Jesús M. Pérez Triana

La crisis de Ceuta

«España se imaginó a sí misma por tanto tiempo como un país sin enemigos ni rivales porque disfrutaba un diferencial de capacidades militares entre el norte y el sur del Estrecho de Gibraltar que era descomunal»

Opinión

La crisis de Ceuta
Foto: JON NAZCA| Reuters
Jesús M. Pérez Triana

Jesús M. Pérez Triana

Jesús M. Pérez Triana es analista de The Political Room y autor del blog GuerrasPosmodernas.com

España es un país sin rivales ni enemigos, si uno atiende exclusivamente a los documentos oficiales que han publicado los sucesivos gobiernos. Uno encuentra referencias en ellos a amenazas transnacionales como el terrorismo y riesgos globales como el cambio climático. Son ciertamente fenómenos que nos pueden afectar, pero es una imagen fija que retrata la posición de España en el orden internacional posterior a los atentados del 11-S. Andando por el mundo con un mapa equivocado el choque con la realidad era inevitable, como nos ha descubierto la presente crisis en Ceuta con Marruecos.

Rearme en el Magreb

España se imaginó a sí misma por tanto tiempo como un país sin enemigos ni rivales porque disfrutaba un diferencial de capacidades militares entre el norte y el sur del Estrecho de Gibraltar que era descomunal. España contaba con un portaeronaves, diecisiete buques de combate y ocho submarinos. Marruecos contaba con un solo buque de combate, construido en España y gemelo de los más pequeños que tenía la Armada Española. Buenas vallas hacen buenos vecinos. Y en ese mundo idílico, España mandó fuerzas de paz en misión humanitaria a montañas remotas y a buques a perseguir piratas allende los mares.

En este llegó la crisis financiera de 2008 y el presupuesto de las fuerzas armadas se redujo un tercio. Por el camino se fueron perdiendo capacidades. Por aquel entonces, Argelia se lanzó a por un ambicioso programa de modernización de sus fuerzas armadas, que intentaría ser replicado por Marruecos. La experiencia acumulada en España enseñaba que nunca había pasado nada. El análisis hecho por los sucesivos planificadores de turno era esperar que en un futuro tampoco pasara nada. 

La decadencia militar española y la carrera de armamentos entre Marruecos y Argelia redujo el antiguo enorme diferencial en el Estrecho de Gibraltar. Las multimillonarias compras de armamento marroquíes colocaban a las fuerzas armadas marroquíes, en algunas categorías, por primera vez por delante de las españolas no sólo en cantidad sino en calidad. También dejaba claro las prioridades de Rabat entre misiles y políticas sociales. En 2019 se anunció que el presupuesto de defensa aumentaría un 29%. Dotados ahora de más medios militares, tanto Marruecos como Argelia dieron el paso de definir los límites de sus Zonas Económicas Exclusivas. Límites que chocaban con los intereses de España. 

Aquella sucesión de compras (carros de combate, cazabombarderos, helicópteros de ataque, etc.) llamaron la atención de vez en cuando en España, generaron titulares llamativos y hasta la reacción del partido VOX, que pidió la compra muy concreta de 200 misiles antibuque para permitir al Ejército del Aire hundir cada uno de los siete buques de combate marroquíes más de veinte veces.

La preocupación en España por el rearme marroquí pensando en las aspiraciones sobre Ceuta y Melilla pasaba por alto que era inimaginable una confrontación directa con Marruecos porque en anteriores ocasiones siempre que Marruecos ambicionó un territorio bajo dominio español lo logró sin un choque frontal con España. 

Una historia de estrategias asimétricas

Marruecos siempre ha usado estrategias agresivas en esa zona gris que permanece bajo el umbral de la guerra convencional. Primero fue el enclave de Sidi Ifni en 1957. Si en Crimea aparecieron en 2014 «hombrecillos verdes» sin insignia nacional, el enclave español fue atacado entonces por una fuerza insurgente aparentemente surgida de la nada. Los estudios historiográficos más recientes dicen que no se trató de una fuerza teledirigida por Rabat, sino un auténtico movimiento espontáneo que la monarquía alauita dejó hacer para que los elementos más exaltados del nacionalismo marroquí se estrellaran contra el ejército español. 

