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Cuando se mueren los héroes

"Gistau entendió que el lector espera del periódico cada mañana que sea como un libro de aventuras"

Foto: esRadio

Se han muerto los periódicos en papel. Se ha muerto otra vez Ruano y Chaves Nogales y Umbral. Se ha muerto la vocación de la mitad de los chavales que antes de ayer querían escribir en España pudiendo estudiar una ingeniería o cualquier cosa que dé de comer. Se ha muerto David Gistau y la prosa se nos ha cortado, se nos ha quedado la vocación en los huesos en una tarde angustiada de primavera.

Celebrar la primavera por las terrazas bebiendo botellines de cerveza cuando uno, en realidad, lo que puede es estar celebrando la vida, la del periodista que nos reafirmaba cada día en este oficio cada vez más precario. La de ese escritor que le hacía escribir a uno con cuidado de orfebre, aunque él disfrazase de golpes secos y directos la artesanía del oficio.

Yo veía en la celulosa la posibilidad de llegar a escribir las grandes piezas de mis héroes, aquel obituario de Campmany a César de madrugada. Y decirle, al amanecer, algún día a mi mujer: “Me acabo de escribir el Cavia de este año”. El periódico en papel es la posibilidad de morir amarilleado más despacio que en la avalancha digital aunque mañana ya no le importemos a nadie. El papel es la esperanza de enterrar mejor a los muertos, de no tener que despedirse todavía, al menos mientras se acaba la columna. El papel es el espejo donde nos miramos con la ambición de parecernos a nuestros héroes.

“Los periódicos se mueren”, pero quien se ha muerto de verdad es David Gistau. Ahora que lo pienso puede que los dos sean lo mismo. Los periódicos se llevan muriendo tantos años que no había caído en que los que se mueren son los que dan sentido al formato tradicional. Y no nos sobresaltamos porque “son cosas de la edad”, pero cuando se entierra a un tío de cincuenta años con el talento a medio estrenar, se entienden las cosas de golpe. El periódico tiene sentido cuando lo pueblan periodistas de raza que lo mismo escriben un soneto en las quinientas palabras de una columna por el nacimiento de su primer hijo, que veranean haciendo corresponsalías de si mismos tras los pasos de la mafia. Gistau entendió que el lector espera del periódico cada mañana que sea como un libro de aventuras; aunque toque estar anclado a la tribuna del prensa del Congreso de los Diputados escuchando a Pedro Sánchez. El papel agoniza y lo que de verdad se muere es nuestra costumbre de comprar periódicos por la mañana, de leer a nuestros ídolos sin sospechar que mañana tal vez no vuelvan a firmar ya nunca más. Este oficio tiene sentido mientras lo ejercen tipos como David y no teletipos urgentes y vacíos con las últimas horas sin análisis, ni nada nuevo que decir.

El domingo por la noche se murió un poco la vocación. O se hizo más fuerte. La vocación es como un perro que siempre tiene que estar ladrando. Aunque Gistau no necesitaba llamar la atención, su prosa era directa como la de Hemingway, a quién supongo quería parecerse dando saltos por el mundo.

Gistau tenía pinta de haber sido portero en algún garito decadente e interesante como el Savoy o un tipo duro de Scorsese en El irlandés, pero era un alma tierna camuflada porque “hay que controlar las emociones ante extraños”. Le dio una pátina de gloria a todo lo que hacía. Recuperó el esplendor de la crónica parlamentaria que, después de Wenceslao Fernández Flórez, no había vuelto a ser lo mismo. Y al fútbol y a la mafia o el boxeo.

Gistau era el hilo que nos enganchaba con la tradición a través del dry martini. Con Alcántara y con este género tan nuestro donde al menos la intención, como en el boxeo, es de ganar por KO. Y él lo hacía cada mañana con ese humanismo literario de quien sabe que la percha es una excusa y la actualidad algo para contentar a los directores. Lo importante es hablar al hombre.

El papel tiene menos sentido cuando se mueren los héroes.

 

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