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El 2019 desde China

Foto: AP | AP

El principal problema que va a tener China este próximo año es lidiar con Estados Unidos, que ya no la acepta como potencia. La guerra comercial iniciada por Trump se va destapando poco a poco como lo que es en realidad: un intento de Washington de frenar el ascenso de China, e incluso de disminuir su poder. Si antes Estados Unidos aceptaba que la “rivalidad” con Pekín fuera una carrera para ver quién llegaba más lejos, corriendo más o menos libremente, ahora Trump ha dejado claro que va a tomar medidas inauditas en contra de China, para que sólo haya un único ganador. El inicio de la guerra comercial era una amenaza que poca gente veía como realista, pero se ha producido. La detención en Canadá —a petición de Estados Unidos— de la directora financiera de Huawei, uno de los gigantes tecnológicos de China, muestra que Washington está dispuesto a usar la excusa de las leyes para favorecer su batalla geopolítica, poniendo en jaque a la comunidad empresarial extranjera.

 China ha derribado el mito liberal-estadounidense de que la creatividad sólo florece en los sistemas democráticos.

¿Seguiría el resto del mundo a Estados Unidos si las tensiones con China escalaran? Lo más seguro es que no. Pekín es un socio comercial mucho más importante que Estados Unidos para la mayoría de países del mundo. Regiones como África o América Latina basan gran parte de su economía en las inversiones y exportaciones a Pekín; la Unión Europea es el socio comercial más importante de China; los países del sureste asiático y el Índico, aunque recelosos del mayor poder chino, tienen unos lazos económicos con Pekín y unos deseos de estabilidad que no quieren poner en peligro. Las dos potencias vecinas con las que China ha tenido mayores tensiones en el siglo XX, Rusia y Japón, no tienen una actitud beligerante hacia China. Moscú, por su lado, cada vez está más cerca de formar una entente con Pekín, sobre todo a causa de su enfrentamiento con Estados Unidos y la Unión Europea. Tokio, por su parte, es aliado de Washington, pero sus relaciones con China están mejorando y no ve en el ascenso de Pekín un reto a su estatus como potencia, como sí lo percibe Estados Unidos, que desearía mantener su hegemonía en toda Asia.

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Donald Trump y Xi Jinping en Palm Beach, Florida. | Foto: Alex Brandon | AP

Esta intensificación del antagonismo entre Pekín y Washington no es sólo cosa de Trump o del Partido Republicano. Hay un consenso amplio con los demócratas acerca de poner a China en el punto de mira. Las voces que piden más cercanía con Pekín son tachadas de filo-chinas, como si una mejor relación entre ambas potencias fuera algo intrínsecamente perjudicial para Washington. Se extiende el discurso de que Estados Unidos ya ha dejado “demasiado tiempo” a China para que adaptara su mercado a las demandas americanas. O que el proceso de “democratizar” a los chinos ha fallado. Los discursos maniqueos se mezclan con las (fallidas) esperanzas naíf que parte del establishment americano nunca dejó de creer: que a medida que China se hiciera más rica se iba a querer parecer cada vez más a Estados Unidos. Que cualquier nación “racional” se iría aproximando progresivamente al modelo americano: en algunos discursos, parecía que ello fuera más necesario que la ley de la gravedad.

Estas expectativas infantiles no han de borrar una realidad contundente: que China ha cambiado, y mucho, en estos últimos cuarenta años. Hace pocos días que se cumplió el aniversario del proceso de “reforma y apertura” con el que el dirigente chino Deng Xiaoping inició la transformación de la economía y de buena parte de las libertades del país, poniendo las bases para la superpotencia que conocemos ahora. Un proceso de crecimiento del que Estados Unidos se benefició geopolíticamente durante la Guerra Fría y económicamente durante toda su extensión. China se integró en el sistema de instituciones internacionales fomentado por Estados Unidos al acabar la Segunda Guerra Mundial, y cada vez participa más en él. Pasó de ser un outsider peligrosamente revolucionario a un miembro estable de la comunidad internacional. Ha sido un proceso, como alguna vez ha apuntado Henry Kissinger, similar a la integración de la Francia pos-napoleónica en el orden europeo.

La economía china, a pesar de los tópicos que suelen repetirse, ya no es una máquina exportadora ni la fábrica barata del mundo.

La China actual, eso sí, está sufriendo un retroceso de libertades y un aumento del personalismo político. Las causas, en parte, son este panorama internacional adverso, que los chinos creen que seguramente irá a peor. La mayor dureza contra los disidentes y sectores reivindicativos, y especialmente contra las minorías que Pekín considera vinculadas con el separatismo y el terrorismo —los musulmanes de Xinjiang y la ingeniería social carcelaria que se les está imponiendo, son el mayor ejemplo—, está alcanzando este alto nivel ahora mismo, en buena parte, por los problemas —mayoritariamente económicos— que el Partido vaticina que se aproximan. La idea es “solucionar” los problemas políticos y étnicos de manera contundente para poder afrontar con plenas facultades los vinculados a la economía, que tienen fuerte relación con el choque con Estados Unidos.

La economía china, a pesar de los tópicos que suelen repetirse, ya no es una máquina exportadora ni la fábrica barata del mundo. La mayoría de la producción se dirige al consumo interno, es decir, a la clase media más grande del planeta. Las subidas en los ingresos y el aumento desbordante del nivel educativo han hecho que los nuevos sectores económicos que predominan en China se parezcan cada vez más a los existentes en los países desarrollados. La tecnología es el sector clave. China es el país que más ingenieros, matemáticos y científicos está formando en sus universidades. La guerra comercial con Estados Unidos tampoco puede entenderse sin este frente: China —que durante gran parte de la historia fue la potencia pionera tecnológicamente, con invenciones como la pólvora, el papel o la brújula— ha derribado el mito liberal-estadounidense de que la creatividad sólo florece en los sistemas democráticos. Que China supere tecnológicamente a Estados Unidos es uno de los grandes miedos de las élites americanas, que veían como segura su permanencia inalterable en el puesto número uno por motivos más ideológicos que realistas.

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Varias chicas se hacen un selfie junto a la mascota de la China International Import Expo en Shanghai. | Foto: Ng Han Guan | AP

El Partido Comunista chino tiene dos pilares legitimadores fundamentales: el desarrollo exitoso que ha conseguido y la defensa del territorio ante invasores extranjeros —una constante que se ha repetido durante siglos y siglos en China, y que sigue generando temores—. La animadversión de Pekín al giro asiático que realizó Obama, que básicamente consistió en aumentar su poder militar naval en el Mar del Sur de China, viene de estas inseguridades centenarias. La guerra comercial con Estados Unidos puede hacer tambalear la columna más robusta y reciente que sostiene al Partido Comunista: el crecimiento económico y la mejora de los ingresos de la población, un proceso hasta ahora exitoso y sostenido. Pekín no tiene, hoy en día, una alternativa fuerte —ideológica, nacional— a este pilar casi puramente económico.

Y aquí es donde podría empezar realmente el problema.

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