La epidemia de violaciones en Europa, explicada
«Europa importó durante una década el excedente de hombres jóvenes y solteros, criados bajo normas de género incompatibles con la vida pública europea»

Ilustración generada mediante IA.
En el año 2000 la policía de Inglaterra y Gales registró 8.593 violaciones. En 2025 registró 74.174. Francia pasó de unas 7.500 a 50.000. Alemania, de 8.000 a 14.454. España multiplicó por cuatro: de unas 1.400 denuncias por agresión sexual con penetración a las 5.363 de 2025, según el balance del Ministerio del Interior. Polonia, entre tanto, bajó de 2.399 a unas 1.100. Cinco países, cinco trayectorias y una pregunta que la prensa europea lleva una década esquivando.
La primera parte de la respuesta es estadística, y conviene contarla entera porque es la coartada de quienes prefieren no mirar el resto. Las definiciones se ampliaron. Reino Unido cambió en 2016 su método de registro y empezó a contar por agresor en lugar de por incidente. España aprobó en 2022 la ley del solo sí es sí, que suprimió el delito de abuso sexual y lo fundió con el de agresión, de modo que casos que antes constaban como abuso con penetración, el de una víctima dormida o ebria, pasaron a computarse como violación. Ese cambio explica por sí solo el salto de 2.900 casos en 2022 a 4.300 en 2023. Además, las víctimas denuncian más que antes, en todos los países y frente a agresores de todas las nacionalidades. La oficina estadística británica atribuye a estos efectos de registro la mayor parte de su subida. Tiene parte de razón.
La segunda parte de la respuesta la publican los propios ministerios del Interior en documentos oficiales que cualquiera puede descargar y casi nadie cita. En Alemania, el 38,5% de los sospechosos de violación son extranjeros, en un país donde los extranjeros suponen el 15% de la población. En España, el 40%, con un 13% de población extranjera. En Suecia, un estudio que siguió 4.032 condenas por violación a lo largo de 21 años halló que el 63% de los condenados era de origen inmigrante y que la sobrerrepresentación resistía todos los controles por pobreza, edad, trastornos psiquiátricos y antecedentes penales. Dinamarca lo cuantifica con frialdad de actuario: los descendientes varones de la región que sus estadísticos llaman MENAPT (Oriente Próximo, norte de África, Pakistán y Turquía, por sus siglas en inglés) reciben condenas a un ritmo 3,5 veces superior a la media nacional, corregido el efecto de la edad. Esas mismas estadísticas sitúan a iraníes, indios, asiáticos orientales y latinoamericanos en la media nativa o por debajo de ella. El color de la piel predice exactamente nada. El país de origen predice mucho.
España ofrece el experimento natural más limpio de Europa, y asombra que nadie lo haya explotado. Aquí conviven dos grandes flujos migratorios de pobreza comparable, juventud comparable y precariedad legal comparable: el latinoamericano, encabezado por colombianos, ecuatorianos y venezolanos, que es el mayor de los dos, y el africano, encabezado por los marroquíes, con argelinos y subsaharianos detrás. El primero presenta tasas de delito sexual moderadamente superiores a la española. El segundo las multiplica varias veces, y el propio informe del Ministerio del Interior sobre delitos contra la libertad sexual coloca a Marruecos a la cabeza de las nacionalidades extranjeras entre los detenidos e investigados. Dos poblaciones igual de pobres con resultados radicalmente distintos descartan la pobreza como explicación. Queda lo que un economista llamaría la variable incómoda.
Esa variable tiene cuatro componentes medibles. El primero es quién emigra. Las rutas irregulares seleccionan hombres jóvenes, solteros y tolerantes al riesgo. La ola de asilo de 2015 fue masculina en un 70% en las cohortes jóvenes y produjo en algunas ciudades suecas desequilibrios entre hombres y mujeres peores que los de China. La migración latinoamericana hacia España fue la imagen invertida: la encabezaron mujeres con empleo en los cuidados y el servicio doméstico, y las familias llegaron después. El segundo componente es la edad de llegada. El hallazgo más sólido de toda la literatura es sueco: el exceso de riesgo se concentra en los hombres que llegaron con 15 años o más. Quien llega de niño converge hacia la tasa nativa. Quien llega ya socializado trae consigo las normas del lugar donde se hizo adulto.
«Dos poblaciones igual de pobres con resultados radicalmente distintos descartan la pobreza como explicación»
El tercer componente son esas normas. La Encuesta Mundial de Valores mide la distancia en actitudes de género entre los países de origen y España, y es la mayor distancia que cabe medir en el planeta. Un colombiano ha pasado la vida entre mujeres que beben en bares y deciden con quién se acuestan. Para un hombre criado donde la autonomía femenina en el espacio público se lee como disponibilidad, esa misma escena es un malentendido permanente, agravado por un alcohol que su cultura nunca le enseñó a manejar y por la certeza demográfica de que jamás tendrá pareja. El cuarto componente es la segregación posterior, que explica por qué los descendientes daneses, nacidos y escolarizados en Dinamarca, siguen en 3,5 veces la media: los barrios reproducen las normas que la escuela no corrige.
La honestidad exige un descuento. Las agresiones de desconocidos en el espacio público, donde se concentran los agresores extranjeros, se denuncian y se esclarecen mucho más que las violaciones cometidas por conocidos y parejas, donde se concentran los nativos. La brecha real es menor que la que sugieren las cifras brutas de sospechosos. Sobrevive a la corrección, pero conviene aplicarla, porque el argumento gana fuerza cuando se le quita todo lo que le sobra.
Lo que queda después de quitarle todo lo que le sobra es esto: Europa importó durante una década el excedente de hombres jóvenes y solteros de una lista concreta de países, criados bajo normas de género incompatibles con la vida pública europea, llegados pasada la edad en que la socialización puede rehacerse, y los concentró en barrios donde esas normas se conservan intactas. Cuatro Gobiernos europeos publican los datos que lo demuestran. La política migratoria es, antes que nada, una política de selección, y los países que la ejercen con los ojos abiertos, Canadá, Australia, la propia España respecto de Hispanoamérica, obtienen resultados distintos de los que la ejercieron con los ojos cerrados. Los datos están publicados. Solo falta leerlos.