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William James, filósofo, lo avisó en 1907: «Cómo ganar, cómo conservar y cómo recuperar la felicidad es lo único que motiva a las personas»

James, padre del pragmatismo, consideraba fundamental hacer cosas útiles para ser feliz

William James, filósofo, lo avisó en 1907: «Cómo ganar, cómo conservar y cómo recuperar la felicidad es lo único que motiva a las personas»

Una artesana | ©Pexels

La felicidad tiene mala prensa filosófica. Durante siglos se la presentó como recompensa de la virtud, fruto de la sabiduría o meta reservada a quienes dominaban sus pasiones. Era un destino, no un camino. Pero a finales del siglo XIX, un médico reconvertido en psicólogo y filósofo en Harvard empezó a hacerse preguntas distintas: ¿y si la felicidad no fuera el premio al final, sino algo que se construye acto a acto, hábito a hábito, día a día?

William James, padre del pragmatismo norteamericano, no llegó a estas conclusiones desde la comodidad académica. Atravesó en su juventud una crisis profunda de depresión y parálisis existencial, y fue precisamente la salida de esa crisis —a través de la voluntad y la acción— lo que forjó el núcleo de toda su obra. La felicidad, entendida según la filosofía de William James, no es un estado que se alcanza, sino una práctica que se sostiene.

La importancia de la felicidad social

William James nació en Nueva York en 1842, en una familia intelectualmente privilegiada. Hermano del novelista Henry James, estudió medicina en Harvard, aunque nunca ejerció como médico. Su verdadera vocación era entender la mente humana, y durante décadas enseñó en esa misma universidad, donde fundó el primer laboratorio de psicología de América. Sus obras transformaron para siempre la manera en que la ciencia y la filosofía conciben las emociones, el carácter y el bienestar.

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James insistía también en la forma en la que nos relacionábamos como base para esta felicidad. ©Pexels

Sus aportaciones en torno a la felicidad son trascendentales porque rompen con una tradición que situaba el origen del bienestar en el interior del individuo, desvinculado de sus actos hacia los demás. Para James, la dimensión social del comportamiento no era accesoria sino central: cómo tratamos a las personas, qué tipo de presencia somos en la vida de otros, define en buena medida quiénes llegamos a ser. No en vano escribió que «cómo ganar, cómo conservar, cómo recuperar la felicidad es, de hecho, para la mayoría de las personas, el motivo secreto de todo lo que hacen». Esa búsqueda, sin embargo, solo da frutos cuando se orienta hacia afuera, hacia la acción y hacia los otros, no cuando se vuelve sobre sí misma. Algo de lo que hemos hablado a menudo en THE OBJECTIVE.

William James, sobre la felicidad y el comportamiento humano

Cuando James escribió que «el bien que hacemos hoy se convierte en la felicidad del mañana», estaba describiendo un mecanismo concreto: el de la profecía autocumplida aplicada al carácter moral. Cada acto generoso, cada decisión honesta, cada gesto de consideración hacia otro deja un sedimento en quien lo realiza. Ese sedimento, acumulado con el tiempo, es lo que James llamaba hábito, y el hábito, en su filosofía, es casi sinónimo de identidad. Pensadores posteriores, como Erich Fromm, irían más allá e insistirían en que «la felicidad depende del modo de vida, no del consumo».

Esta idea supone una ruptura deliberada con la tradición clásica y con buena parte del pensamiento contemporáneo. Tanto el estoicismo como el pensamiento socrático vinculaban la felicidad a la sabiduría interior o a la virtud entendida como disciplina del alma. James, en cambio, la ancla en lo práctico y en lo relacional: somos lo que hacemos, y lo que hacemos con y por los demás moldea, más que cualquier otra cosa, nuestra experiencia del mundo. La felicidad no es un objetivo que se conquista de una vez; es una carrera de fondo en la que se va llegando, poco a poco, a través de los propios actos.

La actividad, el hábito y creer para buscar la felicidad

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El pragmatismo de James le hacía pensar que la felicidad se construía en torno a los resultados útiles de la vida. ©Pexels

James era, ante todo, un pragmático. El pragmatismo, la corriente filosófica que él contribuyó a fundar junto a Charles S. Peirce, sostiene que una idea vale en la medida en que produce resultados útiles en la vida real. Aplicado al bienestar, este principio se traduce en algo deceptivamente sencillo: forjar hábitos saludables, tanto de conducta como de pensamiento, es la base más sólida sobre la que puede construirse una vida feliz. «El cerebro es una máquina de adquirir costumbres», escribió en The Principles of Psychology, y con esa frase anticipó décadas de neurociencia conductual.

Pero James no se quedaba ahí. Insistía además en que la actividad —el simple hecho de moverse, de tener propósitos, de comprometerse con algo— apunta directamente a mejorar el bienestar, no solo desde el plano físico sino desde el emocional. Aquí converge con pensadores posteriores como Erich Fromm o Viktor Frankl, quienes subrayarían que tener un sentido vital es condición necesaria de la felicidad. Frankl, por ejemplo, consideraba que «la felicidad no puede perseguirse».

Del mismo modo, James defendía que creer en algo —no necesariamente en términos religiosos, sino en uno mismo, en los demás o en un propósito— tampoco es irracionalidad: es una estrategia adaptativa. Esa creencia moviliza conductas que hacen más probable que lo deseado se haga realidad. «No temas a la vida», escribió. «Cree que merece la pena vivirla, y tu creencia ayudará a hacer realidad ese hecho.» Pocas frases resumen mejor una filosofía entera del bienestar.

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