Argemino Barro

El doble filo del antirracismo

«Es posible que, dado el ambiente de indignación y protesta de esos meses, los espectadores se hubieran entregado a una denuncia del racismo»

Opinión

El doble filo del antirracismo
Foto: Dorothea Oldani| Unsplash
Argemino Barro

Argemino Barro

Corresponsal en Nueva York de 'El Confidencial' y otros medios españoles. Interesado en populismos y autoritarismos. Autor de 'El candidato y la furia, sobre el ascenso de Donald Trump', y 'Una historia de Rus: Crónica de la guerra en el este de Ucrania'.

Sucedió hace exactamente cinco años. Habíamos quedado, en nuestra segunda cita, para ver un documental acerca del papel que había jugado Cuba en la lucha por los derechos de los negros en Estados Unidos. La verdad es que sonaba muy interesante. La dictadura castrista había tenido un periodo de auge en los años sesenta y setenta, cuando, engrasada con dinero soviético, llegó a ser una especie de pequeña potencia mundial: un icono pop del antiimperialismo y de la dignidad de los pueblos oprimidos. En este contexto, seguro que había perspectivas inexploradas acerca del refugio que otorgó La Habana a los militantes de las Panteras Negras, por ejemplo, o de la influencia que tuvo Fidel Castro en la imaginación contestataria de EEUU.

El documental se titulaba Black and Cuba y se proyectaba en el Schomburg Center de Harlem, una institución dedicada a investigar y compilar los hitos de la cultura afrolatina desde la época del «Renacimiento de Harlem», en los años veinte del siglo pasado. Parte del encanto de este barrio histórico reside en cazar las reminiscencias de aquellos días. Todavía hay ancianas que dan pequeños conciertos privados en sus casas y clubes de jazz ocultos, los speakeasy, como en años de la Ley Seca. Los clientes llevan su propia bebida y pagan la voluntad al dueño y las propinas a los músicos. Algunos poetas y grupos de jazz hace sus pinitos en estos sitios.

Nada más entrar al Schomburg se percibía una atmósfera eléctrica. La gente en la cola charlaba animada y, una vez dentro, no quedaba ni una butaca libre. Estaba a punto de empezar, además, el Mes de la Historia Negra, que en Estados Unidos se celebra cada febrero y que viene repleto de exposiciones, ciclos y conciertos dedicados a honrar y explorar una historia tradicionalmente marginada.

No estaba mal para una segunda cita. El único problema era que el documental resultó ser un desastre. Todas esas promesas de arrojar luz sobre los vínculos del castrismo y la militancia negra se quedaron en nada; fueron aplastadas por una sucesión de perezosos lugares comunes: una serie de fetiches ideológicos anticuados, como que Cuba era un dulce país humanista, con justicia social y un gobierno del pueblo, y Estados Unidos un sórdido Apartheid de ricos explotadores.

El hilo conductor de Black and Cuba eran unos estudiantes de la prestigiosa universidad de Yale, en Connecticut, que querían ver con sus propios ojos si Cuba era realmente una dictadura y si el racismo, como el capitalismo, el colonialismo, etcétera, también había sido erradicado. En la sinopsis se describe a estos estudiantes como outsiders streetsmart: rebeldes y con sabiduría de la calle. Pensadores independientes que cuestionan las acartonadas verdades del sistema.

Pues bien, estos pensadores extremadamente astutos viajan a Cuba de la mano del Gobierno cubano, participando, probablemente sin saberlo, en la rica tradición de «viajes Potemkin» a los países comunistas. Igual que el exprimer ministro francés Édouard Herriot, a quien el régimen de Stalin mostró granjas modernas, tiendas surtidas y orfanatos llenos de niños de mejillas sonrosadas, mientras millones de ucranianos se morían de hambre, nuestros héroes de Yale ven una Cuba feliz y vibrante; una Cuba justa, una Cuba digna. Los funcionarios de la dictadura, entre fiestas, danzas indígenas y visitas a museos, entienden lo que quieren los gringos y se lo dan en bandeja. Por supuesto que en Cuba no hay racismo.

El problema del documental no era su papilla filocastrista. Si el documental hubiera estado bien hecho, la propaganda solo habría sido un peaje tolerable. Porque potencial, desde luego, tenía. Black and Cuba podría haber entrevistado a alguno de los cientos de Panteras Negras que se exiliaron en La Habana. Muchos acabaron volviendo a EEUU porque el régimen no les permitía organizarse o celebrar debates. Otros, en cambio, se quedaron. Escucharles hablar hubiera sido de lo más curioso, fuera cual fuera su punto de vista, como también hubiera merecido la pena ahondar en las visitas de Fidel Castro a Harlem. En 1960, ya como líder de la revolución, se hospedó en el hotel Theresa, donde recibió a figuras como Malcolm X o Langhston Hughes. 35 años más tarde volvió y dio un discurso en la Iglesia Abisinia del barrio.

En lugar de eso, Black and Cuba sigue a nuestros héroes de Yale, cuyos simplistas e ideologizados testimonios carecen del menor interés y se alternan con ocasionales comentarios de los cubanos que se cruzan por el camino. Ante la mirada de la cámara y de los funcionarios que dirigen el viaje, los entrevistados solo pueden confirmar lo fantástico que es vivir en Cuba y la total ausencia de prejuicios raciales.

Nada más empezar el documental, todo esto, su falta de profundidad y su escaso esfuerzo de producción, su pobreza técnica y su dependencia de cuatro clichés hace tiempo desmontados, resultaba evidente. Tan evidente que llegué a sentirme mal por la directora, que se entrevista a sí misma en el documental y que estaba allí para atender al turno de preguntas. La van a humillar, pensé. El público no sabrá si guardar un silencio incómodo o simplemente abuchearla. Espero que tengan piedad.

