Buenismo suicida
«En España estamos subvencionando a los Hermanos Musulmanes que, entre otras barbaridades, hacen que vayan veladas muchas mujeres en nuestras ciudades»

Ilustración generada mediante IA.
Una banda de seis jóvenes argelinos, actualmente en prisión provisional por su presunta implicación en más de 20 robos en Mallorca, presumían de no tener que trabajar porque vivían de las paguitas que les daba Pedro Sánchez. Es realmente estremecedor pensar que nos sangran a impuestos para que estemos sufragando a delincuentes. A mí me sorprende cada vez que veo al Gobierno sacar pecho de que dos millones y medio de ciudadanos en España reciben el Ingreso Mínimo Vital. Pero, ¿cómo se puede presumir de que estemos manteniendo a esa ingente cantidad de personas? ¿Qué tipo de políticos están orgullosos de gobernar un país con tantos pobres? Y, sobre todo, ¿cómo es posible que se anime a personas de otros países a seguir viniendo a España si tanta gente necesita del dinero del Estado para subsistir?
España se ha convertido en el país de las paguitas y de las subvenciones, y eso es un agujero negro por el que se escapa el dinero, como explica Pablo Cambronero desde estas páginas. En concreto, en 2025 se destinaron casi 500 millones de euros a ONG —las mismas que luego regalan certificados de vulnerabilidad sin ningún control—, eso sí, siempre bajo los epígrafes de sostenibilidad, cambio climático o cualquier tipo de minoría.
Yo eliminaría las subvenciones a sindicatos y ONG porque creo que deberían sostenerse con las aportaciones de sus socios y no me parece de recibo que los demás andemos sufragando clubes privados ajenos y más cuando es sabido que la mayor parte de ese dinero va a pagar al personal y solo una ínfima parte se dedica a la causa a la que se supone que sirven. De hecho, quien realmente quiere ayudar a la gente lo hace sin necesidad de dinero público, como es el caso de Help&Food, una iniciativa liderada por el emprendedor Martín di Buccio que desde hace más de cinco años reparte 150 menús semanales a personas en situación de calle y ropa de abrigo en Navidad.
Como les decía, esas subvenciones suelen ir destinadas a «minorías» y ahí se llevan un buen pellizco la Comisión Islámica, asociaciones musulmanas y asociaciones magrebíes. Pues bien, el anterior fin de semana se produjo el brutal asesinato de una mujer en Esplugues, el ayuntamiento invitó formalmente al minuto de silencio a varias de estas asociaciones y todas declinaron la invitación. No sabemos si no quisieron participar porque la víctima era mujer o porque el asesino era un marroquí que la apuñaló en nombre de Alá. ¿Qué hacemos financiando asociaciones que no son capaces de mostrar ni un mínimo respeto, no digo ya manifestar su condena, ante un mortal apuñalamiento?
Y si vergonzoso es el comportamiento de estas entidades, no lo es menos el de nuestros gobernantes. Primero se lanzaron a decir que había sido un crimen machista y así lo difundieron los medios de comunicación subvencionados, pero cuando ya no se pudo sostener el bulo porque las redes se llenaron de evidencias con vídeos del asesino blandiendo un machete o vecinos que explicaban que profería a gritos «Allahu Akbar», se le atribuyó un brote psicótico, como ya han hecho con anteriores presuntos ataques terroristas de lobos solitarios.
«Islamofobia es el concepto inventado por los radicales islamistas para anular cualquier tipo de crítica al islamismo»
En este caso, además, dio la casualidad de que el asesino ya había tenido otro «brote psicótico» en 2022 cuando se encaramó a una torre y se dedicó a lanzar piedras contra las personas que se acercaban mientras también invocaba a Alá. Así, por el miedo a ser acusados de islamofobia y de estigmatizar a los musulmanes, acaban estigmatizando a las personas que sufren una patología mental.
Islamofobia es el concepto inventado por los radicales islamistas para anular cualquier tipo de crítica al islamismo, al que confunden deliberadamente con el islam. En toda Europa se celebra públicamente el fin del Ramadán sin el más mínimo ataque, mientras que los mercados navideños se tienen que hacer bajo fuertes medidas de seguridad, así que ya me dirán en qué lado está la fobia.
Aquí existe libertad de culto, así que no hay ningún problema en que las personas que lo deseen sean musulmanas; el problema es que, tal y como señala un reciente informe de la inteligencia francesa, los Hermanos Musulmanes, considerados como grupo terrorista en muchos países, se infiltran en las asociaciones de los países occidentales radicalizando a sus ciudadanos para lograr implantar la sharia, es decir, convertir nuestras democracias en califatos regidos por sus majaderas leyes medievales. Los Hermanos Musulmanes son los responsables de la imposición del hiyab, que fue su primera petición al gobierno egipcio cuando nacieron en 1928. Entonces, provocó las risas en Egipto, pero un siglo después, la mayoría de sus mujeres van cubiertas con la ignominiosa prenda.
Afortunadamente, ya hay países como Francia que están intentando combatirlos y también Suecia, donde se ha dejado de usar el concepto islamofobia, conscientes de que es un caballo de Troya. O si no, que se lo pregunten a las cientos de miles de niñas violadas salvajemente por grupos de pakistaníes durante años en Gran Bretaña y a las que no se ha protegido por miedo a ser acusados con dicho término.
Y mientras en España, con el buenismo suicida del Gobierno de Pedro Sánchez, estamos subvencionando con nuestro dinero a los Hermanos Musulmanes que, entre otras barbaridades, hacen que vayan veladas muchas mujeres en nuestras ciudades para mostrar que son puras mientras nos señalan a las demás como impuras y susceptibles de ser agredidas sexualmente. ¿O acaso creen que el aumento de un 322% de las violaciones, muchas de ellas grupales, en España en los últimos diez años es casualidad? Y que no digan eso de que «ahora se denuncia más» porque en el Hospital Clínico de Barcelona se atiende a una mujer violada en manada a la semana. Esto tiene un término en árabe, Taharrush, para que se hagan una idea de dónde hemos importado semejante atrocidad que, lejos de intentar atajar, se silencia para no ofender a los violadores y nos deja a las mujeres a la intemperie.