Trump y los límites de lo indecible
«Estamos asistiendo al fin de una contención simbólica que, aunque imperfecta, funcionaba como freno cultural»

Detalle de 'Hombre en azul', de Sir Francis Bacon.
Trump no es un político tradicional; es un superviviente profesional. Sobrevivió a múltiples procesos judiciales, a la derrota de 2020 y a varios atentados. En cada caso repite el mismo patrón: no acepta la muerte política. Rechaza el resultado electoral de 2020 no como estrategia, sino como una necesidad de su propio ser, como una operación ontológica. «Me robaron las elecciones» no es una frase; es miedo a la muerte. Si admite la derrota, muere simbólicamente. Por eso insiste en ser «el verdadero ganador», el que sigue vivo mientras sus enemigos caen o son neutralizados.
Canetti afirma que el poderoso mantiene la distancia como arma. Trump la ejerce magistralmente. No necesita intermediarios: su cuenta en X es el centro de sus operaciones verbales. Desde allí lanza órdenes que la masa recibe sin filtro. Los mítines MAGA son el ejemplo perfecto de lo que Canetti llama «masa de descarga»: multitudes que se sienten poderosas al unirse, pero que necesitan un líder inalcanzable que las dirija desde arriba. Trump no se mezcla con la masa; la invoca, la excita y luego se retira a Mar-a-Lago. Esa distancia genera fascinación y terror simultáneos: «Solo yo puedo arreglarlo», repite. El «solo yo» es la fórmula canettiana del déspota: el resto es prescindible.
Para Canetti, la paranoia no es un defecto del poderoso; es su lógica interna. Cuanto más poder acumula, más enemigos invoca porque el miedo a ser tocado, herido o superado crece proporcionalmente. Trump ve conspiraciones universales: los medios, el FBI, los demócratas, los jueces, incluso sectores de su propio partido. Cada investigación en su contra confirma la teoría del complot. No se trata de una táctica electoral; es una estructura mental. Canetti lo describe con precisión: «El paranoico ve conspiraciones porque las necesita para justificar su supervivencia». Y cuanto más poder tiene, más puede convertir esa paranoia en acción: listas de enemigos, purgas retóricas, llamadas a la «retribución». El mundo se convierte, como dice Canetti, en «un lugar de ejecuciones» simbólicas permanentes.
El paranoico común es inofensivo, trágico y patético. En cambio, el paranoico en el poder institucionaliza su delirio y lo convierte en la columna vertebral del Estado. Lo que en un ciudadano normal sería tratado con la medicación de la psiquiatría, en el gobernante se convierte en política exterior, en discursos, en leyes. Trump no «se curó» al llegar a la Casa Blanca en 2017 ni al recuperar influencia posterior; al contrario, el poder le permitió hacer reales sus obsesiones: los tuits a medianoche como órdenes que llegan de la oscuridad, la demonización sistemática de periodistas («enemigos del pueblo»), la insistencia en que solo él puede acceder a la verdad oculta…
El poder absoluto tiende a volver loco o a elegir locos porque solo un paranoico extremo puede soportar la carga de imaginar que todo el mundo conspira contra él. Trump no es una anomalía americana; es la confirmación de una dinámica universal que el escritor judío-alemán, testigo del ascenso de Hitler, entendió mejor que nadie. Hitler institucionalizó su delirio antisemita; Trump institucionaliza su delirio de persecución y grandeza. El resultado no es idéntico en su escala, pero sí en su mecanismo, si bien hay una diferencia esencial entre Trump y los mandatarios de antes: la desvergüenza.
«Al decir lo indecible sin costo inmediato, se normaliza lo que antes era vergonzante»
Históricamente, ha existido un tabú implícito bastante sólido: incluso los peores tiranos solían reservar para documentos internos, conversaciones privadas o eufemismos burocráticos las expresiones más crudas de desprecio, deshumanización o voluntad de exterminio. Calígula o Nerón no se dirigían al pueblo con la desvergüenza que hoy apreciamos en ciertas arengas; los jerarcas nazis usaban términos técnicos o codificados («solución final», «tratamiento especial») precisamente para mantener una distancia verbal que preservara cierta apariencia de contención civil. Ese velo, aunque hipócrita, formaba parte de una ética mínima del decir en público.
Hoy, ese umbral de lo indecible se ha desplomado en varios contextos. Líderes contemporáneos (de diferentes hemisferios ideológicos) verbalizan, en mítines, redes o entrevistas, insultos, amenazas y descalificaciones que hace pocas décadas habrían sido impensables en boca de un aspirante al poder. Se nombran órganos genitales para denigrar adversarios, se animaliza al oponente, se fantasea con la violencia explícita, se ridiculiza la condición humana del otro con un lenguaje de taberna o de vestuario que antes se consideraba incompatible con la dignidad del cargo.
Este fenómeno no es solo «mala educación»: es una ruptura ética del verbo público. Al decir lo indecible sin costo inmediato, se normaliza lo que antes era vergonzante, se desplaza hacia lo atroz el ámbito de la permisión y se legitima que otros lo hagan. El tabú roto no solo afecta al hablante: contamina la esfera compartida, hace más permisible el odio verbal y el racial.
Estamos asistiendo al fin de una contención simbólica que, aunque imperfecta, funcionaba como freno cultural. Cuando lo indefendible se defiende en voz alta y sin sonrojo, y lo indecible se dice sin que la comunidad lo expulse automáticamente del ágora, se pierde algo esencial de la convivencia: la idea de que hay palabras que una sociedad civilizada simplemente descarta, porque no hacerlo sería olvidar que la democracia es una representación donde importa mucho el arte de dirigirse a los demás, y donde resulta imprescindible evitar expresiones que manifiesten, obscena y públicamente, inhumanidad y barbarie.