Luego tocó el turno del Sáhara Occidental, donde apareció sospechosamente sin ninguna base social un movimiento terrorista promarroquí: el Frente de Liberación y Unidad. Marruecos, con un ejército aún recuperándose de varias purgas y teniendo enfrente a un ejército español disfrutando los primeros frutos de una incipiente modernización, desistió nuevamente del choque frontal y plantó en la frontera un movimiento de masas, la Marcha Verde.

Desde entonces, cada vez que Marruecos ha querido obtener algo de España ha usado métodos indirectos. Hasta ahora, el principal ha sido el uso del control del flujo de los tráficos ilícitos. La llegada masiva a España de fardos de droga e inmigrantes irregulares convencía al gobierno español de turno de la necesidad de la cooperación bilateral y de la satisfacción de las exigencias marroquíes. Repetidamente España y la Unión Europea donaba dinero a Marruecos, fuera para blindar las fronteras, fuera para luchar contra el coronavirus. Mientras tanto, se acumulaban las multimillonarias facturas de armamento. Por ejemplo, nada menos que 4.250 millones de dólares por la compra de 24 helicópteros de ataque AH-64E Apache Guardian, armamento y los equipos y servicios asociados.  

El manual de juego marroquí era bien conocido en España y tratado desde el marco de conceptos como guerra híbrida y estrategias en la zona gris por autores académicos como Javier Jordán de la Universidad de Granada y Josep Baqués de la Universidad de Barcelona. Tras, los rumores de una posible incursión aérea marroquí en el espacio aéreo español también tuvimos análisis desde ese marco teórico. Se trataría de acciones agresivas debajo siempre del umbral de la guerra abierta en el que un país desafía agresivamente el statu quo establecido con acciones ambiguas y graduales. Por tanto, cuando el pasado mes de noviembre empezaron a llegar masivamente inmigrantes irregulares desde el Sáhara Occidental a Canarias se hacía evidente que Marruecos había abierto la válvula de las pateras para presionar a España. 

El asunto de fondo entonces era la soberanía del Sáhara Occidental. El reconocimiento estadounidense, premio por la normalización de relaciones con Israel, abría la posibilidad de cerrar para siempre la posibilidad del referéndum de autodeterminación que Naciones Unidos se vio incapaz de celebrar. Sólo faltaría que la Unión Europa y España siguieran los pasos de Estados Unidos, liberando al fin a Marruecos de cualquier limitación en los acuerdos comerciales que procuraban excluir bienes provenientes del Sáhara Occidental. 

Despertar de un mundo de fantasía

La definitiva consolidación del dominio marroquí sobre el Sáhara Occidental no marcará el fin de las ambiciones territoriales de Rabat. El pasado mes de noviembre el ministro de asuntos exteriores marroquí afirmó en una entrevista de televisión que «Ceuta y Melilla serán puntos en los que inevitablemente habrá que abrir el debate» tras «culminar la cuestión» del Sáhara Occidental.

La presente crisis en Ceuta es una respuesta directa de Marruecos a la presencia en España de Brahim Gali, secretario general del Frente Polisario, ingresado en un hospital español por COVID19. Fue un asunto que el gobierno español trató sin éxito de manejar con la máxima discreción. Saltó a la prensa con el consiguiente escándalo marroquí, ya que Marruecos y el Frente Polisario están en guerra desde la ruptura el pasado mes de noviembre del alto el fuego en vigor desde 1991. Pero vendrán otras crisis. Y ya sabemos qué guion seguirán.

Mientras tanto, la sociedad española debería comprender que ha vivido segura gracias a la disuasión que generaban en un vecindario complicado unas fuerzas armadas creíbles. Ahora toca que España mueva hilos en Bruselas y en las capitales europeas. Después de la invasión de Crimea por los «hombrecillos verdes» rusos en 2014, un asalto masivo de la frontera de Ceuta debería hacer sentir incómodas a las cancillerías de muchos países europeos. La contribución española a la seguridad colectiva en el Mar Báltico y Mar Negro debería haber generado un capital diplomático, que es momento de gastar para mover iniciativas dentro de la Unión Europea y la OTAN. Desde luego que debemos buscar las mejores relaciones con Marruecos. Pero podemos enseñar que a su juego podemos jugar todos.

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