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Albert Schweitzer, filósofo y premio nobel, ya lo anticipó en 1931: «La felicidad no es algo que llega a ti, sino algo que haces con lo que tienes»

El alsaciano predicaba con el ejemplo hasta límites humanos verdaderamente insospechados

Albert Schweitzer, filósofo y premio nobel, ya lo anticipó en 1931: «La felicidad no es algo que llega a ti, sino algo que haces con lo que tienes»

Un hombre ante un atardecer. | ©Pexels

Hay frases que suenan a consejo de abuela y acaban resultando las más difíciles de cumplir. La de Albert Schweitzer es una de ellas. No promete paraísos ni recetas milagrosas. Dice, con una sencillez que descoloca, que la felicidad no viene sola: se fabrica. Y que los materiales con los que se fabrica no son los que uno elegiría en un catálogo, sino los que la vida pone delante. En 1931, cuando Schweitzer escribió esas palabras, llevaba más de dos décadas operando en una selva del África ecuatorial, lejos de cualquier comodidad. No hablaba desde la teoría. Hablaba desde la cicatriz.

Lo llamativo de Schweitzer no es solo lo que pensaba, sino desde dónde lo pensaba. Era alsaciano, nacido en una región que cambió de bandera varias veces a lo largo de su vida, y esa inestabilidad geográfica le curtió de una forma que los filósofos de salón raramente consiguen. Podía haber sido una figura respetable de la academia europea, un organista célebre o un teólogo influyente. Eligió ser todo eso y, además, médico en Gabón. Esa elección no fue decorativa: fue la prueba material de su filosofía. La felicidad, para Schweitzer, era inseparable de la acción concreta sobre el mundo.

Schweitzer: médico, músico y pensador inclasificable

Hay vidas que desafían cualquier etiqueta. La de Albert Schweitzer es una de ellas. Nació en Kaysersberg, Alsacia, en 1875, en el seno de una familia protestante donde el deber moral no se predicaba: se practicaba. De joven fue organista célebre en toda Europa y dejó escritas páginas fundamentales sobre Johann Sebastian Bach que todavía se citan. También fue teólogo, también fue filósofo. Y con treinta años, cuando cualquiera habría consolidado una carrera cómoda, decidió estudiar Medicina. No como ejercicio intelectual. Para ir a África. Muy afín a ese postulado de Hermann Hesse sobre que «ser auténtico tiene un coste, pero también una recompensa».

En 1913 fundó un hospital en Lambaréné, en el actual Gabón, y allí pasó la mayor parte del resto de su vida. Las condiciones eran extremas, los recursos escasos y las enfermedades, devastadoras. Nada de eso le disuadió. Porque para Schweitzer aquella elección no era un sacrificio heroico, sino algo mucho más sencillo y más exigente a la vez: la consecuencia natural de lo que pensaba. El ser humano que dispone de medios y mira hacia otro lado cuando hay sufrimiento no es simplemente indiferente; es, en cierto modo, un desertor de sí mismo.

Lo que Schweitzer entendía por felicidad activa

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Schweitzer no buscaba ascetismo, sino acción y movimiento. ©Pexels

En Mi vida y mi pensamiento, la autobiografía que publicó en 1931, Schweitzer no escribe como quien hace balance desde un sillón. Escribe como quien lleva décadas comprobando sus ideas en condiciones reales. Y en esas páginas queda claro que la felicidad, para él, no es un estado al que se aspira, sino una práctica que se ejerce. La distinción parece sutil, pero lo cambia todo. Quien aspira a la felicidad la proyecta siempre hacia adelante, hacia una circunstancia que todavía no existe. Quien la practica trabaja con lo que ya tiene. Esa segunda postura es la única que, en su experiencia, producía resultados reales.

Su posición rompía con dos tradiciones filosóficas muy arraigadas. Por un lado, con el pensamiento estoico clásico, que vinculaba el bienestar a la serenidad interior y al control de las pasiones. Por otro, con el utilitarismo moderno, que medía la felicidad en términos de placer y ausencia de dolor. Para Schweitzer, ninguna de las dos bastaba. La serenidad sin acción era esterilidad. El placer sin propósito era ruido. La felicidad auténtica requería comprometerse con algo más grande que uno mismo, y ese compromiso no era una carga: era, paradójicamente, la fuente más fiable de bienestar. «La felicidad no es algo que llega a ti –escribió–; es algo que haces tú con lo que tienes».

Cómo aplicar la filosofía de Schweitzer a la vida de hoy

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La base del pensamiento de Schweitzer no es marcharnos, sino revisar la relación que mantenemos con lo que ya tenemos. ©Pexels

Traducir a Schweitzer al siglo XXI no requiere irse a ninguna selva. Requiere algo más difícil: revisar la relación que mantenemos con lo que ya tenemos. El mundo contemporáneo ha perfeccionado con notable eficiencia el arte de convencernos de que la felicidad está siempre en el siguiente escalón, en el próximo objetivo, en la versión mejorada de lo que somos ahora. Schweitzer habría reconocido el mecanismo de inmediato. Y habría dicho que es una trampa. Algo de lo que ya hemos alertado en THE OBJECTIVE.

Su propuesta tiene aplicaciones concretas, aunque él no las formulase como una lista de consejos. La primera es la del servicio: no en sentido grandilocuente, sino como acto cotidiano de atención al otro. Numerosos estudios de psicología positiva posteriores a su época han confirmado lo que él intuía desde la práctica: las personas que orientan parte de su energía al bienestar ajeno reportan niveles de satisfacción vital más altos que quienes se concentran exclusivamente en sus propias metas. El altruismo no es un sacrificio; es, entre otras cosas, una estrategia de bienestar que funciona.

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