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Bernard Stiegler, filósofo, ya lo advirtió a sus 56 años: «La pérdida de atención en la era digital erosiona la posibilidad de una vida plena y feliz»

La pérdida de atención no es un daño del progreso tecnológico, sino uno de sus principales campos de disputa

Bernard Stiegler, filósofo, ya lo advirtió a sus 56 años: «La pérdida de atención en la era digital erosiona la posibilidad de una vida plena y feliz»

Bernard Stiegler | Inteligencia artificial

A los 56 años, cuando publicó Prendre soin : De la jeunesse et des générations, el filósofo Bernard Stiegler lanzó una advertencia que hoy resuena con más fuerza que nunca. Su diagnóstico era claro y, en cierto modo, incómodo, la economía digital no solo transforma la manera en que vivimos, sino que está reconfigurando nuestra capacidad misma de atención, y con ella, la posibilidad de una vida plena.

En su obra Taking Care: Youth and the Generations, Stiegler analiza lo que denomina una crisis estructural de la atención. No se trata de una simple distracción cotidiana, sino de un fenómeno profundo vinculado al desarrollo de las tecnologías y las industrias culturales. Según el filósofo, estas industrias han convertido la atención en un recurso económico central, compitiendo de forma agresiva por capturarla, especialmente entre los más jóvenes.

El resultado es una progresiva erosión de la capacidad de concentración crítica. Lo que está en juego no es solo el rendimiento cognitivo, sino algo más esencial, la posibilidad de construir pensamiento autónomo. Para Stiegler, la destrucción de la atención equivale a una amenaza directa para el desarrollo cultural y social, ya que impide la formación de individuos capaces de reflexionar sobre el mundo que habitan.

Prendre soin : De la jeunesse et des générations

¿De dónde viene la infelicidad social que se está viviendo hoy?

Uno de los ejes más incisivos del libro es su crítica al papel de las tecnologías digitales dentro del capitalismo contemporáneo. Stiegler describe cómo los llamados «sistemas de programación», desde la televisión hasta las plataformas digitales, han sustituido progresivamente a instituciones tradicionales como la familia o la escuela en la formación de la conciencia.

En este contexto, los individuos dejan de ser ciudadanos en formación para convertirse en consumidores permanentes. El filósofo advierte que este proceso genera una «infantilización» generalizada, en la que tanto jóvenes como adultos son tratados como sujetos impulsivos, incapaces de sostener una atención prolongada o un juicio crítico.

La paradoja es evidente, mientras la tecnología promete acceso ilimitado al conocimiento, en la práctica fomenta un tipo de relación superficial con la información. La atención se fragmenta en estímulos breves, lo que Stiegler describe como una cultura de la inmediatez.

La pérdida de la memoria cultural

Para el filósofo, la atención no es solo una facultad psicológica, sino el fundamento de la memoria colectiva. Sin atención sostenida no hay aprendizaje profundo, ni transmisión cultural. De ahí que vincule directamente la crisis de la atención con una crisis de la educación y, en última instancia, de la democracia.

Stiegler insiste en que la atención a largo plazo permite construir sedimentaciones de conocimiento y experiencia que hacen posible la vida social. Sin ellas, la cultura se vuelve efímera, incapaz de generar sentido compartido. En ese escenario, la idea misma de ciudadanía se debilita. Si los individuos no pueden concentrarse, tampoco pueden deliberar, participar ni asumir responsabilidades colectivas. La pérdida de atención se convierte así en una amenaza política.

Lejos de adoptar una postura tecnófoba, Stiegler plantea una visión más compleja. La tecnología no es intrínsecamente negativa. Es lo que denomina un pharmakon, puede ser tanto veneno como remedio. El problema no es la tecnología en sí, sino el modelo económico que la gobierna. Por eso propone recuperar lo que denomina una «batalla por la inteligencia», una lucha por reorientar el uso de las tecnologías hacia la formación de atención profunda y pensamiento crítico.

Esta batalla implica revalorizar instituciones como la educación, pero también repensar el diseño de los entornos digitales. No se trata de abandonar la tecnología, sino de domesticarla, de ponerla al servicio del desarrollo humano y no de su explotación.

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