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Cuartángoras del Ebro

El ensayista Jorge Freire conversa con el periodista Pedro García Cuartango a propósito de 'Elogio de la quietud' (Círculo de Tiza)

Foto: The Objective

Algunos de los más bellos textos de metafísica de los últimos años no han aparecido en plúmbeos y sesudos ensayos, sino en artículos de prensa firmados por Pedro García Cuartango (Miranda de Ebro, 1956). Ahora recopila algunos de ellos, en compañía de otros inéditos, en Elogio de la quietud (Círculo de tiza), libro profundo y ligero que demuestra que la filosofía es –Platón dixit– el único saber que tiene alas.

 R. Digo en broma que soy la única persona en España que ha leído El ser y la nada, que es muy pesado. He leído a los clásicos, Kant, Hegel, Husserl, por supuesto Hume... Pero siempre he conectado a esos filósofos con mis experiencias. Las Meditaciones filosóficas de Descartes, por ejemplo, tuvieron mucha influencia en mi adolescencia. He ido absorbiendo a ciertos autores y, cuando hablo de ellos, hablo de mi vida. Por eso lo hago en un registro literario. No hay ruptura entre la filosofía y mi vida. Tampoco entre la filosofía y la literatura.

P. En “Sobre la imposibilidad de vivir el presente” dices que cuando uno trata de hacer demasiadas cosas la vida se le escurre entre las manos. Pero, ¿de verdad es imposible vivir el presente? El filósofo Nicholas Grimaldi, al que aludes en el libro, parece hacerlo de una manera muy intensa. A una edad provecta, vive en un faro, lee a Hegel y dice haber encontrado la serenidad.

R. El tiempo es una palabra muy equívoca. Hay un tiempo objetivo en que somos un pequeño destello. Pero también existe la idea de Bergson de la durée, los momentos tal y como los vivimos. Estamos hechos de tiempo, es nuestro único capital. No vivimos el tiempo, sino que el tiempo vive dentro de nosotros. Por eso nuestra pequeñez nos produce un sobrecogimiento. Somos un breve destello. Y esa conciencia del tiempo, a la vez que nos produce angustia y desazón, es lo que nos permite vivir la vida con plenitud: saber que somos un pequeño momento en el tiempo.

P. Es como aquel poema de Aleixandre. ¿De dónde vienes, mortal que del barro has llegado / para un momento brillar y regresar después a tu apagada / patria?

R. En la sociedad del espectáculo, la muerte es un tabú. Sin embargo, es la única certeza que tenemos.

 

Entender lo que no se dice

Cuartango es una rara avis de la prensa española. Aunque se dedica al periodismo desde hace décadas, parece un filósofo presocrático. Viéndolo hablar sobre el ser y el devenir, con su mirada melancólica y su luenga barba, uno creería estar ante un primo lejano de Heráclito.

 P. Citas a Somerset Maugham en el capítulo homónimo: “Tenemos que comprender humildemente la belleza de la quietud”. Uno de mis poemas favoritos de Carlos Bousoño habla de entender la sabiduría / inmortal de quedarse quieto. ¿Por qué nos cuesta tanto hacerlo?

R. Porque vivimos en una cultura en que el movimiento es un valor. Hacer cosas, viajar... Todo es frágil, momentáneo, instantáneo. Por eso reivindico la quietud como un alejamiento de ese vértigo. Hay que ir más allá para ver las claves internas de las cosas, lo que está enunciado pero no está dicho. Entender, como decía el psicoanálisis, aquello que no se dice a través de lo que se dice.

P. Yo este libro lo habría llamado “Elogio de la quiescencia” en lugar de “Elogio de la quietud”, porque la quiescencia es la cualidad de lo que, pudiendo moverse, está quieto; la quietud es, sin embargo, lo propio de una piedra, por ejemplo, que no se mueve pero tampoco podría hacerlo. Puede que la quiescencia sea la aspiración más alta para quien, según Pascal, es incapaz de estar quieto y a solas en una habitación...

R. Pues es verdad. Asumo la crítica.

P.  Hablando de Pascal, aludes sus problemas de salud y a sus desgracias personales. El suyo es uno de esos casos en que la vida parece influir de manera determinante en el pensamiento. Una de las visiones más luctuosas de la condición humana que yo haya leído aparece en el fragmento 199 de sus Pensées: una serie de condenados a muerte, encadenados al tresbolillo entre sí; cada día degüellan a uno o a varios, y los demás miran, sabiendo que ven su propio sino, y aguardan su turno.

R. Fue un desgraciado. Sufrió grandes contrariedades y estuvo siempre sometido a un gran sufrimiento físico. Yo creo que el conocimiento se genera a través de la adversidad. Es muy difícil llegar a esos niveles de lucidez si todo te sale bien. Claro que sería simplificar mucho las cosas decir que la infelicidad es una condición sine qua non del conocimiento. Seguramente ha habido gente feliz que ha sido muy inteligente. Pero las grandes verdades del ser humano suelen surgir de situaciones desesperadas. Beethoven fue un música genial con una vida amorosa muy desgraciada. Todos esos sentimientos de frustración y de no reconocimiento se expresan en las sonatas. 

