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La izquierda te quiere expropiar, pero no lo que sospechas

"Cuantos más asuntos morales absorbe el Gobierno, menor campo le queda al juicio ético de cada persona"

Cuenta un chiste de la antigua Unión Soviética que, en su afán expropiador, un buen día la KGB arrebató al viejo Vladyslav la colección de decenas de pájaros que atesoraba en casa. El buen hombre acudió entonces raudo a las oficinas centrales de tal organización. “Oh, camarada Vladyslav”, dijo nada más verle el funcionario de servicio, “imagino que viene usted a protestar por la incautación que le hicimos esta mañana de todas sus aves, ¿no es así?”. “Qué va, camarada de la KGB”, adujo entonces Vladyslav, “solo vengo a hacer constar ¡que no estoy para nada de acuerdo con las opiniones políticas de mi loro!”.

Chistes quizá sin tanta alcurnia, pero no carentes de insistencia, se han oído estos últimos días en España a propósito del nuevo Gobierno social-podemita-comunista. Eso sí, esta vez los que ríen son los simpatizantes de la izquierda, que consideran oportuno ridiculizar los miedos de muchos españoles ubicados a su derecha. Cómo podéis albergar temor alguno, les reprochan, de que los nuevos mandatarios cometan desatinos económicos graves: ¡acaso no se hallan férreamente constreñidos por la estricta vigilancia de las autoridades europeas! ¡Ay, la derecha, siempre tan crispante por cualquier cosa!

Ahora bien, en esta ocasión he de conceder buena parte de razón a nuestros mandarines izquierdistas. Concuerdo con ellos: no creo que la principal amenaza del nuevo Gobierno provenga de sus ideas económicas, aun cuando estas resulten francamente mejorables. No creo que nuestro viejo Vladyslav, que en el caso español acaso se llamen Pepe o Concha, deban temer por si les expropian su pajarería en Cuenca, su campo de golf en Lugo o su mansión en Galapagar; entre otros motivos, porque nuestra élite gobernante disfruta ya la posesión de esos y mil bienes más.

Ahora bien, que la izquierda no vaya a expropiar objetos materiales no debería obnubilarnos. Se trata simplemente de que ya no andamos en 1917, sino encarando la tercera década del nuevo milenio. Sería bueno que nuestra derecha más despistada por fin lo captara: la izquierda ya no dirige el grueso de sus afanes expropiatorios hacia la economía. Mas no porque haya superado esa clase de ambición: de hecho, la conserva más lozana que nunca. Simplemente, ahora la dirige hacia otra cosa. La izquierda del siglo XXI anhela expropiarnos algo mucho más íntimo que los pájaros de Vladyslav o la panadería con que se ganan la vida Pepe y Concha. Hoy la izquierda quiere expropiarnos nuestra moralidad.

Lo dejó explicado el recién fallecido sir Roger Scruton: podemos contemplar las últimas décadas como una confiscación progresiva de asuntos morales que antes atañían a la conciencia de cada persona, pero que ahora el Estado se atribuye el derecho de controlar. Empezaré por un ejemplo que no pertenece al nuevo ejecutivo izquierdista, sino que contó incluso con el beneplácito de un partido pretendidamente liberal, Ciudadanos. Se trata de la nueva ley animalista que aprobaron hace año y pico en La Rioja. Aparte de establecer autopsias obligatorias a toda mascota fallecida (para supervisar el buen trato dado por sus propietarios: hoy no te puedes fiar de nadie), hablamos de una legislación que permite a los funcionarios riojanos entrar en cualquier sitio “libremente y sin ninguna notificación” para fiscalizar si se está cuidando apropiadamente a los animalitos. El viejo Vladyslav quizá ya no deba temer que la KGB le arrebate su loro, pero si se viniera con él a algún pisito de Logroño, cualquier inspector podría entrar como Pedro por su casa a vigilar si ayer le puso suficiente alpiste.

