritarismo transparente: el que se tuitea a sí mismo, el que se filma cometiendo sus transgresiones, el que convierte cada juicio en un reality show. El mal ya no acecha en la oscuridad: lo vemos en directo, en alta definición, con su propio hashtag. Y eso, precisamente, es lo más inquietante según Baudrillard: que ante tanta transparencia, ya no sabemos cómo responder. La indignación se agota, la denuncia se vuelve parte del espectáculo y la moral tradicional se disuelve en el vacío saturado de imágenes.
Trump no es la excepción; es la regla perfecta de la era posorgíaca y absolutamente pornográfica. Es la transparencia del mal hecha carne, micrófono y algoritmo. Y mientras sigamos mirándolo como cretinos, el mal seguirá circulando, cada vez más visible, cada vez más vacío, cada vez más nuestro, cada vez más obsceno, cada vez más abyecto, cada vez más transparente.
