Boris Cyrulnik, neuropsiquiatra, lo aclaró hace 25 años: «Hay que saber que la felicidad no es un estado inmutable; y la desdicha, tampoco»
Considerado el padre de la resiliencia, el autor francés estuvo marcado en su infancia por el Holocausto nazi

Un hombre caminando. | ©Pexels
Hay quien se empeña en convertir la vida en un valle de lágrimas sin fondo, o en subirse a una nube de optimismo imperturbable que ignora cualquier tropiezo. Ambos extremos, sin embargo, distorsionan lo que la existencia es en realidad: un territorio de altibajos donde las emociones no se instalan para siempre, sino que pasan. En ese péndulo constante, muchas personas sienten que la tristeza que atraviesan no tiene salida, o que la alegría que disfrutan no merece confianza porque tarde o temprano se acabará. Esa angustia, por fortuna, tiene respuesta.
El neuropsiquiatra Boris Cyrulnik la formuló con claridad hace más de dos décadas, y su tesis sigue siendo tan pertinente hoy como entonces. Ni la felicidad es eterna ni la desdicha condena a nadie de por vida: ambas son estados transitorios que el ser humano puede aprender a gestionar. Aceptar esa impermanencia no es resignación; es, al contrario, el primer paso hacia una vida más plena. Cyrulnik no prometía paraísos sin nubes, pero sí defendía que merece la pena aspirar a ser tan felices como sea posible, durante el mayor tiempo posible.
La felicidad, según Boris Cyrulnik

Boris Cyrulnik nació en Burdeos en 1937, en el seno de una familia judía ucraniana. Sus padres fueron deportados y asesinados en Auschwitz cuando él tenía seis años. Cyrulnik sobrevivió gracias a la ayuda de una enfermera que lo ocultó en distintos lugares. Esa infancia marcada por el horror no le impidió convertirse en neurólogo, psiquiatra, psicoanalista y etólogo. Al contrario, fue el motor que orientó toda su carrera hacia el estudio de cómo los seres humanos superan el trauma. Su obra, traducida a decenas de idiomas, ejerció una influencia decisiva en la neuropsiquiatría contemporánea y cambió la manera en que la psicología clínica entiende el sufrimiento.
Para Cyrulnik, la felicidad no era ni un regalo ni un destino, sino una construcción activa y colectiva. Estableció una distinción fundamental entre bienestar y felicidad. El primero es físico y depende de que las necesidades estén cubiertas. Creía, además, que la segunda nace de un proyecto de vida y se edifica siempre en el encuentro con los demás. Quien confunde ambos conceptos, advertía, cae en la trampa de la satisfacción inmediata sin sentido, que es la antesala de muchas adicciones. Su propuesta era más exigente pero también más duradera. Construir una existencia con significado, apoyada en vínculos afectivos genuinos, aunque el camino incluya dolor, tal y como hemos contado otras veces en THE OBJECTIVE.
Cómo comprender que nada es eterno

Uno de los pilares del pensamiento de Cyrulnik es precisamente esa comprensión de la impermanencia, que él no predicaba desde el estoicismo ni desde la resignación, sino desde la lucidez. «Así como la felicidad no es un estado inmutable, tampoco lo es la desdicha», escribió, y esa frase encierra toda una filosofía de vida. No se trata de negar el dolor ni de fingir que todo va bien, sino de entender que ningún estado emocional dura para siempre y que esa movilidad es, en sí misma, una puerta abierta. Cyrulnik no pedía conformismo, sino conciencia. Algo que otros filósofos como A. C. Grayling refrendaron, considerando que «vivir bien implica aprender a pensar con claridad».
Esa conciencia, además, tenía implicaciones prácticas en su visión de la felicidad. «Es posible producir la metamorfosis del padecimiento en bienestar, gracias a la resiliencia», afirmaba. Lo hacía, además, sin caer en un optimismo ingenuo que ignorase la dureza de ciertas experiencias. Su propuesta no era vivir sin heridas, sino aprender a habitarlas sin que dicten el rumbo. Reconocía que la vida no es un camino de rosas. Precisamente por eso consideraba tan valioso el esfuerzo de mantener la mayor felicidad posible durante el mayor tiempo posible. Con realismo y sin perfeccionismo, porque la perfección, insistía, es el enemigo de la satisfacción. Aunque pensadores previos, como Ortega y Gasset, consideraban que «quien no se exige mucho no puede conocer la verdadera alegría».
La base de la felicidad: la resiliencia

Boris Cyrulnik pasó a la historia como el padre de la resiliencia. Un título que no buscó pero que la comunidad científica y el gran público le terminaron otorgando de manera unánime. Su trabajo clínico con niños traumatizados, desarrollado durante décadas en Francia, le permitió observar que determinadas personas eran capaces de sobreponerse a experiencias devastadoras y construir una vida significativa. Eso no sucedía por azar ni por fortaleza innata. Ocurría gracias a la presencia de lo que él denominó tutores de resiliencia, personas del entorno que ofrecían afecto, reconocimiento y sentido en el momento más oscuro. Su conclusión era rotunda: nadie se sana en soledad.
Hoy el término resiliencia aparece en titulares, en discursos de empresa y hasta en etiquetas de ropa deportiva, manido hasta el punto de haber perdido parte de su potencia original. Sin embargo, hasta hace relativamente pocos años era un concepto técnico conocido solo en círculos académicos y clínicos. Para Cyrulnik, la resiliencia no era fortaleza ni superación entendida como borrar el pasado; era, en sus propias palabras, «el arte de navegar en los torrentes, el arte de metamorfosear el dolor para darle sentido». No se trataba de no sufrir, sino de no quedarse atrapado en el sufrimiento. Y esa distinción, sutil pero radical, es la que convierte su legado en algo mucho más profundo que una moda: en una manera de entender qué significa ser humano.