Con todo, y por mucho que llame la atención hasta dónde ha llegado la mentalidad expropiadora en nuestros políticos “centristas”, es sin embargo a su izquierda donde esta florece esplendorosa. El nuevo Gobierno quiere intervenir en nuestras relaciones sexuales (adiós a todo juego tácito en ellas; a partir de ahora, él ha decidido que lo único aceptable son los consentimientos verbales, explícitos y repetitivos); quiere intervenir en cómo narramos nuestra Historia reciente (adiós a la libertad de investigación: cualquier cosa que no suene lo suficientemente antifranquista podrá ser castigada); quiere intervenir en cómo hablamos (adiós a la responsabilidad de cada cual a la hora de elegir las palabras adecuadas: si alguien juzga por ti que lo que haces es “expandir el odio”, padecerás las consecuencias y serán penales). Cuantos más asuntos morales absorbe el Gobierno, menor campo le queda al juicio ético de cada persona. Sustituyamos la moralidad privada por la cárcel y las multas: esa es la auténtica distopía expropiatoria hacia la que nos conducen nuestros mandatarios izquierdistas.

Todo esto se hace, naturalmente, con el beneplácito de millones de nuestros compatriotas, que están encantados (reconozcámoslo, aunque nos duela a los libres) con que sean otros los que juzguen, decidan y castiguen por ellos. La cosa empezó ciertamente con la economía y ya lo comentamos aquí en The Objective: hay gentes que se dicen entusiasmadas de pagar más impuestos para que sean otros quienes determinen por ellas en qué emplearlos, cuando siempre les cabría la opción, de poseer esa generosidad de que blasonan, de donar ellos mismos esos caudales a las causas que libremente eligieran. ¿O no será justo escaparse de tal decisión lo que apetecen? Y bien, ahora ese afán de delegar en otros las decisiones se ha extendido desde los meros dineros hasta los propios hijos; y por eso tantos claman (con ocasión del llamado “pin parental”) para que el Estado reabsorba un derecho que la Constitución otorgó a los padres: el de que sus hijos reciban la formación “moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones”. Ojalá el Gobierno decrete qué principios morales he de cultivar yo y cuáles han de transmitirse a los míos: ¡es tan cansado todo eso de juzgar éticamente!

De hecho, esta mentalidad expropiatoria explica un último aspecto que nuestra derecha más despistada aún no comprende, pero simplemente se deriva de todo lo anterior. Qué acostumbrados estamos a que nuestros políticos y periodistas critiquen a este o aquel izquierdista por no estar a la altura de sus presuntos principios morales: desde el comunista que tuitea contra el capitalismo desde su iPhone, hasta el propagandista que afeaba a un antiguo ministro comprarse un chalé caro, pero luego adquiere otro no menos lujoso para su familia.

Una y otra vez escuchamos jeremiadas contra pareja hipocresía de la izquierda; mas dudo que este tipo de argumento logre convencer a ni uno solo de sus votantes. Y el motivo es el que acabamos de argumentar: las gentes izquierdistas aceptan gustosas que les expropien su propio juicio moral.

Para ellos, el problema de los ricos derechistas no es que sean ricos: es que lo son sin aceptar una condena moral superior a ellos (del Estado, de los partidos de izquierda, de la masa que los denuesta, de la Iglesia más pobrista). Sin embargo, los ricos izquierdistas ya han aceptado todo eso (¡por algo son izquierdistas!). Se han dejado expropiar el juicio moral. De modo que no es tan grave que, al cabo, disfruten también de sus riquezas: lo hacen tras haber acatado una condena superior a ellos, y ese sumiso acatamiento les sirve de bula para, en fin, soportar algo mejor tan severa condena entre oropel y oropel. Serán ricos, de acuerdo, ¡pero se dejan reprobar desde instancias superiores, qué más quieres pedirles! ¡Han hecho lo importante, permitir que el Estado, la masa o los intelectuales de izquierda expropien su propio juicio moral; no nos pongamos tiquismiquis exigiéndoles además voto de pobreza!

Comenzamos este artículo con un chiste soviético; no me gustaría finalizarlo con la mera aprensión de que corren tiempos oscuros para las libertades. Quizá otra broma de la URSS alivie un tanto nuestra desazón, como ya servía para calmársela a los súbditos de aquel régimen. Cuentan que en las escuelas rusas enseñaban entonces a sus alumnos que la Constitución estadounidense y la soviética defendían ambas por igual la libertad de expresión. La única diferencia era que la Constitución de los Estados Unidos garantizaba también la libertad a continuación de que te hubieras expresado. Resistamos tenaces, pues, contra toda expropiación moral: nadie nos garantiza que reste libertad alguna a continuación de ella.

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