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Irvin Yalom, psiquiatra, ya avisó en 1992 sobre lo innecesario de la vida: «Si anhelas felicidad no luches por lo que no necesitas»

El padre de la psicoterapia existencial siempre insiste en que nos hagamos las preguntas que nadie quiere hacerse

Irvin Yalom, psiquiatra, ya avisó en 1992 sobre lo innecesario de la vida: «Si anhelas felicidad no luches por lo que no necesitas»

Hombre ante atardecer. | ©Pexels

Hay una trampa muy extendida en la manera en que los seres humanos perseguimos el bienestar. Consiste en acumular deseos, objetivos y posesiones como si la felicidad fuera proporcional a la cantidad de cosas por las que luchar. Más ingresos, más reconocimiento, más opciones, más control sobre el futuro. La lista crece y el bienestar, sin embargo, no siempre acompaña. Irvin Yalom lleva décadas señalando ese mecanismo desde la consulta psiquiátrica. No como moralista sino como clínico: lo ha visto repetirse en cientos de pacientes. Muchos, de hecho, llegaban convencidos de que el problema era no haber conseguido suficiente. Sin embargo, el problema real era no haberse preguntado nunca qué necesitaban de verdad.

Yalom no es un filósofo de salón ni un divulgador de recetas. Es un psiquiatra que construyó su pensamiento sobre la felicidad desde el lado más duro de la existencia humana –la muerte, el aislamiento, la pérdida de sentido– y que aprendió, precisamente en ese territorio incómodo. Yalom considera que el bienestar no crece añadiendo cosas a la vida, sino identificando cuáles sobran. Su advertencia es clara: quien anhela felicidad y dedica sus energías a luchar por lo que no necesita no solo no la encuentra, sino que se aleja de ella con cada nuevo esfuerzo.

Washington, los libros y una infancia que forjó las preguntas correctas

Irvin Yalom nació en 1931 en Washington D.C., hijo de inmigrantes judíos llegados de Rusia poco después de la Primera Guerra Mundial. Creció en un barrio humilde donde los libros fueron, desde muy temprano, su refugio y su ventana. Esa infancia marcada por la precariedad y por la sombra de la Segunda Guerra Mundial le planteó las preguntas que no le abandonarían nunca: qué significa vivir bien, cómo se afronta la certeza de la muerte, qué hace que una existencia tenga sentido. No eran preguntas abstractas para él. Eran urgentes.

Estudió Medicina en la Universidad de Boston y se especializó en psiquiatría en Johns Hopkins. Después llegó Stanford, donde ejerció durante décadas y donde forjó el enfoque que le haría célebre: la psicoterapia existencial, una corriente que tomaba los grandes temas de la filosofía –Nietzsche, Heidegger, Sartre– y los trasladaba al interior de la consulta terapéutica. Antes de él, esas ideas vivían en textos académicos densos y en aulas europeas. Yalom las convirtió en herramientas clínicas concretas, aplicables a personas reales con sufrimientos reales.

Su salto a la literatura en 1992 con El día que Nietzsche lloró no fue un desvío de su trayectoria. Más bien fue su continuación por otros medios. En esa novela, y en las que vinieron después –La cura Schopenhauer, El problema de Spinoza–, Yalom encontró un formato que le permitía explorar la felicidad, el miedo y el sentido de la existencia con una libertad que el ensayo académico no le daba. Y fue precisamente en ese contexto creativo donde cristalizó su advertencia más conocida sobre el bienestar: la lucha por lo innecesario como principal obstáculo para la felicidad Yalom convirtió en divisa.

La felicidad como renuncia a la ilusión de control

La tesis de Yalom sobre la felicidad no parte de una promesa sino de un diagnóstico. Su punto de arranque es que el ser humano vive instalado en lo que él llama la ilusión de especialidad: la convicción de que las reglas generales de la existencia –la muerte, el azar, la imposibilidad de controlarlo todo– no se aplican del mismo modo a uno mismo. Esa ilusión alimenta una carrera permanente por acumular seguridades, logros y posesiones que, en teoría, deberían proteger al individuo de la vulnerabilidad. En la práctica, argumenta Yalom, lo que hacen es alejarlo de la única fuente real de bienestar: la conciencia lúcida de lo que de verdad importa. Por eso considera que «si anhelas felicidad, no luches por lo que no necesitas».

