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Unamuno, filósofo español, ya lo avisó en 1902: «La dicha es un estado de estupidez; la felicidad es un sueño del que se despierta con dolor»

El pensador reivindicó la angustia como la prueba suprema de que seguimos siendo humanos

Unamuno, filósofo español, ya lo avisó en 1902: «La dicha es un estado de estupidez; la felicidad es un sueño del que se despierta con dolor»

Miguel de Unamuno dejó grandes lecciones sobre la felicidad y la buena vida

Vivimos atrapados en una especie de hedonismo preventivo. Hacemos lo que sea para evitar sufrir. Desde el coaching de autoayuda hasta pastillas, alcohol o relaciones vacías, la modernidad nos vende la felicidad como una obligación biológica y un objetivo a alcanzar. Hay que sentirse bien, rendir bien, dormir bien, sonreír bien. Cualquier malestar debe corregirse cuanto antes, como si la tristeza fuera un fallo del sistema y la duda una avería mental. Frente a este culto al bienestar, la figura de Miguel de Unamuno resulta hoy más necesaria que nunca.

Para el filósofo, esa paz interior que hoy perseguimos con ansiedad no era una conquista, sino una renuncia; una forma de «animalización». En sus libros ya advirtió que «la conciencia es una enfermedad» y que el ser humano lo es más cuanto mayor es su capacidad de angustia. Para Unamino, el empeño por evitar el dolor y la incertidumbre no nos hace más plenos, sino más toscos: es el intento desesperado de volver a la inconsciencia del animal satisfecho y renunciar, en el camino, a lo único que nos eleva: nuestra incurable inquietud.

Unamuno defendía la vida con conflicto y dolor

La conexión entre felicidad y estupidez aparece con especial nitidez en Amor y pedagogía (1902), una de sus sátiras más feroces contra el cientificismo y la fe ingenua en que la vida puede diseñarse racionalmente. Allí escribe: «La dicha es un estado de estupidez; la felicidad es un sueño del que se despierta con dolor».

Si el hombre no fuese más que un animal racional, no sería más que un animal. Pero es un animal que quiere ser más que animal, y por eso sufre. El que es feliz, es que se ha conformado con su parte de bestia

En el personaje de Avito Carrascal, Unamuno ridiculiza la idea de que una existencia feliz pueda programarse mediante métodos científicos, disciplina psicológica o cálculo racional. Lo que denuncia es la fantasía moderna de una vida sin conflicto. Para él, la felicidad completa exige una desconexión del juicio crítico, una suspensión de la conciencia, una especie de idiotización voluntaria.

Las reflexiones sobre la felicidad de Miguel de Unamuno
Miguel de Unamuno

Esta crítica llama especialmente la atención ahora, en una época que promete bienestar a golpe de algoritmo. En la actualidad también abundan los Avitos Carrascales: aplicaciones que monitorizan el ánimo, gurús que convierten la serenidad en producto y discursos empresariales que presentan la paz interior como KPI emocional.

La conciencia como herida

El núcleo filosófico de esta visión de Unamuno se refleja también en Del sentimiento trágico de la vida (1913): «El hombre, por ser hombre, por tener conciencia, es ya, respecto al burro o a un cangrejo, un animal enfermo. La conciencia es una enfermedad».

Lejos de despreciar al hombre, Unamuno lo engrandece. La enfermedad de la que habla no es una patología, sino el hecho de saberse mortal. El animal vive feliz en su inconsciencia: ignora el tiempo, la muerte y el absurdo. El ser humano, en cambio, sabe que va a morir y no puede aceptar del todo ese destino. De esa fractura nace la cultura, la religión, la filosofía, el arte y también la angustia.

En la actualidad, la mayoría pretende cerrar esa herida. Se podría decir que la modernidad medicaliza la tristeza, patologiza el escepticismo y convierte el desánimo existencial en simple disfunción química. Frente a ello, Unamuno reivindicaría el derecho a estar «mal» como prueba de que se uno es ser humano y que, por ende, está pensando.

El sufrimiento es lo que nos distingue de los animales

En Vida de Don Quijote y Sancho (1905) Unamuno critica la paz de quienes llama «los cerdos de Epicuro». En el libro, el filósofo escribe: «Si el hombre no fuese más que un animal racional, no sería más que un animal. Pero es un animal que quiere ser más que animal, y por eso sufre. El que es feliz, es que se ha conformado con su parte de bestia».

La dicha es un estado de estupidez; la felicidad es un sueño del que se despierta con dolor

La frase resume toda una antropología. Unamuno defendía que el hombre no se define por su comodidad, sino por su desasosiego, pues no desea solo placer o seguridad: quiere permanencia, sentido e inmortalidad. Quiere más de lo que el mundo puede darle. Y esa desproporción lo condena a la inquietud permanente.

Miguel de Unamuno desarrolla una idea radical: no hay verdadera felicidad sin sufrimiento
Miguel de Unamuno desarrolla una idea radical: no hay verdadera felicidad sin sufrimiento. Canva Pro

Por eso, según el pensamiento del filósofo, cuando una sociedad convierte el bienestar en valor supremo, puede estar retrocediendo. Si el objetivo de la vida es simplemente «estar bien», entonces la evolución humana habría sido un error, pues un organismo más simple —un animal o incluso una piedra— alcanza ese estado de manera más eficiente.

La obsesión actual por la felicidad y el bienestar

La crítica de Unamino tiene hoy una vigencia sorprente. Redes sociales, entretenimiento infinito y adicción a la dopamina instantánea a través del consumo configuran un ecosistema diseñado para evitar el vacío, el desasosiego o el silencio.

El hombre, por ser hombre, por tener conciencia, es ya, respecto al burro o a un cangrejo, un animal enfermo. La conciencia es una enfermedad

En la actualidad, la mayoría queremos eliminar la «angustia», pero para Unamuno esa angustia es la única señal de que seguimos vivos y de que nuestra alma reclama algo que el mundo físico no puede darle: la eternidad. La promesa de equilibrio permanente no sería, desde la visión del filósofo, una conquista espiritual, sino una especie de sedación ante la realidad.

En una época obsesionada con el autocuidado, Unamuno nos recuerda que no toda herida tiene por qué cerrarse y que no todo desasosiego merece anestesia. Para el ensayista, algunas formas de dolor son incluso constitutivas, pues nos hacen más lúcidos. A fin de cuentas, el filósofo nos recuerda que el hombre es el único animal que sabe que va a morir, y que pretender ser feliz ignorando ese hecho es, en el fondo, una forma de suicidio intelectual.

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