Aloma Rodríguez

La muerte del matiz

"Que haya más hombres que mujeres dirigiendo no responde solo a dinámicas masculinas heredadas y difíciles de cambiar; ni el talento ni la vocación se reparten de manera absolutamente equitativa"

Opinión

La muerte del matiz
Foto: Rubén Ortega
Aloma Rodríguez

Aloma Rodríguez

Licenciada en Filología Hispánica. Ha publicado "París tres", "Jóvenes y guapos", "Solo si te mueves" y "Los idiotas prefieren la montaña", todos en Xordica. Es miembro de la redacción española de Letras Libres y colabora con diferentes medios.

Hace una semana el inesperado nuevo ministro de Cultura anunció que “Las obras dirigidas por mujeres tendrán la consideración de ‘obras difíciles’, y tendrán derecho a hasta un 75% más de ayudas públicas”. Desde diferentes ámbitos –por ejemplo, Tsevan Rabtan trataba de ver si era posible dentro del marco legal hacer eso– se ha cuestionado esta propuesta: ¿qué quiere decir difíciles? ¿Que les cuesta más encontrar un público? ¿Que son peores? ¿Que a todas las mujeres, de Isabel Coixet a Pilar Palomero, les cuesta más hacer una película que a cualquier hombre? Imaginemos que lo que quiere decir es que a las mujeres les cuesta más levantar sus propios proyectos que a sus compañeros hombres. Seamos benevolentes. Seguramente es verdad, pero que haya más hombres que mujeres dirigiendo no responde solo a dinámicas masculinas heredadas y difíciles de cambiar; ni el talento ni la vocación se reparten de manera absolutamente equitativa. Eso quiere decir que habrá mujeres que lo hayan tenido más difícil en sus carreras por ser mujeres: cuesta más que se les tome en serio, aunque tengan más fácilmente la atención mediática (es una de las quejas frecuentes), la infantilización, la invisibilización, el mansplaining, y eso en los casos en los que han logrado hacer lo que querían hacer. 

Lo que quiero decir es que incluso si se cree que hay una situación de desigualdad de oportunidades, salarial, etc., entre hombres y mujeres con respecto al cine, se puede cuestionar que esa sea la mejor manera de ponerle solución. Es lo que decía la actriz Candela Peña en una de las entrevistas durante la promoción de la segunda temporada de Hierro, una serie en la que interpreta a una “mujer fuera del canon” y “que se sostiene sola”. Del personaje de la jueza que interpreta dice, según recoge una información de El Mundo: “‘Es lo que más me gusta del personaje, nos sostenemos solas, no necesitamos a un novio ni a un chulo ni a uno que te diga no sé qué, las mujeres tiramos’, afirma a EFE. Sin embargo, la actriz dice no compartir algunas de las reivindicaciones actuales del movimiento feminista como las cuotas”. (Me fascina ese sin embargo que viene a decir que como su personaje es una mujer empoderada, ella no puede disentir con las cuotas.) Más allá del desafortunado uso de “feminazis”, Peña explica: “Si es una directora que es un truño y hace un mojón de película, pues no le deis dinero solo porque sea mujer, eso es lo que yo no entiendo”. 

En otras circunstancias, si no hubiéramos reducido todo al sí o no, sin posibilidad de matiz, sería posible tomar esas declaraciones como un punto de partida para mejorar lo que se ha presentado como una propuesta, o para aprovechar y hacer pedagogía de la medida y explicar por qué se confía en que sea eficaz. Lo que va a suceder en cambio es que Peña será atacada y defendida con la misma virulencia inane.

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