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El dolor de la lucidez

Cuando escribí mi primera reseña para la revista Mercurio sentí que había entrado en un grupo selecto, en el corazón de un conjunto de escritores y periodistas a los que admiraba

Foto: Nacho | Flickr

Cuando escribí mi primera reseña para la revista Mercurio sentí que había entrado en un grupo selecto, en el corazón de un conjunto de escritores y periodistas a los que admiraba. Era ese tipo de gentes que pensaban y encendían algo dentro de mí que puede parecerse a la lucidez. Así que imaginen cómo puedo estar hoy que llevo más de uno año escribiendo allí y sabiendo que este número de abril será -si nada o nadie lo remedia- el último.

Nunca he estado muy segura de si la literatura me ha hecho mejor o peor persona. Quizás sea simplemente la misma, con mis manías y mis virtudes. Lo que sí sé a ciencia cierta es que la literatura me ha ensanchado la mente y los ojos, me ha enseñado a combatir mejor el dolor, a intensificar la alegría, a cultivar la paciencia. Mis dos vehículos para llegar a los libros han sido la biblioteca de mi abuelo y las revistas literarias. De la primera les hablaré en otra ocasión.

Hay un tipo de persona que desconfía de todo aquello que sea gratuito. A mí, sin embargo, siempre me han parecido los mejores asuntos: las cosas gratis. Por eso, cuando salí un día de la Casa del Libro hace más de 5 años y descubrí una revista literaria que podías coger sin tener que pagar nada, la devoré de inmediato. Allí encontré una columna de Ricardo Menéndez Salmón, uno de los escritores que más me revolvía por aquella época. A su nombre se unieron otros: Marta Sanz, Álvaro Pombo, Antón Castro, Antonio Muñoz Molina o Manuel Vilas. A partir de ese momento, cada mes, acudía a la librería para hacerme con la revista y si no la encontraba, comenzaba la peregrinación por todos los lugares posibles para conseguirla.

Conocí al escritor Guillermo Busutil, director de la revista Mercurio, en el I Congreso de Periodismo Cultural que organizaba la Fundación Santillana en Santander. Yo era una joven periodista que acababa de montar una radio online con un grupo de compañeros que nos habían despedido de una gran emisora. Tenía un podcast de literatura y fui a hablar de él. No entendía bien a quién le importaría lo que yo hiciera. Pero Guillermo me escuchó –es un tipo bueno, sensible y tremendamente inteligente- y me invitó a escribir en Mercurio. No me lo podía creer. Para mí era algo parecido a escribir en The New Yorker. Sin exagerar ni un ápice. Mercurio ara la revista literaria con la que había formado mi particular canon literario, ecléctico e imperfecto, como todos, pero mío.

Así que hoy escribo con cierta angustia esta columna. La revista Mercurio cierra y somos muchos los que nos quedamos un poco más solos. Como escribió Alberto Mangel en The New York Times: “Las ficciones nos enseñan a nombrar nuestras angustias y también cómo enfrentar y compartir nuestros problemas cotidianos”. ¿Cómo no voy a estar triste si la puerta que me ha enseñado a amar los libros quieren cerrarla para siempre?

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