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Thoreau, filósofo, ya avisó sobre preocuparse por los problemas antes de tiempo: «Seríamos felices si viviéramos siempre en el presente»

A pesar de que escribió Walden hace más de 150 años, el diagnóstico parecería de hoy mismo

Thoreau, filósofo, ya avisó sobre preocuparse por los problemas antes de tiempo: «Seríamos felices si viviéramos siempre en el presente»

Un hombre en la montaña. | ©Pexels

Hay libros que se escriben para un momento y acaban hablando de todos los momentos. Walden, publicado en 1854 por el filósofo y naturalista Henry David Thoreau, nació como el relato de una experiencia personal radical: dos años de vida en una cabaña a orillas de un lago en Massachusetts. Con el tiempo, sin embargo, se convirtió en algo mucho más difícil de clasificar: un manual involuntario sobre la felicidad, una brújula para quienes sienten que persiguen algo que siempre retrocede un paso más, y uno de los alegatos más lúcidos que se han escrito contra la trampa de confundir poseer con vivir. No es casualidad que su vigencia crezca precisamente cuando el ruido del mundo se vuelve más ensordecedor.

Lo que Thoreau puso sobre el papel sigue resonando porque el problema que describe no ha desaparecido: seguimos buscando bienestar en lo que compramos, en lo que acumulamos o en lo que perseguimos, convencidos de que la próxima adquisición, el próximo logro o el siguiente destino nos dará por fin lo que nos falta. Y la pregunta que lanza Walden, callada pero insistente, es siempre la misma: ¿y si lo que buscamos estaba, desde el principio, en un lugar mucho más sencillo?

Un Walden más vivo que nunca

En julio de 1845, Thoreau construyó con sus propias manos una pequeña cabaña junto al lago Walden, en Concord, Massachusetts. Vivió allí durante dos años, dos meses y dos días. No se marchó huyendo de nada ni de nadie, sino persiguiendo algo concreto: la posibilidad de «vivir deliberadamente», de reducir la existencia a sus elementos esenciales y descubrir qué tenía la vida que enseñar, antes de morir sin haberla vivido de verdad. Algo de lo que hemos hablado de manera recurrente en THE OBJECTIVE.

El libro toma el nombre del lago que lo vio nacer y está escrito en primera persona, con una voz directa y sin artificios, porque Thoreau entendía que solo podía hablar con honestidad de lo que él mismo había experimentado. Esa decisión formal lo convirtió, sin proponérselo, en un texto extraordinariamente cercano: leerlo hoy es escuchar a alguien que habla al oído, no desde un púlpito.

Walden es un canto no solo a la libertad física, sino también espiritual. ©Pexels

Walden no es un diario ni una crónica de supervivencia. Es una meditación filosófica construida sobre anécdotas reales, donde cada descripción del paisaje funciona como una metáfora de la condición humana y cada cifra de los gastos del autor es, a la vez, una refutación del capitalismo naciente. Thoreau escribió todo esto antes de que la gran industrialización del siglo XIX y del XX transformasen por completo la vida cotidiana, y sin embargo su diagnóstico parece escrito esta mañana. Al punto de que sus Diarios también aportan mucha luz a esta realidad, recordando que ««seríamos felices si viviéramos siempre en el presente».

Cabe preguntarse, pues, qué pensaría de nuestro presente: de las notificaciones sin pausa, del consumo como terapia, de las vidas diseñadas para ser miradas por otros en lugar de ser vividas por uno mismo. Probablemente, que hemos perfeccionado con una eficiencia admirable el arte de complicarnos la existencia. Al punto de que, incluso en esta obra, deja claro que su postura sobre la felicidad dependería de no complicarse con el pasado ni el futuro.

Thoreau, el perseguidor de una felicidad natural

Para Thoreau, la felicidad no era un destino ni un estado permanente que se alcanzase de una vez para siempre. Dependía de tres condiciones que, leídas hoy, suenan casi subversivas: presencia, suficiencia y contacto directo con la realidad. No la realidad mediada por instituciones o mercados, sino la experiencia inmediata y sin filtros del mundo natural.

Desde esa convicción, entendía que la civilización moderna imponía necesidades artificiales que exigían toda una vida de esfuerzo para ser satisfechas. Y, por eso, que ese esfuerzo era, en el fondo, la causa principal del malestar. Su famosa frase sobre la mayoría de los hombres —«la mayoría lleva una vida de silenciosa desesperación»— no es un reproche: es un diagnóstico compasivo. Y también, una invitación. Del mismo modo que creía que «la felicidad es como una mariposa: cuanto más la persigues, más te elude».

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Sin una postura ascética, Thoreau consideraba que había otra forma posible de vivir. ©Pexels

Su búsqueda de la felicidad en el lago Walden no tenía nada que ver con el estoicismo.Tampoco con una renuncia ascética al placer o al mundo. No se trataba de sufrir menos deseos, sino de desear cosas más reales. «El precio de cualquier cosa es la cantidad de vida que das a cambio», escribió en el capítulo de Economía. Esa frase sola resume mejor que cualquier ensayo posterior la trampa en que caemos cuando trabajamos sin parar para pagar lo que no necesitamos. No obstante, hay algunos postulados que habrían firmado filósofos de la Antigüedad como Epicteto, que invitaba a «aprender a no desear más de lo que ya tienes».

El libro también recuerda que «la riqueza de un hombre está en proporción al número de cosas que puede permitirse dejar de lado». Una frase que invierte con elegancia la lógica del progreso material. Thoreau no buscaba vacío, sino plenitud: la plenitud de quien presta atención de verdad a lo que tiene delante.

¿Se puede ser Walden en el siglo XXI?

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Puede parecer especialmente complejo ‘echarse al monte’ como en Walden en pleno siglo XXI. ©Canva

La pregunta es tentadora y, a la vez, incómoda. Thoreau contaba con ventajas que hoy resultan casi fantásticas. Ninguna hipoteca, ningún contrato laboral, apenas 27 años, ninguna pantalla que reclamase su atención cada diez minutos y, además, tierra disponible junto a un lago en la que levantar una cabaña sin pedir permiso a nadie.

Nosotros cargamos, en cambio, con obligaciones acumuladas durante generaciones: deudas, dependencias tecnológicas, vínculos sociales y profesionales que no se disuelven con buena voluntad. La vida que Thoreau describe en Walden no era sencilla porque el siglo XIX fuese más fácil. Nadie podría pensarlo, sino porque él tomó la decisión activa de simplificarla. Y esa decisión, en distintos grados, sigue siendo posible. En cierto modo, como advierte Michael Onfray: «La felicidad no es un ideal absoluto, sino una experiencia imperfecta y cotidiana».

La cuestión real no es si podemos replicar la cabaña, sino si podemos recuperar algo de su espíritu. Quizás no sea necesario llegar al extremo de abandonarlo todo para renaturalizar, aunque solo sea un poco, la forma en que vivimos. Apagar antes, salir más, comprar menos, detenerse a mirar lo que ya está ahí… Gestos pequeños que no cambian el sistema, pero sí cambian la relación de uno con él. Thoreau no pedía que todo el mundo se marchase al bosque. Se limitaba a invitar a que cada cual se preguntase, con honestidad radical, qué necesita de verdad para vivir. Esa pregunta, incomoda y liberadora a partes iguales, sigue sin tener fecha de caducidad.

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