España no se merece un acercamiento a China
«España compra masivamente productos chinos y China compra muy poco español. Llamar a eso ‘lazo comercial’ es un eufemismo que oculta una asimetría estructural»

Ilustración generada mediante IA.
Pedro Sánchez lleva meses enviando una señal inequívoca: ante la tensión con Washington, su apuesta estratégica es Pekín. Lo presenta como pragmatismo comercial, como diversificación de alianzas, como madurez geopolítica. Merece la pena examinar esa apuesta con algo más de rigor del que se aplica habitualmente en el debate público español.
Empecemos por los números. España acumula un déficit comercial con China de 35.000 millones de euros. Eso no es una relación comercial: es una dependencia. En una asociación económica real hay intercambio, complementariedad, beneficio mutuo. Aquí España compra masivamente productos chinos y China compra muy poco español. Llamar a eso «lazo comercial» es un eufemismo que oculta una asimetría estructural que España tardará años en corregir si alguna vez decide intentarlo.
Pero la contradicción más grave es geopolítica, y es tan evidente que resulta llamativo que no genere más debate. España lleva más de dos años apoyando a Ucrania frente a la invasión rusa. Ha enviado armas, ha acogido refugiados, ha suscrito cada declaración de la OTAN condenando la agresión de Putin. Todo eso está bien y es coherente con los valores que España dice defender. El problema es que China es hoy el principal sostén diplomático, económico y tecnológico de Rusia en esa misma guerra. Los componentes electrónicos chinos llegan a los drones rusos. La maquinaria china sostiene una economía bajo sanciones occidentales. El respaldo diplomático chino en foros internacionales blinda a Putin frente al aislamiento que Occidente intenta imponerle. Sánchez abraza simultáneamente a Zelenski y al socio estratégico de su agresor, y parece esperar que nadie note la incoherencia.
Se puede discrepar con Trump sobre aranceles. Eso es legítimo, comprensible y compartido por buena parte de Europa. Pero convertir ese desacuerdo comercial en un reposicionamiento estratégico hacia China es un salto lógico que exige justificación, y esa justificación no ha llegado. Estar en desacuerdo con Washington en política comercial no obliga a abrazar a Pekín. Europa tiene margen para defender sus intereses frente a los aranceles americanos sin por ello acercarse al régimen que financia la guerra que Europa dice querer detener.
Y luego está la historia. Porque los «lazos culturales» con China que invoca Sánchez exigen preguntarse con qué China exactamente se quieren cultivar esos lazos.
«La Revolución Cultural soltó a adolescentes fanatizados contra médicos, profesores, músicos e intelectuales durante una década entera»
El Gran Salto Adelante de Mao, entre 1958 y 1962, mató entre 30 y 55 millones de personas en cuatro años. Fue la mayor hambruna provocada deliberadamente por un gobierno en la historia de la humanidad, resultado directo de colectivizar la agricultura por la fuerza y obligar a los funcionarios locales a falsificar cifras de producción mientras sus comunidades morían de hambre. La Revolución Cultural soltó a adolescentes fanatizados contra médicos, profesores, músicos e intelectuales durante una década entera. China eliminó a su propia clase educada y tardó una generación en recuperar capacidad científica y técnica. Entre 500.000 y 2 millones de muertos directos, y un daño civilizatorio que va mucho más allá de los cuerpos.
En 1989 el Ejército Popular masacró a sus propios estudiantes en la Plaza de Tiananmén. La Cruz Roja China estimó 2.600 muertos en las primeras horas antes de retractarse bajo presión del régimen. Los documentos internos filtrados confirman que el Partido actuó con plena conciencia y deliberación. El sistema Laogai, el equivalente chino del Gulag, procesó entre 40 y 50 millones de personas entre 1949 y 1979, incluyendo campesinos que se atrevieron a quejarse de las cuotas o ciudadanos denunciados por sus propios vecinos.
Y luego está la política del hijo único, quizás el suicidio demográfico más documentado de la historia moderna. Entre 30 y 40 millones de mujeres que nunca nacieron por infanticidio, abandono y abortos selectivos. China tiene hoy un déficit de 34 millones de hombres que nunca encontrarán pareja, una crisis de natalidad estructuralmente irreversible en el horizonte cercano, y un mercado de tráfico de mujeres desde Vietnam, Myanmar y Corea del Norte como consecuencia directa de aquella política.
Lo que distingue a China de otros países que cometieron crímenes masivos es la ausencia total de arrepentimiento. Alemania construyó memoriales, procesó a sus criminales de guerra, pagó reparaciones durante décadas, convirtió el Holocausto en el centro de su educación cívica y pidió perdón generación tras generación. Japón debatió durante décadas sus responsabilidades históricas. Incluso la Unión Soviética bajo Gorbachov reconoció parte de los crímenes de Stalin. China suprime activamente la memoria de sus propias masacres dentro de sus fronteras. Las generaciones jóvenes chinas en su mayoría desconocen el Gran Salto Adelante. La palabra Tiananmen está censurada en sus redes sociales. El Partido Comunista gobierna hoy con la misma estructura institucional que perpetró estos crímenes, sin haber rendido cuentas ante nadie, presentándose al mundo como modelo de estabilidad y gobernanza eficaz.
«Un socialdemócrata europeo debería ser capaz de distinguir entre un socio incómodo y un régimen que masacró a sus propios ciudadanos»
Sánchez tiene todo el derecho a defender los intereses comerciales de España y a buscar acuerdos donde los haya. Pero un socialdemócrata europeo que invoca los valores democráticos en cada discurso debería ser capaz de distinguir entre un socio incómodo y un régimen que masacró a sus propios ciudadanos por decenas de millones y borra esa historia de sus libros de texto. Estados Unidos, con todas sus contradicciones actuales, tiene prensa libre, separación de poderes y alternancia política. China tiene al Partido Comunista, que lleva en el poder desde 1949 y tiene la intención de seguir en él indefinidamente.
Elegir con quién estar en ese escenario no debería ser una decisión difícil. Que lo sea dice algo sobre el estado del debate político en España.