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La otra cara del dinero

El 'low cost' acelera la carrera por el petróleo espacial

La llegada de la India a la Luna muestra el nuevo tablero geopolítico en la lucha por la futura gran fuente de recursos

El ‘low cost’ acelera la carrera por el petróleo espacial

Llegada del Apollo 11 a La Luna, en 1969 | Europa Press

Dicen que dijo Confucio que, cuando el sabio señala a la Luna, el necio mira al dedo. Quizá hubiera hecho una excepción con la geopolítica y la macroeconomía. Y con este artículo. Espero. Porque un artefacto de la India acaba de aterrizar en el satélite natural de nuestro planeta y otro ruso se ha estrellado poco antes intentándolo, ambos destinados a rastrear el agua que hay por allí, clave para sacarle rendimiento a la colonización del espacio: nos interesa echarle un vistazo a los dedos que apuntan en esa dirección (entre otras cosas, porque después del dedo suele ir toda la mano…) 

Los países involucrados son miembros fundadores de un invento llamado BRICS, algo así como la alternativa a las potencias occidentales hegemónicas en los últimos siglos. Además de la India y Rusia están Brasil, China y Sudáfrica. Todas las iniciales forman un acrónimo que, leído del tirón en inglés, significa «ladrillos». Un nuevo mundo en construcción, etc. Muy metafórico todo. 

«Quizá habría que añadir un trocito de la Luna, aunque solo fuera por incluir algo de lujo marmóreo a tanto ladrillo»

Casualidades de la geopolítica, los recientes eventos Lunares han coincidido con la decimoquinta cumbre de los BRICS en Johannesburgo. El bombazo allí ha sido el anuncio de que a partir del año que viene el club incluirá a Arabia Saudí, Irán, Etiopía, Argentina, Emiratos Árabes y Egipto. Quizá habría que añadir un trocito de la Luna, aunque solo fuera por incluir algo de lujo marmóreo a tanto ladrillo.

Curiosamente, entre los nuevos socios terrenales destacan varios de los principales productores de petróleo. En febrero, la NASA volvió a comprobar, parece que ya de forma definitiva, la presencia en la Luna de agua acumulada en trampas frías (nunca llega la luz solar). Como explica National Geographic, «las pesquisas confirman que la existencia de agua en forma de hielo será clave para las futuras misiones tripuladas».

Y por ahí fuera hay mucho dinero esperando.

Hace un lustro, Bruce Dorminey consagró en Forbes el libro The Value of the Moon. Su autor, Paul Spudis, se había pasado la vida analizando la geología lunar hasta concluir que en el satélite hay recursos suficientes como para impulsar la exploración extraterrestre. Y a la exploración le sigue, automáticamente, la explotación. 

Las posibilidades del turismo espacial lleva tiempo en el candelero, de hecho ya está dando algún rendimiento. Pero el verdadero dinero está aún por venir, y lo hará gracias a un sector que los nuevos socios de los BRICS conocen muy bien: la extracción de recursos naturales.  

Ya explicamos por aquí las posibilidades de la minería espacial. El momento más marketiniano al respecto lo protagonizaron Neil deGrasse Tyson y Peter Diamandis cuando dijeron que el primer billonario (con «b», de barbaridad) de la Tierra lo será gracias a la minería en asteroides. Pero desde la Harvard Business School, Mathew Weinzierl refrendó la apuesta en un sustancioso artículo en el Journal of Economic Perspectives

Esa perspectiva económica es precisamente la clave del asunto, el dedo que hay que mirar atentamente. Estos últimos años, los emprendedores del sector privado han ocupado el centro del escenario espacial. En el documento «NewSpace: la emergente industria comercial del espacio», Gary Martin, de la NASA, ya sentó las bases del ecosistema empresarial de la nueva era, que se suelen agrupar en el concepto de New Space. 

«La antigua la protagonizaron las dos grandes potencias de la Guerra Fría, EEUU y la Unión Soviética»

La antigua la protagonizaron las dos grandes potencias de la Guerra Fría, EEUU y la Unión Soviética. La teoría del nuevo paradigma quiere que empresarios como Elon Musk o Jeff Bezos tomen el relevo. Sin embargo, los gobiernos tienen aún mucho que decir. Una de las ideas de Donald Trump para «hacer América grande de nuevo», por ejemplo, consistía en volver a pisar la Luna. 

Pero, por mucha rabia que le dé a Putin, el viejo tablero geopolítico ya no sirve. El costalazo de la nave rusa se antoja bastante ilustrativo en comparación con el éxito de la india. Más aún los detalles técnicos de este: la misión Chandrayaan-3 costó menos de 75 millones de dólares. Una raspa. 

Cierto que se trataba de una misión muy modesta, pero ahí está la bandera india. La experiencia acumulada durante la Guerra Fría, pasada por la mentalidad más pragmática de los empresarios del New Space (no disparar con pólvora del rey es lo que tiene), ha dado lugar a un abaratamiento notable de los costes en la exploración espacial. Básicamente, todo el mundo puede permitírselo.  

Lo que puede suponer un atasco importante. Los últimos días de agosto podrían tentarnos con la analogía de la lucha por plantar la sombrilla en Benidorm, pero la culminación del solapamiento de las expansiones imperiales del siglo XX en las dos guerras mundiales quizá sea más instructiva. 

Por eso hay que organizarse. El Financial Times, por ejemplo, advierte de que «el mundo debe actualizar sus leyes sobre el espacio». Hasta ahora nos hemos apañado, básicamente, con el Tratado del Espacio Exterior de la ONU en 1967, que establecía que «la Luna y otros cuerpos celestes […] deben ser provincia de toda la humanidad».

La idea era alentar un espíritu equiparable a la legislación sobre aguas internacionales. Las nuevas posibilidades económicas hacen las cosas un poco más complejas. El Instituto Internacional del Aire y el Espacio, con sede en Holanda, puso a un grupo de expertos a trabajar en un nuevo marco legal, pero cada país fue tirando por su cuenta. 

«Durante el Gobierno de Barack Obama, por ejemplo, EEUU aprobó la US Comercial Space Launch Competitiveness Act»

Durante el Gobierno de Barack Obama, por ejemplo, EEUU aprobó la US Comercial Space Launch Competitiveness Act, que básicamente reconoce el derecho de sus ciudadanos a ser propietarios de los recursos que consigan encontrar en los cuerpos celestes. Luxemburgo y Japón ya han aprobado leyes similares. Todas basadas en el desarrollo de un principio muy concreto de las operaciones en aguas internacionales: no eres propietario del agua, de acuerdo, pero puedes vender el pescado que consigas extraer de ella. 

Tuvo que ser una vieja conocida, la NASA, la que diera el primer paso para intentar poner un poco de cordura en el asunto. En 2020, la agencia espacial estadounidense, en coordinación con el Departamento de Estado del país, puso en marcha los Acuerdos de Artemis, que establecen un conjunto de principios prácticos para guiar la cooperación en materia de exploración espacial entre naciones. Los otros siete países miembros fundadores fueron Australia, Canadá, Italia, Japón, Luxemburgo, Emiratos Árabes Unidos y el Reino Unido. Desde entonces se han ido incorporando más países, hasta los 28 actuales. España lo hizo en mayo. El último, a finales del mes pasado, ha sido Argentina, que parece apuntarse a todo últimamente, con elecciones a la vuelta de la esquina con muy mala pinta para el gobierno peronista. India también está. China y Rusia brillan por su ausencia. Veremos.

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