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La ambición desmedida, para Yalom, se convertía en una fuente extra de infelicidad. ©Pexels

Aquí entra su advertencia más directa. Quien dedica su energía vital a luchar por lo que no necesita –status, validación constante, control sobre los demás, certezas imposibles– no solo no consigue más felicidad, sino que genera una forma crónica de insatisfacción. Porque los deseos superfluos, una vez satisfechos, se sustituyen inmediatamente por otros. El mecanismo no tiene fin. Y la felicidad Yalom defendía no es compatible con ese ciclo, porque exige algo que la acumulación impide: la capacidad de detenerse y mirar lo que ya está ahí. Algo de lo que ya hemos hablado antes en THE OBJECTIVE.

Heredero, a su manera, de Nietzsche, Heidegger y el estoicismo clásico

Sus influencias son transparentes en este punto. De Nietzsche tomó la idea de que vivir con autenticidad exige enfrentarse a las verdades incómodas sin anestesia. De Heidegger, la convicción de que la conciencia de la propia finitud –lejos de ser paralizante– es lo que le da peso y sentido a cada elección. Y del estoicismo, aunque nunca lo reivindicó explícitamente, heredó la distinción entre lo que depende de uno y lo que no. Para Yalom, la felicidad empieza exactamente donde termina el empeño por controlar lo incontrolable. Por eso, pensadores contemporáneos como Judith Butler también se valen de ese pensamiento, afirmando que «cuando vives de acuerdo con lo que uno es y no solo con lo que se desea».

Vivir sin red, vivir mejor: Yalom en el siglo XXI

Aplicar el pensamiento de Yalom a la vida contemporánea no requiere terapia, aunque tampoco la descarta. Requiere, antes que nada, una forma de honestidad que resulta especialmente escasa en una época diseñada para mantener activo el deseo. Algoritmos que anticipan el siguiente producto que queremos, redes sociales que convierten la comparación en un deporte de contacto, culturas laborales que miden el valor de una persona por su productividad. En ese entorno, la pregunta que Yalom lleva décadas planteando –¿qué necesitas de verdad?– resulta casi subversiva.

La respuesta que él encontró en sus décadas de práctica clínica no es minimalista en el sentido estético del término. No se trata de tener pocas cosas ni de huir del mundo. Se trata de construir una vida orientada por lo que realmente importa: los vínculos genuinos, el sentido, la presencia plena en lo cotidiano… En lugar de por lo que la presión externa dicta que debería importar. Sus pacientes que más progresaban, cuenta en El don de la terapia, eran precisamente quienes lograban soltar la ilusión de que la felicidad dependía de factores externos que aún no habían conseguido. Otros como Paul Bloom, además, piensan que «la felicidad humana no depende solo del placer».

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Yalom hace una crítica dura a la cultura del rendimiento en sus trabajos, insistiendo en la necesidad de buscar lo vital. ©Pexels

Preguntas que asustan… Pero que hace falta hacerse

El problema, y Yalom lo reconoce sin paternalismos, es que soltar esa ilusión no es sencillo. Exige enfrentarse a preguntas que asustan. Qué queda cuando se retira la ambición, quiénes somos cuando dejamos de perseguir, qué significa vivir bien en lugar de vivir mucho. Son preguntas que la cultura del rendimiento tiende a silenciar con más objetivos y más ruido. Yalom las consideraba, al contrario, las únicas preguntas que merecen la pena. Y su respuesta, destilada en décadas de consulta y de escritura, tiene la forma de una advertencia que sigue pertinente: si anhelas la felicidad, deja de luchar por lo que no necesitas.

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