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Sigmund Freud, neurólogo, ya advirtió en 1930: «La felicidad plena es prácticamente inalcanzable; el ser humano aspira a evitar el sufrimiento»

El malestar actual no solo analiza la mente individual, sino también el precio psicológico de vivir en sociedad

Sigmund Freud, neurólogo, ya advirtió en 1930: «La felicidad plena es prácticamente inalcanzable; el ser humano aspira a evitar el sufrimiento»

Sigmund Freud | Inteligencia artificial

Sigmund Freud planteó una de las ideas más influyentes y, al mismo tiempo, más incómodas de la teoría moderna sobre la felicidad humana. En esencia, defendía que la felicidad plena no es un estado estable ni alcanzable de forma permanente, y que la vida psíquica del ser humano se organiza más en torno a la evitación del sufrimiento que en la búsqueda de una dicha duradera.

Esta reflexión aparece en El malestar en la cultura, escrita en 1929 y publicada originalmente en 1930. En este ensayo, Freud analiza la tensión entre el individuo y la civilización, sosteniendo que la vida en sociedad exige renuncias constantes a los impulsos personales. Esa renuncia, según su enfoque, genera un malestar estructural que no puede eliminarse por completo. La cultura, desde esta perspectiva, no es únicamente un espacio de progreso, sino también un sistema de contención que limita la expresión directa del deseo.

Sigmund Freud

La felicidad como experiencia limitada

La frase atribuida a su pensamiento, según la cual la felicidad plena es prácticamente inalcanzable y el ser humano aspira principalmente a evitar el sufrimiento, sintetiza una idea central de su teoría. Desde esta perspectiva, el aparato psíquico no está orientado a la felicidad permanente, sino a la regulación del dolor, la ansiedad y la frustración. La satisfacción aparece, pero de forma parcial, intermitente y siempre amenazada por nuevas tensiones internas o externas. Freud entiende el placer como algo episódico, nunca como un estado sostenido.

En El malestar en la cultura, Freud describe cómo la civilización impone límites a los impulsos humanos para garantizar la convivencia. Esa estructura cultural permite seguridad y orden, pero también introduce una fuente constante de insatisfacción. El conflicto entre deseo individual y norma social se convierte así en un motor permanente de malestar. La represión de impulsos básicos no desaparece, sino que se transforma en tensiones internas que el sujeto debe gestionar continuamente.

Desde el enfoque freudiano, el sufrimiento no es un accidente del sistema psíquico, sino un elemento constitutivo. El ser humano no solo busca placer, sino también evitar el dolor, y esta segunda motivación es, en muchos casos, más determinante. La vida mental se configura como un equilibrio inestable entre pulsiones, restricciones sociales y mecanismos de defensa que intentan mantener cierta cohesión interna. En este marco, la felicidad no desaparece, pero pierde su condición de objetivo absoluto.

La obra se publica en un contexto histórico marcado por la inestabilidad política y económica de entreguerras en Europa. Este escenario ha sido señalado por distintos especialistas como relevante para entender el tono general del texto. La mirada de Freud sobre el progreso humano no es optimista, sino más bien crítica respecto a la idea de una felicidad colectiva sostenida. El avance de la civilización no garantiza, según su lectura, una mejora proporcional del bienestar emocional.

¿Qué opinan otros expertos?

Un referente claro en esta línea es la psicóloga contemporánea Sonja Lyubomirsky, cuyos estudios sobre adaptación hedónica sostienen que las personas tienden a volver a un nivel relativamente estable de bienestar tras cambios positivos o negativos, lo que refuerza la idea de que la felicidad no es un estado permanente sino más bien fluctuante.

En una dirección muy cercana, el psicólogo y premio Nobel Daniel Kahneman ha investigado cómo las personas evalúan su bienestar y ha descrito lo que se conoce como puntos de referencia o niveles base de satisfacción, observando que la experiencia vital se reinterpreta con el tiempo y no se mantiene fija tras los eventos.

Por su parte, desde la psicología positiva, Martin Seligman ha defendido que la felicidad puede cultivarse a través de elementos como las relaciones sociales, el propósito vital o el compromiso con actividades significativas, aunque sin plantear una estabilidad emocional absoluta, sino un modelo más flexible del bienestar en el que el malestar también forma parte de la experiencia humana.

La tesis freudiana sigue teniendo presencia en el debate contemporáneo sobre el bienestar. Su valor no reside en ofrecer una solución, sino en describir una estructura de conflicto. La vida psíquica, desde este enfoque, oscila entre deseo, renuncia y sufrimiento, con momentos de bienestar siempre parciales y transitorios. Más que una teoría cerrada, su planteamiento funciona como un marco interpretativo que sigue dialogando con la psicología moderna, la filosofía y la sociología.

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