Erich Fromm, pensador, ya lo advirtió en 1941: «Creer que la felicidad consiste en divertirse y gozar espectáculos es escapismo, no felicidad»
Fromm estaba firmemente convencido de que la felicidad y la soledad eran realidades totalmente antagónicas

La felicidad para Erich Fromm
Resulta ciertamente irónico que durante siglos la filosofía clásica vinculara la felicidad casi en exclusiva a la virtud y al cumplimiento de ciertos preceptos morales. Aristóteles hablaba de eudaimonía, una suerte de florecimiento interior alcanzable mediante el ejercicio de la razón y la excelencia personal. Los estoicos, por su parte, veían en la serenidad del sabio el horizonte último del bienestar. Esa observancia de normas morales tenía un componente social y de control, pero no apuntaba en la misma dirección que la concepción contemporánea de la felicidad. La virtud era, sobre todo, un asunto privado, una conquista del individuo frente a sí mismo. La comunidad quedaba, en ese esquema, en un segundo plano.
Ese paradigma comenzó a resquebrajarse en el siglo XX, cuando pensadores y psicoanalistas como Erich Fromm reformularon la cuestión desde sus cimientos. Para Fromm, la felicidad y la soledad son realidades antagónicas: el individuo no puede florecer encerrado en sí mismo. Necesita salir de esa prisión y tejer vínculos genuinos con los demás. Su planteamiento, profundamente humanista, desbordaba los límites del psicoanálisis clásico. Entraba de lleno en el terreno de la ética social y proponía una visión del bienestar radicalmente colectiva. También criticaba abiertamente el incipiente consumismo de su época, considerando que «la falsa felicidad está en el deseo de comprar». Un pensamiento que, lejos de haber envejecido, resulta hoy más necesario que nunca.
La importancia de la felicidad, según Erich Fromm
Erich Fromm fue uno de los grandes renovadores del psicoanálisis en el siglo XX. Integró el pensamiento freudiano con la crítica social de Marx y desarrolló lo que él mismo denominó humanismo dialéctico. Sus obras más influyentes —El miedo a la libertad, El arte de amar o Ética y psicoanálisis— construyen una arquitectura filosófica coherente donde la felicidad ocupa un lugar central y exigente. No es un estado que se alcanza y se conserva, sino una práctica continua que requiere esfuerzo, honestidad y compromiso. Fromm lo formuló con precisión: «La felicidad es el criterio del éxito en el arte de vivir, de la virtud en el sentido de la ética humanista». Para Fromm, en su concepción, como ya hemos contado en THE OBJECTIVE, «la felicidad no es un estado de reposo, sino de actividad interna».
Lo que distingue a Fromm de otros pensadores de su época es su insistencia en separar la felicidad del placer inmediato y del logro estrictamente individual. Frente a la satisfacción efímera que nace de una carencia, oponía una alegría más profunda: «La felicidad no es la satisfacción de una necesidad que nace de una carencia, sino el fenómeno que acompaña a la realización de una potencialidad». Esta distinción conectaba directamente con su crítica al capitalismo de consumo y a la ilusión de bienestar que este vende. Abraham Maslow, con su jerarquía de necesidades, o Viktor Frankl, desde la logoterapia, coincidían en que la felicidad genuina exige trascender el yo. El individuo aislado, en definitiva, es un individuo incompleto.
El cambio de paradigma: menos virtud, más humanismo

La historia de la filosofía occidental puede leerse, en parte, como un lento desplazamiento desde la virtud hacia la relación. Los filósofos de la Antigüedad —Platón, Aristóteles, los estoicos— coincidían en que el camino hacia la felicidad pasaba por cultivar ciertas disposiciones internas: la templanza, la justicia, la fortaleza. Era un proyecto moral que el individuo ejecutaba sobre sí mismo. Con la Ilustración llegaron nuevas preguntas, aunque el acento siguió puesto en la autonomía racional del sujeto. Solo en el siglo XX, con el auge de la psicología social y el psicoanálisis humanista, la balanza se inclinó hacia el vínculo con los demás. Fue un giro lento pero irreversible en la manera de entender el bienestar humano.
Fromm fue uno de los artífices más lúcidos de ese cambio. Comprendió que el modo en que el ser humano se relaciona con terceros no es un accidente de su vida afectiva. Es, en realidad, el núcleo mismo de su salud psíquica. Por eso advirtió que «somos una sociedad de gente profundamente infeliz: solitaria, preocupada, deprimida, destructiva, dependiente». La felicidad y la soledad se revelan, en su análisis, como polos irreconciliables. No basta con cumplir normas ni con acumular bienes materiales; es preciso salir de la prisión del yo. Esa es la condición que ninguna virtud privada puede sustituir.
Ser o tener: el núcleo de la advertencia

El miedo a la libertad, publicado en 1941, es el libro donde Fromm sienta las bases de su diagnóstico sobre la sociedad moderna y sobre el escapismo como respuesta disfuncional a la angustia existencial. Su punto de partida es una paradoja: la modernidad liberó al individuo de muchas ataduras tradicionales –la religión obligatoria, los roles fijos, la pertenencia inmóvil a una clase o a un lugar– pero esa libertad generó una angustia que muchas personas no saben sostener. Ante esa angustia, el ser humano tiende a huir. Y una de las formas más comunes de huida es precisamente el entretenimiento: la diversión como anestesia, el espectáculo como sustituto del sentido. «Creer que la felicidad consiste en divertirse y gozar espectáculos es escapismo, no felicidad», escribió, con una precisión que no ha envejecido ni un día.
Richard Sennett, por su parte, subrayó que la cooperación y el trabajo conjunto son fuentes de dignidad que el individualismo contemporáneo tiende a erosionar. Ambos apuntaban, desde ángulos distintos, a una misma verdad. La felicidad se construye en plural, o no se construye del todo.
Fromm no era un asceta ni un enemigo del placer. Distinguía con cuidado entre el descanso genuino –que repara y prepara para la acción– y el entretenimiento compulsivo, que agota sin nutrir. La diferencia no está en la actividad concreta sino en su función: ¿sirve para reconectarse con uno mismo o para huir de uno mismo? Esa pregunta, incómoda siempre, es la que separa en su esquema el bienestar del escapismo. Y la trampa, advertía, es que el segundo imita tan bien al primero que resulta casi imposible distinguirlos desde dentro. Quien pasa horas frente a una pantalla puede sentir que descansa cuando en realidad está huyendo. Y esa huida, sostenida en el tiempo, tiene un coste real sobre la capacidad de ser feliz.
