Erich Fromm, psicoanalista, ya lo tuvo claro en 1954: «La felicidad no es un don de los dioses, se da por la productividad interior del hombre»
Fromm consideraba abiertamente que ser felices dependía de nuestras relaciones con los demás

Un grupo de amigos ante una puesta de sol | ©Pexels
Durante siglos, la filosofía occidental se empeñó en colocar la felicidad fuera del alcance ordinario del ser humano. Unas veces era un regalo de los dioses, un favor inmerecido que Fortuna concedía o retiraba a su antojo. Otras, era el fruto amargo de la virtud más exigente: estoicos, neoplatónicos y ciertos padres de la Iglesia coincidían en que solo quien era capaz de rechazar los placeres terrenales, de renunciar al cuerpo y a sus demandas, podía aspirar a algo parecido al bienestar verdadero. La felicidad, en suma, era siempre una meta elevada, esquiva y ajena, que se ganaba subordinando la vida real a ideales que la trascendían.
Ese edificio conceptual empezó a resquebrajarse con fuerza en el siglo XX, cuando la psicología y el psicoanálisis pusieron sobre la mesa una pregunta diferente: ¿y si la felicidad estuviese dentro? Pensadores como Erich Fromm —psicoanalista, filósofo social y humanista alemán— demostraron que ni los dioses ni la virtud ascética son los árbitros del bienestar humano. Era el propio individuo, con sus capacidades, sus vínculos y su vida cotidiana, quien tenía en sus manos la llave. De Fromm, de hecho, hemos hablado a menudo en THE OBJECTIVE.
Una felicidad a terceros, pero con letra pequeña

Fromm construyó su pensamiento en la intersección entre el psicoanálisis freudiano, la crítica marxista y el humanismo de las grandes tradiciones filosóficas y religiosas. Ya en Ética y psicoanálisis (1947), una de sus obras fundamentales, fijó con claridad su postura: «La felicidad es el indicador de que el hombre ha encontrado la respuesta al problema de la existencia humana: el desarrollo productivo de sus propias potencialidades». No hay en esa frase ninguna referencia a la gracia divina ni al sacrificio heroico; hay, en cambio, una apuesta radical por la agencia personal. Para Fromm, la felicidad no aguarda fuera —en un dios, en el destino o en la admiración ajena—, sino que emerge de adentro, como resultado de activar lo que uno genuinamente es y puede hacer. De hecho, consideraba que «la felicidad no es un don de los dioses», sino que «se da por la productividad interior del hombre».
Ese planteamiento lo desarrolló también en El miedo a la libertad (1941), donde analizó por qué tantas personas prefieren huir de su propia autonomía. Su diagnóstico fue lúcido: la modernidad había liberado al individuo de los vínculos medievales —el gremio, el clan, la Iglesia— pero lo había dejado solo y desorientado. Ante esa angustia, la tentación es buscar cobijo en algo externo: un líder, una causa, una identidad prestada. Fromm llamó a eso «huir de la libertad» y lo entendió como la fuente principal de infelicidad. La alternativa, la que él denominó «libertad positiva», consiste en amar, crear y relacionarse de forma espontánea, es decir, en ejercer activamente las capacidades propias.
Qué opinaba Erich Fromm sobre la felicidad
Para Fromm, buscar la felicidad en poderes externos —los dioses de la Antigüedad, la virtud abstracta de los estoicos o el reconocimiento social— era ineficaz. Y, además, profundamente inhumano. Su argumento era sencillo y contundente: esas fuentes están fuera del control del individuo. Por tanto, lo convierten en un ser pasivo, siempre a la espera de que algo o alguien le conceda lo que necesita. En Ética y psicoanálisis lo formuló sin rodeos: «El hombre productivo da a luz a sus propias facultades y las usa en el mundo; el hombre no productivo, en cambio, solo consume o destruye lo que otros han creado». La diferencia entre ambos no es de talento ni de suerte, sino de orientación vital.
Fromm llamó «orientación productiva» a esa forma de estar en el mundo en que el individuo activa su razón, su afecto y su capacidad creadora. Por eso, la contrapuso a cuatro orientaciones improductivas —la receptiva, la explotadora, la acumulativa y la mercantil—, todas ellas formas de relacionarse con la vida desde la dependencia o el miedo. Trabajar a diario en esa orientación productiva no exige heroísmo ni ascetismo; exige, más bien, atención y voluntad. Por eso Fromm insistía en que la felicidad, lejos de ser una cima inalcanzable, es una práctica cotidiana al alcance de cualquiera que decida ejercerla. De hecho, creía que «la felicidad no es un estado de reposo, sino de actividad interna».

Cómo cultivarla y cómo conquistarla
El arte de amar (1956) es el libro en el que Fromm exploró con mayor profundidad los caminos concretos hacia la felicidad. Allí desmontó una de las ilusiones más arraigadas: la de que amar es algo que simplemente nos ocurre, un estado pasivo en el que caemos o del que salimos sin intervenir demasiado. Su posición era la opuesta: «El amor es una actividad, no un afecto pasivo; es un estar continuado, no un súbito arranque».
En el sentido más general, puede describirse el carácter activo del amor afirmando que amar es fundamentalmente dar, no recibir». Dar tiempo, atención, presencia y cuidado —a otros y a uno mismo— es, para Fromm, uno de los ejercicios más directos para cultivar el bienestar genuino. Y no hablamos de bienes materiales ni de riquezas: hablamos de capacidades que cualquier persona puede desarrollar con independencia de su patrimonio. Por eso consideraba también que «dar produce más felicidad que recibir».
Esa dimensión social de la felicidad era para Fromm inseparable de la individual. La salud mental, escribió, «se caracteriza por la capacidad de amar y de crear». Razón por la que esa capacidad solo despliega todo su potencial en contacto con otros. Lo fórmulo con precisión en El miedo a la libertad: «Hay solo una solución posible y productiva para la relación del hombre individualizado con el mundo: su solidaridad activa con todos los hombres y su actividad espontánea, el amor y el trabajo».
La felicidad que propone Fromm no es, pues, un logro solitario ni un bien privado. Es algo que se comparte, que crece al darlo y que contribuye al bien común. Erich Fromm hablaba de la felicidad y de cómo hablar de dioses no habría servido. Consideraba que se veía a la felicidad un privilegio de unos pocos, cuando para él era una práctica humana, cotidiana y, sobre todo, de todos.
