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Ralph Waldo Emerson, filósofo, ya lo aclaró en 1841: «Por cada minuto de ira pierdes sesenta segundos de felicidad»

El estadounidense consideraba que todo lo que interrumpe esa conexión es un obstáculo

Ralph Waldo Emerson, filósofo, ya lo aclaró en 1841: «Por cada minuto de ira pierdes sesenta segundos de felicidad»

Un hombre en la playa | ©Pexels

Hay una aritmética brutal en la frase de Emerson. No dice que la ira sea mala en términos morales, ni que haya que reprimirla por virtud o decencia. Dice algo más concreto y más difícil de rebatir: que cada minuto que uno dedica a la ira es un minuto que se resta, de forma directa y sin compensación posible, al tiempo disponible para ser feliz. Es una ecuación de suma cero. Y su frialdad matemática, en un hombre conocido por su lirismo y su espiritualidad, resulta más perturbadora que cualquier argumento filosófico elaborado. Emerson no predicaba: calculaba.

Lo que hace que la advertencia de Emerson sobre la ira y la felicidad que perseguía resulte especialmente llamativa es el momento en que la formuló. Corría 1841, Estados Unidos era una nación joven y convulsa. La esclavitud dividía el país y la industrialización empezaba a transformar la vida cotidiana de una manera que muchos encontraban desorientadora. En ese contexto, un exministro protestante reconvertido en filósofo itinerante recorría Nueva Inglaterra dando conferencias sobre la autonomía del individuo, la conexión con la naturaleza y la responsabilidad personal sobre el propio estado emocional. Sus ideas incomodaban a la Iglesia y fascinaban a los jóvenes. Entre ellos, un tal Henry David Thoreau.

El hijo del pastor que abandonó el púlpito para pensar en voz alta

Ralph Waldo Emerson nació en Boston en 1803. Fue el segundo hijo de un pastor unitario que murió cuando Emerson tenía ocho años, dejando a la familia en una pobreza que solo se sostuvo gracias a la caridad y a la firmeza de su madre. Esa infancia sin padre y con escasos medios no apagó su curiosidad intelectual. De hecho, entró en Harvard a los catorce años, se graduó, estudió teología y siguió los pasos de su padre hacia el púlpito. Pero el ministerio le duró poco. En 1832, incapaz de reconciliar su fe con los dogmas que se le pedía administrar, renunció. Tenía veintinueve años y ningún plan claro.

Lo que vino después fue un viaje a Europa que resultó decisivo. Conoció a Carlyle, a Wordsworth y a Coleridge, y absorbió el Romanticismo alemán e inglés con la avidez de quien lleva años esperando encontrar un lenguaje para lo que ya intuía. De vuelta en América, instalado en Concord, Massachusetts, empezó a construir su propia filosofía desde cero. La llamaron trascendentalismo, aunque él nunca le dio demasiada importancia al nombre. Lo que le importaba era la idea central: que cada individuo tiene acceso directo a la verdad a través de la intuición y la experiencia, sin necesidad de intermediarios religiosos ni de autoridades externas. Emerson en su felicidad defendía no venía de obedecer ninguna doctrina: venía de confiar en uno mismo.

La ira, según Emerson, tiempo robado a la felicidad

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Lo más importante de esta percepción no está en el hecho del enfado, sino en la pérdida de tiempo que supone. ©Pexels

Los Ensayos de 1841, donde Emerson desarrolla con mayor claridad su visión, no son un manual de autoayuda. Son algo más exigente: una invitación a asumir la responsabilidad plena sobre la propia experiencia interior. Emerson no creía que las circunstancias externas fuesen irrelevantes. Sin embargo, sí que su peso en el bienestar individual era mucho menor de lo que solemos admitir. Lo que determina la calidad de una vida, argumentaba, no es lo que le ocurre a uno sino cómo uno responde a lo que le ocurre. Y la ira, en ese esquema, es la respuesta más costosa de todas: «Por cada minuto de ira pierdes sesenta segundos de felicidad», una cuenta que no admite trampas ni excepciones. De manera contemporánea, visiones como la de Mercedes de la Rosa y su «nos perdemos la vida cuando no paramos» firmarían a pies juntillas lo que Emerson creía.

No es pasividad, es trascendentalismo

No era una llamada a la pasividad ni al estoicismo resignado. Emerson era cualquier cosa menos pasivo: se implicó activamente en el abolicionismo, defendió públicamente causas impopulares y no rehuía la confrontación intelectual. Lo que rechazaba era la ira rumiada, la que se alimenta a sí misma, la que ocupa espacio mental durante horas o días sin producir ningún cambio en el mundo real. Esa forma de ira, distinguía con precisión, no es energía que se canaliza sino energía que se desperdicia. Y el desperdicio de tiempo interior era, para Emerson, el lujo que menos podía permitirse quien quisiera vivir bien.

Su posición conecta directamente con el núcleo del trascendentalismo: si la fuente del bienestar está dentro del individuo –en su capacidad de conectar con algo más grande a través de la intuición y la naturaleza–, entonces todo lo que interrumpe esa conexión es un obstáculo. La ira crónica interrumpe esa conexión de forma particularmente eficaz. Cierra la percepción, estrecha el foco, hace que el mundo se reduzca a la herida o el agravio. Y en ese estado contraído, la felicidad que Emerson describía –abierta, atenta, conectada con el flujo de la vida– resulta sencillamente imposible. O los riesgos de «cuando la vida se organiza en torno a la productividad».

Confiar en uno mismo, también emocionalmente

Aplicar a Emerson al presente requiere separar lo que es esencialmente suyo de lo que el siglo XXI ha convertido en cliché. La idea de «confiar en uno mismo» se ha vulgarizado hasta el punto de aparecer en tazas de desayuno y presentaciones de empresa. Pero lo que Emerson entendía por esa confianza era algo más incómodo que la autoestima positiva. Para él era la disposición a asumir la responsabilidad completa sobre el propio estado emocional. Por eso, no se trataba de delegar esa responsabilidad en las circunstancias, en los demás ni en el azar. Eso incluye, en primer lugar, la gestión de la ira. Algo de lo que hemos hablado a menudo en THE OBJECTIVE.

Las investigaciones en psicología contemporánea han confirmado, desde ángulos muy distintos, lo que Emerson formuló de forma intuitiva. La ira sostenida –no la que aparece y se resuelve, sino la que se rumia y se alimenta– tiene efectos documentados sobre la salud física y mental, deteriora la toma de decisiones y reduce de forma medible la capacidad de experimentar emociones positivas. Emerson no tenía esos datos. Tenía algo quizás más eficaz: la observación directa y la honestidad para sacar conclusiones que resultaban incómodas para él mismo, no solo para sus lectores. No obstante, no es la única forma de perder el tiempo, como advierte Bernard Stiegler que, considera, que «la pérdida de atención en la era digital erosiona la posibilidad de una vida plena».

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