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Los héroes ciegos

La juventud es el espejo universal ante el cual la humanidad decide verse cuando quiere verse bonita

Foto: Priscilla Du Preez | AP

La persona joven, así como la que madruga y lee mucho, se estima como buena sin dudarlo mucho. Desde que el mundo es mundo, la juventud ha sido el principal nutriente de los grandes arquetipos. Héroes, enamorados, idealistas, revolucionarios, protagonistas de novela, modelos en cuya imagen se erigieron el mayor número de las estatuas del mundo, desde Grecia hasta Siam. La juventud es el espejo universal ante el cual la humanidad decide verse cuando quiere verse bonita.

Quizás sea porque el aspecto definitivo de la juventud es el mismo que el de las grandes épicas: la ceguera heroica. La capacidad, rebosante de salud y fuerza de vida, para el sacrificio amoroso, profético o patriótico; combinado con una miopía histórica que permite al héroe ignorar la futilidad de sus actos. Por eso, quizás también, las grandes historias de los jóvenes del mundo – Jesús, Alejandro Magno, Julieta, por decir algunas— acaban con su muerte súbita, tan conveniente para no llegar a la vejez, ni a la sospecha del aburrimiento final en Romeo o los juguetes del imperio.

El fin de la juventud es su propio derroche y desperdicio. Los ingleses dicen youth is wasted on the young. Pero precisamente así es que debe ser. Hay en esta ingenuidad generacional una especie de utilidad sociológica llamada progreso.

Los países cuentan con sus jóvenes como vanguardia y como repositorio de sus sueños nacionales. Mientras pueblen las universidades panfletos y utopías, y jóvenes que crean en ellas, el país tendrá dirección. Cuál, no sabemos. De eso que se encarguen los muchachos.

En ese sentido, toda la estructura de un Estado moderno, todo su sistema, como coloquialmente le decimos, todas sus garras físicas, culturales, educacionales, emocionales y psicológicas a través de las cuales labra generaciones sobre generaciones de hombres y mujeres, a vestirse de cierta forma, creer ciertas cosas, señalar alrededor qué es profano y qué es sagrado, saber qué hacer un lunes por la mañana, a dónde ir a trabajar y en qué y por qué, se puede resumir en la historia de vida del joven promedio.

Si le educamos en la escuela, y luego en la universidad, para que trabaje o emprenda, alrededor de los treinta se case y coja una hipoteca y unos hijos y unos perros y haga cosas nuevas, si le decimos que así será feliz y morirá tranquilo, y luego efectivamente así termina siendo, y muere de viejo con una sonrisa en la boca, entonces el Estado habrá cumplido su cometido. Habrá ganado esta particular iteración de la partida. Y el joven dentro del viejo no habrá muerto.

Progreso, entonces, es este pasar la antorcha de adultos que pretenden seguir siendo jóvenes, a jóvenes que pretenden ya ser adultos. Así, en igual medida los primeros dan instrucciones y libertad a los segundos para que labren su propio destino, y los segundos se acometen a ello con la ceguera heroica que los caracteriza.

Pero ahora, en la generación millenial, esta particular iteración del juego enfrenta dos grandes problemas. Primero, los viejos en su triste lucidez ya no saben qué instrucciones darnos: ateos, divorciados, entre bostezos e hipotecas, la generación que me antecede no tiene utopías para legarnos, solo trasnochos; y compensan esta baja dosis de recetas con más libertad, la cual sin canales donde conducirla pronto torna nihilista. Y segundo, la juventud en sí misma ha perdido su fuego: en la era de Instagram y la cirugía plástica, la juventud es más un accesorio que un estado del alma.

En combinación, mi generación ha perdido a la vez fuerza y dirección. Ha extraviado su razón de ser, su juventud: su heroísmo y su ceguera.

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