A los diez minutos o así, entendí que el problema no era ese. El problema era, si acaso, mucho más grave: la audiencia adoraba el documental. La atmósfera de euforia que había percibido en la cola se intensificó durante la película. Cada vez que alguno de los estudiantes de Yale mencionaba algo malo de EEUU, como las disparidades o la violencia policial, los abucheos llenaban la sala. Por el contrario, si alguien decía algo bueno de Cuba y de su magnífico sistema social, en la sala estallaban vítores y aplausos. Era como si decenas de viejos amigos hubieran quedado para ver un partido de fútbol y todos fuesen del mismo equipo.

Mientras tanto, sintiendo cómo la confusión inicial se tornaba en una soledad de plomo, miraba de reojo a mi cita. Dios, pensé, espero que no quiera quedarse al turno de preguntas. No sé si podré soportarlo.

El cine experimentaba una revolución, un estado de asamblea permanente. El documental empleaba trucos baratos. En un momento dado marca, muy rápidamente, la casilla de la disidencia. Una de las Damas de Blanco, Berta Soler, dice a cámara en un vídeo de archivo que el Gobierno de Cuba viola los derechos humanos. Nada más acaba su aparición de 30 segundos, saltan vídeos de brutalidad policial en Estados Unidos, porrazos, esposas, detenciones, indignación. Luego aparece un PowerPoint con dos cifras, sin fuente, ni explicación. Nos dice que en EEUU hay más prisioneros políticos que en Cuba. El documental no se desvía de su misión: convencernos de que Norteamérica es un lugar podrido y corrupto y que otro mundo es posible: ¡la Cuba de los Castro!

Al acabar la película, se levantaron muchas manos. Uno podía sentir la galvanización de las pasiones en la sala. Miré a mi cita. Ella era la americana de color y yo el extranjero, así que esperé su señal. «¿Nos vamos?», dijo.

Salimos de allí, milagrosamente, con la misma opinión. Los dos habíamos estado en Cuba y nos sentíamos abochornados por lo que acabábamos de ver. Lo peor era que el éxito del documental en aquella sala de cine no era un fenómeno suelto, sino que representaba una corriente más profunda de la opinión pública. Los meses siguientes presenciamos cómo Black and Cuba se proyectaba en otros santuarios neoyorquinos, como en la universidad de élite New School. El documental había sido premiado en festivales y gozaba de buenas críticas. ¿Cómo era posible?

Quizás estábamos ante un caso de manual de lo que la politóloga Elisabeth Noelle-Neumann llamó la «teoría de la espiral del silencio», una manera de entender cómo se forman las opiniones de grupo. Según la pensadora alemana, las personas siempre estamos observando cuál es la opinión mayoritaria, la opinión «correcta», para así adoptarla y poder encajar en el colectivo. O, en su defecto, guardar silencio. Un fenómeno que se da, sobre todo, a la hora de abordar temas sensibles. Y en Estados Unidos no existe un asunto más sensible que el racismo.

Hay que tener en cuenta el contexto. Asistimos a la proyección el 26 de enero de 2016. El año anterior, 2015, se había saldado con 1.134 muertos a manos de la policía. Una cantidad en la cual los jóvenes afroamericanos estaban sobrerrepresentados: las víctimas negras de entre 15 y 34 años quintuplicaban a las víctimas blancas de la misma edad, pese a componer un porcentaje mucho más pequeño de la población estadounidense.

Algunos de estos casos destacaron por su crueldad y su sesgo racial, como el de Freddie Gray. Seis policías de Baltimore lo esposaron, le colocaron hierros en los pies y lo metieron en la parte de atrás del furgón, sin cinturón de seguridad. Cuando volvieron a abrir las puertas, después del viaje, Gray estaba muerto. Se había roto el cuello. O el de Natasha McKenna, que padecía una enfermedad mental. La mataron con cuatro descargas eléctricas. McKenna estaba ya esposada e inmovilizada.

Es posible que, dado el ambiente de indignación y protesta de aquellos meses, muchos espectadores se hubieran entregado a una denuncia del racismo. Black and Cuba solo era la excusa. Bien podría haber sido otra cosa, una conferencia, un concierto contra la discriminación, una película distinta. Lo importante era el efecto catarsis. Un puñado de espectadores motivados habría revolucionado la sala, arrastrándonos o bien a unirnos, o bien a caer en una espiral de silencio.

Esta es una de las realidades políticas más palpables de Estados Unidos: cuando algo se envuelve en las vestiduras antirracistas, al menos en una ciudad cosmopolita y abierta como Nueva York, ya nace inmunizado contra la crítica. Lo demás no importa. No importa que sea una obra holgazana, mal editada, con entrevistas sin micrófono y plagadas de sonido ambiente; no importa que manipule al espectador, ni que se mofe de un pueblo que lleva más de sesenta años padeciendo una tiranía. Lo único que importa es que supuestamente es un alegato antirracista, y cualquier persona de honor solo puede sumarse a la causa, pregonándola a voz en cuello.

Hace tiempo que algunos autores y activistas han entendido la fuerza de esta dinámica, el pensamiento binario, y utilizan los nobles mantos del antirracismo para vender más libros o para ganar influencia en todo tipo de instituciones. Saben que sobre cualquier pega o crítica descendería la ira revolucionaria, el estado de alucinación de la sala de cine de Schomburg. El resultado es que a veces resulta difícil discernir dónde acaban el compromiso y la militancia, las acciones de buena fe para atajar una lacra histórica de Estados Unidos, y donde empieza el oportunismo.

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