“Las ideologías identitarias nos pueden llevar a una gran recesión democrática”

P. Sostienes que el nacionalismo es una variante del narcisismo. Juan Claudio de Ramón ha escrito acerca del “hospital identitario” en que el soberanismo suele confinar a los pueblos que, por así decirlo, son presa de la “aflicción introspectiva”.

R. No puedo estar más de acuerdo. Las ideologías identitarias son siempre excluyentes. Como el nacionalismo catalán: tienes que adherirte a una forma de pensar y de querer y, si no, quedas marginado. El nacionalismo segrega la sociedad y genera fracturas sociales. Yo defiendo la igualdad de los ciudadanos, los ideales de la Ilustración, y eso está cuestionado por las ideologías identitarias, que nos pueden llevar a una gran recesión democrática.

P. Es sorprendente que sigamos dando vueltas a la identidad española, a aquello que la literatura noventayochista llamó “el Ser de España”, lo que entre otras cosas lleva a mantener viva la llama del excepcionalismo.

R. El franquismo acuñó un eslógan que decía “Spain is different”. España ha sido un país aislado política y geográficamente. Los Pirineos nos han aislado. Pero además hemos estado casi cuarenta años bajo una dictadura. También la historia de España es muy cainita, y sus dos últimos siglos están llenos de enfrentamientos, asonadas, golpes de Estado... Existe una cierta peculiaridad histórica en España que nos hace sentirnos distintos a lo que sucede por encima de los Pirineos. No tiene razón de ser, pero la sensación sigue pesando.

P. Entonces no hay una excepción, sino una peculiaridad: creer que somos una excepción.

R. La hubo. Cuando fui a París en los setenta, España era una dictadura. Éramos diferentes, pero hoy no lo somos. No hay ninguna diferencia entre Madrid y Londres. Ni en la gente, ni en la mentalidad.

 

La incurable nostalgia

Dice Waugh en Retorno a Brideshead que no es sincero el relato de un adulto si no alude a la nostalgia que siente por su niñez, porque cuando uno se hace mayor esas “horas negras” son como el cero de la ruleta: se quiera o no, aparecen de vez en cuando. Teniendo a Cuartango enfrente, la pregunta por la nostalgia parece obligada.

R. La infancia es la época en que tenemos más capacidad para percibir la intensidad de la vida. Viví en Miranda hasta los diez años, en una familia feliz, en contacto con la naturaleza, y siento añoranza. A pesar de que soy consciente de que la memoria reelabora constantemente los recuerdos, creo que en la infancia mantenemos lo mejor de nosotros mismos.

P. Tu nostalgia difiere no poco de la nostalgia de los reaccionarios. Has hecho de Miranda tu Combray, tu Comala, precisamente porque no puedes volver a ella tal cual era.

R. La nostalgia puede ser destructiva si la usas como un escudo contra la realidad. Yo me defino como un pesimista activo. No he eludido tomar las decisiones que debo tomar y he sabido conjugar mi nostalgia, que es una enfermedad incurable, con afrontar el presente.

P. Mi amiga Tamara Campos, que es seguramente tu mejor lectora, elogiaba el otro día el artículo en que defiendes que Dostoievski mostraba más de la Rusia decimonónica que periodistas y filósofos. ¿Adónde llega la ficción que no llega el periodismo o el ensayismo?

R. Los grandes clásicos, de Homero a Shakespeare, pasando por Cervantes o Dante, han tenido una gran clarividencia al penetrar en los secretos del alma humana. Para saber cómo somos, no hay cosa mejor que leerlos. Yo tenía una página diaria en ABC sobre los libros de mi vida, y me impuse la norma de no escribir de alguien que hubiera muerto después de 1975. La proximidad te lleva a falsear o valorar mal una obra. Pero, ¿quién puede discutir que Proust, Mann o Kafka eran grandes escritores? La literatura es un milagro de introspección. Nadie ha descrito el sentimiento de culpa como Dostoievski en Crimen y castigoLos endemoniados es una gran novela política y un tratado del nihilismo. Y refleja muy bien cómo era la sociedad del XIX.

P. Incluso la de ahora, porque los personajes de Los endemoniados tienen mucho que ver con los salafistas de hoy. Yo creo que el terrorista no es el perdedor radical, como decía Enszensberger cayendo, a mi juicio, en el error de estetizarlo, sino un nihilista.

R. Efectivamente, todo terrorismo tiene un fondo nihilista. Es la negación de unos valores por medio de la violencia. De ahí el peligro de banalizarlo. Hay que alejarse de cualquier tentación de justificarlo.

Terminamos la entrevista y nos despedimos. Lo veo alejarse por la calle Costa Rica con las manos en los bolsillos y, por un momento, me lo imagino paseando por el peripato o por el jardín de Epicuro tan ricamente.

En este vídeo, Jorge Freire habla de 'La cultura, querido Robinson', de Guillermo Busutil: 

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