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Miguel de Unamuno, filósofo, ya avisó en 1913 sobre cómo ser felices: «Dichoso el que no tiene sosiego, porque de él será el reino de la vida»

En tiempos que idealizan la calma, el pensador reivindica la inquietud como la verdadera fuerza que nos mantiene vivos

Miguel de Unamuno, filósofo, ya avisó en 1913 sobre cómo ser felices: «Dichoso el que no tiene sosiego, porque de él será el reino de la vida»

Unamuno explora la idea de que la paz espiritual absoluta es, en realidad, una forma de estancamiento | Casa Museo Unamuno

En una época obsesionada con la calma, la felicidad y el equilibrio, quizá debamos plantearnos que la tranquilidad puede no ser una meta deseable. Esto aseguraba Miguel de Unamuno, quien defendía que vivir plenamente implica inquietud, conflicto y una cierta dosis de desasosiego. No como un fallo del sistema, sino como su motor más profundo.

Para Unamuno, la tranquilidad absoluta no es un ideal, sino un síntoma de apatía interior y/o espiritual. «Dichoso el que no tiene sosiego, porque de él será el reino de la vida», escribió Del sentimiento trágico de la vida (1913). La frase, que aparece en el capítulo titulado El amor humano y el amor divino, ahonda en la idea de que la paz espiritual absoluta es, en realidad, una forma de muerte o estancamiento. Para el ensayista, la incertidumbre y la lucha interna son imprescindibles para mantenernos vivos.

No busques la paz, sino el hambre, el hambre de espíritu; no busques el sosiego, sino la inquietud

Lejos de entender la vida como un estado de equilibrio, Unamuno la concibe como un proceso de combustión constante. Su pensamiento se distancia de la ataraxia de los filósofos clásicos —esa serenidad imperturbable— para abrazar la idea de agonía, recuperando su sentido original: lucha. Vivir, para el pensador, es debatirse constantemente y no instalarse. O, como diríamos hoy, vivir es salir de la zona de confort.

En este marco, la duda y la falta de sosiego dejan de ser debilidades para convertirse en señales de vitalidad. Son la prueba de que el espíritu sigue activo, de que no se ha rendido ante la comodidad. Dejar de cuestionarse, de inquietarse por el propio destino, es, en cierto modo, empezar a morir en vida. Por eso, para Unamuno, la tranquilidad absoluta no es recomendable.

El rechazo de Unamuno a la paz espiritual: la duda es la base

En su obra La agonía del cristianismo (1925), Unamuno formula esta idea con contundencia: «La paz es la muerte; la guerra es la vida. Y no hablo de la guerra exterior, de las batallas en los campos de la tierra, sino de la guerra interior, de la agonía». La guerra de la que habla no es física, sino íntima: una tensión permanente entre lo que somos y lo que anhelamos ser.

Para Unamuno, la vida no es una meta, sino un proceso inacabado. Ser uno mismo no es un punto de llegada, sino una conquista diaria frente a la inercia, la comodidad y las expectativas externas

En Del sentimiento trágico de la vida insiste en que la fe auténtica no puede existir sin duda, ya que la certeza absoluta, lejos de fortalecer, adormece: «Hay que vivir en guerra, y hay que esperar la paz en la muerte […]. Quien no duda, no cree».

Las reflexiones sobre la felicidad de Miguel de Unamuno
«La felicidad es un hambre de ser más, de serlo todo, y ese hambre es un dolor. Solo es feliz el que se siente doler de ser», escribió Unamuno

Esto es, precisamente, lo que, para Unamuno, impulsa al ser humano a crear, a pensar y a evolucionar. En sus cartas y en textos como Andanzas y visiones españolas refuerza esta tesis al reivindicar una vida en tensión constante: «No busques la paz, sino el hambre, el hambre de espíritu; no busques el sosiego, sino la inquietud». Para él, el individuo plenamente «sosegado» es alguien acabado, cerrado y sin posibilidad de crecimiento. Y lo que está terminado, en términos vitales, deja de transformarse.

La importancia de la lucha interior para alcanzar nuestra mejor versión

Desde esta perspectiva, la vida no es una meta, sino un proceso inacabado. Ser uno mismo no es un punto de llegada, sino una conquista diaria frente a la inercia, la comodidad y las expectativas externas: «Hazte el que eres. Lo que importa no es lo que los demás piensen de ti, sino lo que tú logres hacer de tu propio espíritu».

La paz es la muerte; la guerra es la vida. Y no hablo de la guerra exterior, de las batallas en los campos de la tierra, sino de la guerra interior, de la agonía

«El hombre es un animal que quiere ser más que hombre. Esa es nuestra grandeza y nuestra tragedia: el hambre de inmortalidad», apunta en La agonía del cristianismo. En esta especie de «guerra interior» conviven dos fuerzas: la realidad de lo que somos y la aspiración de lo que podríamos llegar a ser. De esa fricción nace la identidad. Y para Unamuno no hay autenticidad sin conflicto, ni crecimiento sin resistencia.

El filósofo rechaza la idea de una vida completamente pacífica, ya que, para él, la inquietud no es un defecto que corregir, sino el signo más claro de que seguimos vivos. Por eso, enfrentarnos con nosotros mismos no es algo negativo, sino una manera de ser fieles a quienes somos realmente.

Las reflexiones sobre la felicidad de Miguel de Unamuno
Miguel de Unamuno (1864–1936) fue uno de los pensadores más influyentes de la cultura española moderna

La ciencia lo explicó con la ley de Yerkes-Dodson

Lo que Unamuno intuía desde la filosofía, la psicología lo describió con precisión científica. En concreto, fueron Robert Yerkes y John Dillingham Dodson quienes, en 1908, investigaron la relación que hay entre el estrés y el rendimiento.

Lo que importa no es lo que los demás piensen de ti, sino lo que tú logres hacer de tu propio espíritu

Su estudio dio lugar a la conocida Ley de Yerkes-Dodson, una teoría que establece que el rendimiento mejora con cierto nivel de activación mental o emocional, pero, ojo, solo hasta un punto óptimo:

  • Hipoexcitación (sosiego absoluto): conduce al aburrimiento, la apatía y la desmotivación. Es el estado estático que Unamuno criticaba.
  • Nivel óptimo (inquietud productiva): una tensión moderada favorece la atención, el aprendizaje y la creatividad. Es la zona donde realmente crecemos.
  • Hiperexcitación: un exceso de estrés bloquea el sistema y genera ansiedad paralizante.

En otras palabras, ni la calma total ni el caos absoluto son deseables. Lo verdaderamente fértil es, pues, ese punto intermedio de inquietud, justo donde hay desafío, pero no colapso. Es precisamente ahí, en ese espacio incómodo pero estimulante, donde discurre la vida, en su sentido más amplio y pleno.

Así que, tal vez, en la actualidad cometamos el error de confundir bienestar con ausencia de conflicto. Queremos eliminar la duda, ser felices sin esfuerzo, silenciar la inquietud, alcanzar una paz permanente que, en el fondo, se parece demasiado a la quietud de lo inerte. Pero vivir no es estar en calma constante, sino estar en movimiento, incluso cuando ese movimiento nos desafía o nos saca de la zona de confort. Así, Unamuno nos recuerda que siempre algo dentro de nosotros sigue despierto, que aún hay preguntas sin responder, caminos por explorar y mejores versiones de nosotros mismos por construir.

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